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«Cuando uno es joven cree que tiene salud eterna. A mí no me daba ni gripa. Estaba en el mejor momento de mi vida, había terminado mi carrera de mercadeo y trabajaba en un banco. De repente, mi existencia dio un giro de 180 grados por una noticia que me sacó del mundo de fantasía en el que vivía”. Con estas palabras, Nora Dayana Molina Cruz, de 29 años, comienza el relato sobre su experiencia afrontando un cáncer de seno.
Una mañana, antes de salir a trabajar, mientras se arreglaba, se aplicó crema por todo el cuerpo, incluyendo los senos. Con sorpresa notó una pequeña bola que no dolía pero era extraña. Sin prestarle demasiada atención siguió su camino y en la oficina le contó a una amiga, que le dijo: “Debes correrle a eso. Yo sufrí de cáncer de mama. No te descuides”. Nora sintió algo de nervios y decidió pedir una cita.
Por esos días, la agenda estaba ocupada, entonces fue con un médico particular que le dijo: “Seguramente son unos quistes, pero no son perjudiciales, no se preocupe”. Sin embargo, Nora no quedó satisfecha y decidió viajar a Bogotá para hacerse ver de un mastólogo en la clínica del Country. Creía que era algo pasajero, pero en su corazón algo le hacía sentir lo contrario.
Cuando llegaron a la clínica, “me revisaron y me ordenaron exámenes que no eran para mi edad, pero sí pertinentes”, recuerda. Mamografías, ecografías y biopsias hacían parte de la lista para saber el origen de la bolita. “Fue una semana eterna y sólo le pedía a Dios que no fuera nada malo. Yo no quería morir”.
Por fin llegó el día esperado. El doctor Antonio Robledo le dijo sin preámbulos: “Nora, quiero que sepas que eres una mujer muy bonita y tienes mucha vida por delante, pero ahora tienes cáncer de seno”. Quedó paralizada. No lo podía creer. Lo único que atinó a preguntar fue cuál iba a ser el tratamiento. El médico le explicó.
El cáncer de seno, explica el mastólogo Mauricio Lema, es “un tumor que se origina en el seno y tiene características malignas. Es decir, las células crecen en forma descontrolada en el sitio del tumor o se pueden expandir a sus alrededores, como los ganglios, o, en casos extremos, hacer metástasis”. En Colombia tenemos aproximadamente 8.686 nuevos casos de cáncer de seno al año, y 2.649 de ellos termina en muerte, según cifras de Globocan 2012.
De regreso a casa, una mujer desconocida se le acercó y con voz amable le dijo: “Dios te manda decir que no te preocupes, que todo va a estar bien. Él te tiene para grandes cosas y no quiere que sufras”. Con ese aliento supo que debía hacerle frente con tranquilidad al proceso de la quimioterapia.
De esta manera empezó su lucha por la vida. En la primera sesión le inyectaron un líquido rojo y suero. Dos días después, la sensación de cansancio era terrible. Vomitaba todo, sentía que la cabeza se le iba a reventar. Con los tratamientos llegaron los cambios físicos. Tenía el cabello largo y tuvo que cortárselo. Para disimularlo se mandó a hacer una peluca.
Al término de ocho quimioterapias el tumor había disminuido. Tenía dos centímetro, pero seguía siendo peligroso. Por eso el especialista ordenó una mastectomía, es decir, la extirpación del seno, para evitar que las células malignas invadieran más tejidos. “Cuando las quimioterapias no eliminan el tumor, es el último recurso para salvar a la paciente”, explica Mauricio Lema.
Una noticia cruel. Finalmente, el 19 de octubre, por coincidencia el Día Mundial contra el Cáncer de Seno, se programó la cirugía. “Fue muy complicado. Nadie está listo para que le quiten una parte de su cuerpo y mucho menos un seno. No tenía hijos y pensaba que si algún día los tendría no iba a poder amamantarlos”.
Después de una larga intervención de ocho horas, cuando Dayana despertó lo primero que preguntó fue si le quedaba algo de su seno derecho. Cuando pudo observarse, su conclusión fue femenina: “Fue una cirugía bonita. Obviamente no quedó igual el seno, pero me quedó el pezón”. Luego llegó la etapa de recuperación. “Es un momento clave porque las mujeres se sienten amputadas. Es importante el apoyo de la familia”, observa el psiquiatra Daniel Toledo.
“Fue doloroso verme, pero estaba viva. Ahora me tocaba asistir a 25 radioterapias y regresar con mi familia a Villavicencio. En la dura experiencia aprendí que la belleza no es sólo física. Las mujeres valemos mucho más”. Tiempo después recibió su grado. “Lo hice recuperándome del cáncer, con toga y birrete, pero con peluca”. En julio de 2013 le practicaron otra cirugía y le extirparon el otro seno, para que la enfermedad no volviera a aparecer.
La última operación fue en 2013. Se casó con Andrés Julián Reina, “el vecino” que estuvo pendiente de su proceso. “Tuve miedo de empezar una relación. Me sentía fea y vacía, pero él estuvo ahí conmigo, fue mi gran apoyo”.
Hoy es madre de dos mellizas , Mariana y Juliana. “Son el regalo más hermoso que Dios me ha dado. Estoy muy feliz. Logré ganar esta batalla y saber que somos capaces de cumplir nuestros sueños”, señala Nora Dayana Molina.