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Desde hace ocho meses se está comercializando en Colombia el Listen Up, un diminuto y polémico amplificador de sonido.

17 de septiembre de 2008 – 03:21 p. m.

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Es más pequeño que una tarjeta de crédito, solamente necesita una pila triple A para funcionar, tiene un alcance de 30 metros a la redonda y no cuesta más de $70.000. Se trata de un moderno y singular aparato que desde hace ocho meses se está comercializando en nuestro país y que se ha convertido en un polémico instrumento para conocer, con lujo de detalles, las conversaciones privadas que sostienen las personas a nuestro alrededor.

El Listen Up fue creado originalmente para que aquellos hombres que sufren a diario los reclamos de sus esposas porque les gusta oír los partidos de fútbol o ver las películas a todo volumen y a altas horas de la noche o en la madrugada, pudieran hacerlo sin causar molestias. Sólo debían prender el televisor a un volumen bajo y luego encender el Listen Up y ponerse los audífonos, para que éste funcionara como un amplificador de sonido.

Sin embargo, los adultos mayores descubrieron otro uso, que consistía en prenderlo durante las caminatas que daban en los parques cercanos a sus viviendas, con el objetivo de percibir el canto de los pájaros y los sonidos de la naturaleza que eran opacados por el ruido de los carros.

Las ventas en Estados Unidos se dispararon. Pero pronto los estudios de mercadeo realizados por la compañía Idea Village, creadora del producto, apuntaron hacia otra dirección. “Se hizo una investigación en la que se evidenció que los hombres de 39 años lo querían no sólo para ver sus programas de televisión sin ser molestados, sino para escuchar las conversaciones ajenas”, explica Walter Shupnik, director de Intermarketing Direct, la empresa que importa este producto a Colombia.

De esta forma, la discreta apariencia del Listen Up ha permitido a decenas de hombres escuchar, desde una distancia no mayor a 30 metros, las conversaciones que sostienen grupos de mujeres en un restaurante, en el baño de una discoteca o al otro lado del andén.

Asimismo, Shupnik advierte que muchos clientes lo compran para saber lo que dicen sus jefes en las largas reuniones que sostienen a puerta cerrada o las infidencias que comparte su novia con su mejor amiga cuando hablan en voz baja en la cocina e incluso lo que están cuchicheando los compañeros de la oficina.

Andrea García, de 35 años, confiesa que compró el Listen Up hace un par de meses para confirmar que su esposo le estaba siendo infiel. “No quería ser muy obvia y que él sintiera que lo estaba persiguiendo. Así que simplemente prendía el aparato cuando él se encerraba a hablar por celular y me paraba cerca a la habitación en donde estaba”.

Por su parte, Alejandro Moreno cuenta que desde hacía un tiempo tenía la sospecha de que sus jefes querían despedirlo. “No lo pensé dos veces y luego de ver el comercial decidí adquirir el Listen Up. A veces me paseaba con los audífonos puestos enfrente de la oficina de mis superiores, todos creían que estaba escuchando música con un MP3, pero fue así como logré enterarme qué era lo que les molestaba de mí y corregirlo antes de que me echaran”.

Shupnik confiesa que durante los ocho meses que se ha vendido el Listen Up en Colombia se han agotado las unidades rápidamente y las importaciones han aumentado significativamente. Sin embargo, muchas personas ven con preocupación el hecho de que se venda un producto que pueda violar la intimidad de las personas.

Frente a estas críticas, que se han publicado en la página web de la empresa estadounidense que creó el Listen Up, sus ejecutivos de venta en Colombia responden que la tecnología se está desarrollando a pasos agigantados y que así como las cámaras en los celulares se han convertido en una amenaza para ser descubierto in fraganti en cualquier lugar del mundo y no es una práctica ilegal, este aparato también puede ser utilizado para el mismo fin.

Claro que son enfáticos en aclarar que “el Listen Up fue inventado para capturar los sonidos difíciles de escuchar, ver televisión y oír música sin molestar a otros. El que sea utilizado para espiar a los demás lo decidieron los mismos compradores, quienes tienen la libertad de hacerlo”, concluye Shupnik.

msuarez@elespectador.com

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