Publicidad

El día después de la pandemia

El Espectador acompañó al secretario de Salud de Bogotá en una de las maratónicas jornadas en las que se define la ruta para controlar el virus.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

“Buenas tardes a las tripulaciones de las ambulancias de la ciudad, les habla el Secretario de Salud”. Eran casi las tres de la tarde del viernes 12 de junio y Héctor Zambrano comenzaba a darle cierre a una jornada que lo había llevado de reunión en reunión, de comité en comité, en el primer día después de la declaración de pandemia mundial hecha por la Organización Mundial de la Salud por cuenta del virus AH1N1 y cuando la noticia de la muerte de Francy Milena Arias aún estaba fresca en la memoria de una ciudad que se había relajado, pero que volvió a asustarse al verle la cara a la muerte disfrazada de gripe.

A las 7:00 a.m., cuando Bogotá apenas comenzaba a sacudirse el frío de la madrugada, bajo una lluvia leve pero insistente, como el vuelo de un zancudo hecho de agua, algunos medios ya con las cámaras listas y los presentadores en dramática situación de noticia, esperaban al secretario a la entrada del Hospital Meissen, en Ciudad Bolívar, el lugar donde falleció la semana pasada Arias y que de inmediato se convirtió en uno de los sitios de peregrinación de periodistas y autoridades sanitarias, con Zambrano a la cabeza.

Antes de entrar en acción frente a la prensa, el secretario se permitió una ligera confesión, un toque personal en medio de la distancia inalcanzable que se establece entre los hechos y las declaraciones oficiales: “Yo mismo tuve gripa hace unos meses. Me dio durísimo, no vino con incapacidad incluida, pero sí con todo lo demás”, dijo sonriente antes de volver a su faceta más común, la de hombre serio que en palabras sencillas trata de argumentarle a una ciudad el por qué no tener miedo.

Después de los directos, de la infinita repetición de cifras y datos, como si escucharlos una sola vez no bastara, Zambrano, junto con el director del hospital, Carlos Lizcano, hicieron una visita rápida a las instalaciones y en un pasillo cualquiera se sentaron para discutir el estado actual del avance de la pandemia y del pánico que arrastra con ella, como la negra capa de algún sombrío villano de caricatura; el pánico que hizo que tres familiares de la fatal víctima de la gripe fueran despedidos de su lugar de trabajo, según contó horas después en otra reunión un funcionario del Hospital de Bosa.

“En este momento tenemos 29 equipos de Salud a su Casa, unas 165 personas visitando cada uno de los hogares de la localidad para informar acerca de los síntomas y verificando el estado de todas las personas para tratar de establecer si alguna tuvo contacto con la víctima o con su familia”, decía hacia las 8:00 a.m. el director del Hospital de Vista Hermosa, Pedro Aguilera. En medio de los reportes, Zambrano pedía más cifras, un dato extra que le diera el panorama completo de la evolución del virus en Ciudad Bolívar. “Hay cinco personas hospitalizadas con neumonía en este momento y ocho más que están bajo observación en urgencias”, respondió algún funcionario.

A eso de las 8:30, mientras Zambrano revisaba las instalaciones de lo que será el próximo Hospital de Vista Hermosa, una llamada de un periodista lo pone en alerta. Una niña acaba de ser baleada, su cuerpo, aún con el uniforme escolar puesto, fue lo único que quedó en la huida de un grupo de criminales.

El secretario debe cambiar rápidamente el discurso para atender esta situación, la emergencia del instante que ha dejado uno o varios cuerpos en el interior de un carro destrozado, un edificio en llamas y baleados en el asfalto. “Yo debo estar pendiente desde los perros callejeros hasta la nueva gripe”, dijo, mientras su carro cruzaba a toda velocidad el enrevesado tráfico de la capital para alcanzar a llegar al final de un comité sectorial de salud en el que se sientan los gerentes de los 22 hospitales de la ciudad y la Secretaría de Salud.

Un poco después de las 10:00 a.m. el gerente de uno de los hospitales, ya hacia el final de la reunión, sugería agilizar el procesamiento de las muestras de los posibles casos de gripe tipo A, puesto que desde hacía una semana había sido ingresado a un centro médico un paciente del cual aún no sabían, a ciencia cierta, si era otro portador del AH1N1. Tan sólo una media hora antes, en una reunión más con personal del sector salud del Distrito, la subgerente de otro hospital de la ciudad preguntaba que, con tres puentes marcados en el calendario de este mes, a quién debían acudir cuando necesitara medicamentos para tratar un caso sospechoso.

“Sí, estamos tratando de acelerar el procesamiento de las muestras. La Secretaría ya compró más reactivos para lograr dar abasto con el volumen requerido”, respondió Zambrano. “Hay una falla en la comunicación con los hospitales para que sepan cuál es el protocolo para solicitar tratamientos destinados a los casos que así lo ameriten”, admitió en otro momento.

Una vez en su despacho, en el cual no permaneció más de 15 minutos, lo esperaba una inmensa torre de papeles por firmar. Uno y otro y otro más después del anterior. Allá, en uno de los tres ambientes de su oficina, está el escritorio con un computador y una silla, en la que Zambrano dice haberse sentado tan sólo una vez, su primer día como secretario de Salud, después de haber pasado varios años en diferentes posiciones en la cartera de Hacienda y luego de haber dirigido un colegio agropecuario en un municipio cercano a Puerto Boyacá, en el Magdalena Medio, antes de que las amenazas lo sacaran de una zona que por esa época, mediados de los ochenta, era un hervidero de violencia e ideas de ultraderecha que agarraron un par de fusiles como método de expansión.

De vuelta en la oficina, cinco minutos después de la 1:00 p.m., el secretario almorzaba mientras los diferentes directores de la Secretaría, entre uno y otro bocado, rendían cuentas de los progresos y problemas en un comité directivo que se convirtió en almuerzo. Años antes, Zambrano no se preocupaba por su alimentación hasta que sus hábitos de no comer, sino vivir a punta de café, degeneraron en una gastritis que puso el almuerzo de nuevo en la agenda del día.

“El mensaje debe ser claro para los hospitales: hay siete centros de referencia en la ciudad donde los médicos pueden pedir los tratamientos para manejar los casos de gripe que ameriten el uso del tamiflu. Hagamos un comunicado para que quede muy claro cuáles, e incluso quiénes, son los que manejan el tema”, insistía el secretario mientras tomaba un café rápido al tiempo que cerraba la reunión, justo antes de salir para la Alcaldía a un encuentro con Samuel Moreno, en el que discutirían los avances de lo que será la EPS de la ciudad. Luego vendría otra reunión, esta vez con el comité distrital de emergencias, creado especialmente para hacerle el seguimiento al AH1N1 en la ciudad.

En el carro, mientras don Pastor, su conductor desde hace ya varios años, se abría camino por los trancones endémicos de Bogotá, Zambrano tomó el radio y habló con propiedad. “Les habla el secretario de Salud. Les deseo a todos un buen día y les recomiendo que su trabajo esté centrado en brindar la mejor atención posible a los ciudadanos que la requieran, más ahora en tiempos de pandemia. Recuerden los protocolos y los procedimientos que nos permitirán superar esta situación de la mejor manera. Un buen día para todos”. A esa hora se confirmaba que en Bogotá había una persona más con el virus, lo que elevó la cifra de contagiados en la ciudad a 13 y en el país a 40.

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido