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Alfonso Senior soltó su frase en voz baja, derrotado, unas semanas antes de fallecer (enero de 2004). Sintetizaba lo que vivió dentro del fútbol colombiano, primero como fundador y presidente de Millonarios, luego como vergonzante socio de honor de administraciones que en los años 80 lo sacaron del camino. Aquellos fueron los tiempos de Gonzalo Rodríguez Gacha, quien ordenaba y disponía en el equipo azul. Compró jugadores y periodistas, apartó directivos, sobornó árbitros y negoció campeonatos (1987 y 1988), casi siempre desde su finca en el norte de Bogotá, donde organizaba bacanales de fútbol pagadas con relucientes fajos de billetes.
El Mexicano, como lo llamaban, fue uno de los símbolos del fútbol colombiano de los 80, uno de los “señores” a los que se refería Senior. Desde Millonarios y con Millonarios como escudo, competía con Pablo Escobar (Atlético Nacional) y los hermanos Rodríguez Orejuela (América de Cali) para adueñarse de títulos, futbolistas, honores y negocios. Con sicarios, testaferros, intimidaciones, dinero invisible, sangre y muerte, ellos tres se repartieron los primeros lugares de los torneos nacionales durante 20 años, secundados por socios menores como Phanor Arizabaleta, Octavio Piedrahíta, Carlos Oviedo Alfaro, Eduardo Dávila Armenta y César Villegas. “Es que si no nos vendíamos, nos mataban”, confesó ya como ex un protagonista de aquellos años. Otros dos, Carlos Fernando Navarro Montoya y Daniel Tílger, dijeron que en el fútbol colombiano había oscuros manejos. Los tacharon de ingratos.
Quien denunciaba era difamado y señalado como “apátrida” (como si el fútbol alguna vez hubiera sido la patria). Quien no aceptaba dinero terminaba amenazado. Las mafias secuestraban, mataban árbitros (Armando Pérez y Álvaro Ortega) y hacían propuestas que, como en El Padrino, “no se podían rechazar”. En los 90 un árbitro uruguayo, Juan Daniel Cardelino, denunció que le habían puesto un revólver en la sien antes de pitarle un partido a Nacional. El juego se anuló (único en la historia de La Libertadores). Pese a todo ello, la prensa habló de conspiraciones de la “Confabulación Sudamericana de Fútbol” contra Colombia (como si Colombia fuera tan importante en el fútbol). Con los años, aquellas prácticas se volvieron norma. Los que no transaron se tuvieron que ir, de madrugada y con poca luz, como los entrenadores Reinaldo Merlo y Rubén Israel. Los que sí, se acoplaron, hacen parte de ese “fútbol-patria” y andan por ahí, en Mercedes de placas azules.