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El 15 de julio de 2001 fui bajado de un vehículo de Naciones Unidas en el municipio de Lejanías y empezó un drama que duraría 2.760 noches. Sin duda lo más duro del secuestro es la separación de la familia y la zozobra que viven ellos por desconocer lo que le sucede al ser querido. A pesar de las cadenas, de las extenuantes marchas, de las enfermedades y riesgos por los que pasé, estoy convencido de que Claudia y Alan Felipe pasaron peores momentos.
Después de caminar durante siete semanas, el domingo 1 de febrero llegamos a una planicie apta para el aterrizaje del helicóptero y sentí que mi cautiverio estaba por terminarse. Ese día fueron liberados tres policías y un soldado y aunque se presentaron inconvenientes, gracias a Dios fueron resueltos.
Muy temprano me levanté, empaqué todas las cosas en el morral, me vestí con una muda nueva que me habían dado la noche anterior y nos dirigimos a la casa de una finca que estaba al lado del potrero previsto para el aterrizaje; allí nos dieron desayuno y me dispuse a esperar.
Había logrado acondicionar un radio mediante un sistema de antenas y polo a tierra aprendido en cautiverio y eso me permitía seguir en directo las noticias que transmitían desde Villavicencio. Supe a qué hora salió del hotel la tripulación brasileña, cuándo llegó al aeropuerto la comisión de la Cruz Roja Internacional y en qué momento arribó también Piedad Córdoba. Sentía que se demoraban una eternidad en subirse al helicóptero y despegar. Cuando finalmente lo hicieron, no me pude quedar sentado y empecé a caminar de un lado para otro, literalmente no podía quedarme quieto.
Entre tanto, la guerrilla preparó unas ramas para hacer fuego y alistaron dos sábanas blancas para hacer señales. También encendieron el radio de comunicaciones y todos esperábamos el momento en que pudiéramos oír el ruido del helicóptero. Finalmente alguien dijo “allá viene”. En ese momento oí por el radio la voz de Piedad. Rápidamente encendieron la hoguera y cuando me di cuenta ya estaba aterrizando la aeronave. Me quedé estático, Piedad se había bajado y corría hacia donde yo estaba, pero no podía moverme, alguien me gritó “corra” y ahí reaccioné. Nos dimos un abrazo y por primera vez empecé a sentirme libre. Me entregó una foto de Claudia y Alan Felipe. No podía creerlo, el niño tierno de 7 añitos que había dejado, se había convertido en un adolescente más alto que yo. Se me hizo un nudo en la garganta. Un sentimiento de nostalgia, rabia por los años perdidos y el amor me embargó. Sólo quería fundirme con ellos en un abrazo. Horas más tarde cumpliría ese sueño.
Cuando me dijeron que ya podía subirme al helicóptero, caminaba como si estuviera flotando. Oí cuando prendieron los motores y me pasaron unos tapa-oídos que no quise utilizar, no quería perderme de nada, ni siquiera del ruido de la turbina. Empezó a elevarse suavemente y pronto vi la selva bajo nosotros. Traté de ubicarme, pero fue imposible. Después de un tiempo pasamos sobre un río y al otro lado ya no había selva, sino llano y sabana. Vi ganado corriendo asustado por el helicóptero y miles de canciones llaneras me inundaron el pensamiento. Tuve ganas de llorar, pensé en los que quedaban secuestrados. Me dieron una gaseosa helada, la primera en mucho tiempo. En ese momento por primera vez me puse a hacer la cuenta de cuántos días había estado secuestrado.
No había querido hacerla antes, porque siempre había tomado un solo día a la vez. Esa mañana le dije a uno de los guerrilleros por última vez la frase que por años había repetido en la selva cuando mis compañeros me preguntaban “Alan, ¿cómo amaneció?”: Bien, ¡esta noche puedo estar comiendo en mi casa!
* Ex gobernador del Meta.