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A Roberto Pombo Holguín, apodado por sus amigos I-Pombo, la música salsa le resulta un agradable recordatorio de su época bohemia, “cuando no mucho me preocupaba”. Fue la excusa perfecta para sentarse a charlar con el cantante panameño Rubén Blades en el Hay Festival en Cartagena, el jueves pasado. Qué mejor forma de liberarse de la tensión que representa ser director del diario El Tiempo y responsable de su transición a grupo multimedia justo cuando cumple cien años de fundación, hoy 30 de enero.
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ¡Ay Dios!… Sí. Pombo, el todero, el andariego, como se define, jamás imaginó dirigir la empresa insigne de la familia Santos, ahora propiedad del Grupo Planeta. Deambuló como reportero primero en Brasil, luego en Bogotá con la revista Alternativa, después en Barranquilla en El Heraldo y el Diario del Caribe, también en Semana, pero su destino profesional y sentimental lo esperaba en El Tiempo. Como canta Blades: Cuando lo manda el destino no lo cambia ni el más bravo. Si naciste pa’ martillo del cielo te caen los clavos.
Enrique Santos Castillo y Gabriel García Márquez son los mentores de su carrera periodística. En su egoteca, frente al escritorio de la dirección, está la foto enmarcada del Nobel recostado en un sofá, sonriente, y él en una silla, unos metros a la derecha, lanzándole un sombrero captado en pleno vuelo por el argentino Daniel Mordzinski, persistente fotógrafo de escritores. Hay otra recién ampliada junto a Hugo Chávez, Juan Manuel Santos y la canciller María Angela Holguín, postal del día de la posesión de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. Destaca un altarcito familiar presidido por las imágenes de su esposa, Juanita Santos -hija de Hernando Santos Castillo-, de Simón -arquitecto de 21 años, hijo de Juanita y Andrés Escabi, una de las víctimas del atentado al avión de Avianca en 1989-, y de Lucas, de 18, hijo de Roberto y Juanita, estudiante de Derecho, la profesión que su papá no ejerció. Abajo, un aguafuerte de Eduardo Chillida, galardón del Premio Ortega y Gasset 2003 que recibió por la columna en la revista Cambio “Y regresar vivo a casa”. También está un pergamino que muestra que Pombo puede perder lo que sea menos el sentido del humor: la carta de un feligrés al arzobispo de Popayán, a comienzos del siglo pasado, en la que le pide permiso para leer El Tiempo y recibe autorización pero sólo en la intimidad de su hogar, “para no escandalizar”.
¿Cómo terminó en esta oficina?
Pude haber terminado en cualquier lado en la medida en que he hecho de todo: reportería judicial, política; trabajé en revistas, televisión, radio. Pero la razón de mi último regreso a El Tiempo fue el fracaso de Cambio México. En ese momento me ofrecieron ser editor general del periódico y acepté. Dejé de escribir columnas de opinión y volví al periodismo. Estando en eso fue que los socios decidieron hacer la negociación. Salieron los directores, hubo cambios y en ese punto me ofrecieron la dirección y acepté este enorme reto. Fui juguete del destino.
¿Qué factores jugaron a su favor en enero de 2009?
La verdad es que eso fue muy raro porque a mí me nombró Semana en un artículo que cuando salió yo no era en absoluto director, no me habían nombrado, no me habían notificado. Sabía que existía la posibilidad por cómo estaban las cosas y terminó siendo cierto. Me lo comunicó personalmente José Creuheras (vicepresidente de Planeta).
¿Qué sintió en ese momento?
Un desconcierto muy grande. Ser director de El Tiempo es de esos cargos a los que uno nunca aspira, por que se sabe que no los va a tener nunca. Pero entraron a jugar esas particularidades de mi vínculo con el periódico y con la familia Santos y mi oficio de editor general. Eso sumado al cambio de accionistas lo hizo posible.
Antes que el suyo hubo otros nombres que sonaron. Enrique Santos Calderón, por ejemplo.
No sé. Yo fui un sujeto pasivo. El caso de Enrique es más una decisión de los directores que otra cosa, no me meto en esas honduras. Se juntaron un montón de cosas, como las preocupaciones de Enrique con la posibilidad de la presidencia de Juan Manuel Santos.
¿Recuerda la primera vez que trabajó en El Tiempo?
Fue hacia el año 85. Había regresado de Brasil, había pasado por El Heraldo en Barranquilla y trabajaba en el Noticiero Nacional, cuando arrancaba con Javier Ayala, Gabriel Ortiz, William Restrepo. Me llamó el viejo Enrique Santos Castillo para ofrecerme el cargo de reportero de la sección política.
¿Cómo y por qué lo llamó?
No tengo ni idea. Mi amigo era Enrique Santos Calderón, por Alternativa. Don Enrique me hizo una entrevista muy particular. Me dijo: yo sé que tú eres camarada, de manera que no te voy a preguntar si eres liberal o conservador. Sólo te hago la siguiente pregunta: ¿tú desprecias la vida política colombiana? No la desprecio, le respondí. Y él dijo: Con eso me basta, porque a los que desprecian la política los artículos les salen muy mal. Y a los que les importa, sin que sean partidistas, logran afinidad entre quien escribe y el texto. Así quedé enganchado a El Tiempo. Enrique Santos Castillo se convirtió en mi maestro y punto de referencia y fue una de las razones sentimentales para mi decisión de asumir la dirección.
Después usted se fue otro tiempo a televisión y hubo un segundo regreso.
Un día me llamó Luis Alberto Moreno, entonces gerente de TV Hoy, para reemplazar a Andrés Pastrana como director porque se iba a lanzar a la Alcaldía de Bogotá. Me fui tres años y regresé a El Tiempo como editor judicial, para hacer unas reformas a esa secci´`on era muy arcaica. Me tocó toda la lucha contra Pablo Escobar, una época dramática, con el periódico rodeado de sacos de arena y guardia antiaérea, una época de miedo por el asesinato de Guillermo Cano y la bomba contra El Espectador. Yo ya había hecho unos cambios en la sección política, que pasó de ser una sección muy amiga de los políticos a ser más independiente y a manejar procesos de paz, la participación de guerrilleros en la vida política. En judicial había que hacer algo similar, una redacción no tan cercana a los organismos de seguridad.
¿Fue difícil que Enrique Santos Castillo y Hernando Santos entendieran esa etapa de los guerrilleros reinsertados con aspiraciones políticas?
Fue la lucha de transformación del momento de los redactores jóvenes, pero no fue tan difícil porque teníamos el apoyo Rafael Santos y Enrique Santos Calderón. No se me olvida un día que yo le hice una cita a ciegas al viejo Enrique con la gente del M-19, Navarro y todos los que acaban de bajar del monte. Se puso furioso, pero una vez entraron a su oficina se quedó hablando con ellos durante horas. Finalmente, el reportero le ganaba al de los prejuicios.
¿Qué imagen le llega en este momento de ellos?
Las reuniones que hacían en el periódico, de repente, para definir a gritos algunos temas que los enfrentaban y que por alguna misteriosa razón terminaban de acuerdo. El Enrique Santos dando instrucciones, el Hernando Santos de la época del secuestro de Pacho Santos en la que yo en un comienzo era el negociador entre los secuestradores y El Tiempo.
¿En qué consistió su papel durante el secuestro?
Me encargaron buscar pruebas de supervivencia. Yo era el editor político del periódico y tenía que ser el interlocutor porque tenía vínculo familiar aunque no directamente con el secuestrado. Me tocaba hablar con un tipo que se hacía llamar Caliche. Establecimos la identidad de los secuestradores, primero del secuestrador físico y luego a Los extraditables y entonces el gobierno asumió el caso. Se montó un sistema de grabación aquí en las oficinas del periódico, había un monitoreo de parte de las autoridades y me desentendí del asunto.
García Márquez
Su otra gran influencia profesional es García Márquez. Teniendo en cuenta sus vivencias con él ¿cómo asumió usted el cierre de la revista Cambio?
A mí fue a quien más le dolió el cierre de Cambio y usted lo sabe bien porque hizo parte de ese equipo. Cambio se iba a cerrar más tarde o más temprano porque seguía perdiendo dinero. No hubo peor momento y manera de hacerlo, pero yo no soy quién para decirle a Planeta que mantenga una pérdida por cuenta de que a mí me parece que hay que sostener una tradición. Yo hubiera preferido que no se hubiera acabado. Para mí el cierre de Cambio fue un fracaso personal.
¿Usted habló de este proceso con el Nobel?
¡Claro que hablamos! Con él tuvimos en ese sentido muchas tristezas. Yo fui a México a montar Cambio México y estando allá nos tocó el dolor de soltarla por el mismo motivo. Y porque tampoco de sostenía Cambio Colombia fue que se la vendimos a El Tiempo. Llegó un momento en que nadie quiere ni puede seguir perdiendo más dinero.
El centenario
¿Qué significa cumplir cien años para un diario que Eduardo Santos le compró en cinco mil pesos a Alfonso Villegas Restrepo y hoy es un influyente conglomerado?
En el fondo es lo mismo, esencialmente un medio serio y grande. Como empresa, mucho más sofisticado. Como empresa familiar, en una etapa muy distinta. Se asumió todo el legado pero ya no es una empresa familiar, no es una empresa de partido ni es vocera de un partido político. Como empresa moderna tiene la sofisticación de los medios de hoy para tener relación más directa con sus audiencias. Un siglo después yo creo que ya no es tanto cómo un periódico influye en sus lectores con una intención política, sino cómo un periódico satisface las necesidades informativas de sus lectores.
Aunque ya no es una empresa de los Santos, ¿qué significa eso de asumir el legado?
Interpretar el sentido histórico que tiene esto. La empresa familiar no lo es únicamente en el sentido de que beneficia a una familia sino que a través de una familia se ha transmitido un legado que es obligatorio conservar. Tiene que ver con la seriedad informativa, con el aspecto ético, con los valores del periodismo, con el compromiso personal que uno tiene con el periódico. Esa tradición familiar pesa muchísimo así la familia Santos ya no esté dentro del periódico. Mantener ese ideal no es solo una cosa romántica sino una necesidad estructural, filosófica y de negocio. Ha sido así, ha sido bueno que haya sido así y le ha ido bien así, luego así tiene que seguir siendo a pesar de los cambios.
Pero los Santos todavía tienen un porcentaje de acciones.
No tengo el dato exacto, pero debe ser alrededor del 15 por ciento.
Al ver fotos antiguas impresiona la amistad entre los Santos y los Cano. El alma de los periódicos se asimilaba al alma familiar. Hoy, al hacer transición a empresas multimedia, ¿no se refundió ese espíritu?
Claro que sí. Estadísticamente está demostrado que en las empresas familiares, a partir de la tercera generación, la presencia física de la familia se convierte más en un problema que en una virtud. Entonces las empresas tienden a profesionalizarse e independizarse de lo familiar en su ejecución. Que se hayan ido las familias le quita un cierto halo romántico que tenía.
¿Qué captaba usted de esa amistad entre Santos y Cano?
Había y se mantiene un afecto enorme. En el caso de Hernando Santos y de Guillermo Cano la cercanía afectiva era muy grande. En la medida en que la competencia se fue poniendo muy dura, esa cercanía fue menor sin hablar de distanciamiento porque tenían su círculo de amigos de los toros y las familias se guardan gran cariño. Había una competencia sana que es algo que yo sigo valorando. El regreso de El Espectador a diario tiene un valor enorme para nosotros y para el periodismo. Hay un principio general de que todo funciona mejor cuando hay competencia. La actitud de los periodistas mejora porque tienen un punto de referencia, en cambio cuando hay posiciones dominantes se vuelve muy difícil de manejar. Cuando regresó El Espectador diario lo hizo con un modelo, formato e impresión distinta su anterior ciclo de diario. Abiertamente no quiere parecerse a El Tiempo y eso es útil porque uno trata de rescatar lo positivo en las cosas que hacen. Hay una rivalidad muy fuerte entre los periodistas y en el ambiente, pero muy positiva para todo el mundo.
¿Cómo vivió el paso del periódico al Grupo Planeta?
Nada especial en términos de la información y del manejo del contenido. Lógico en términos de la lógica empresarial. Sin embargo, el sistema de pensamiento de las empresas grandes es diferente a una familiar, el cambio implicó por ejemplo la eliminación de la separación entre editor general y director y quedó un solo director responsable de la información y la opinión. Fue la decisión correcta.
¿Qué tan a la derecha de lo que usted piensa está Planeta?
Es que Planeta no está editorialmente a la derecha de nada. El grupo tiene cercanías con sectores políticos en España que tienen concepciones distintas frente a otros de izquierda como los socialistas. Pero tratar de hacer una traspolación de las posiciones ideológicas de Europa a Colombia no tiene sentido político. Las posturas políticas individuales de las personas de Planeta no se traducen a sus productos. Uno ve que Planeta publica al tiempo una biografía del Papa y el libro La puita de Babilonia, de Vallejo. La posición que me afecta positivamente de Planeta es su actitud de que aquí en el periódico no se hace lo que a mí me de la gana sino debe obedecer a una dialéctica muy cuidadosa con la audiencia. Aquí la línea política editorial no la dicta nadie desde afuera, de manera que mí me da lo mismo de qué partido político sean los señores de Planeta.
Eduardo Santos hablaba de la necesaria distancia del periodismo con el gobierno y el poder. Para un diario oficialista ¿hoy es más fácil mantener esa frontera?
Lo dijo Eduardo Santos cuando fue presidente de la República y propietario del periódico al mismo tiempo. Eso es más una lectura capciosa que se hace desde afuera. La cercanía con los políticos o con el gobierno tiene más que ver con lo que la gente pueda presumir que con la falta de rigor.
¿Cómo manejó la situación en el caso de Juan Manuel Santos?
Este periódico apoyó la candidatura de Juan Manuel Santos. ¿Qué debió haber hecho para parecer más independiente? ¿No apoyarla cuando consideraba que era el mejor candidato? ¿Apoyar a Mockus cuando consideraba que no era el mejor candidato? Cuando hay una persona cercana la cuestión se vuelve inevitable. Lo importante es que los procedimientos internos frente a la información no partan de esa cercanía. El Tiempo no es más cercano a este o a cualquier otro gobierno por cuenta de que haya una cercanía afectiva y de parentesco con el presidente de turno.
¿Qué tanto les afectó Francisco Santos vicepresidente, Juan Manuel Santos ministro y presidente?
Mucho. Mucho porque la gente parte de la base que hay un sesgo a favor de ellos y no hay manera de demostrarles que no. La única manera, que sería falsa, sería pelear con ellos únicamente para que la gente viera distancia lo cual es absurdo. Uno tiene que dar la información al lector tal y como uno cree que está bien dada.
Entonces El Tiempo sigue siendo santista.
El Tiempo es tan santista que apoyó la candidatura presidencial cuando todo el mundo decía que iba a perder. ¡Claro que es santista!
¿Y usted cómo se siente?
A mí me pareció que durante la campaña el mejor candidato era Santos y lo apoyé. Hubiera preferido otra circunstancia pero yo hago lo que considero mejor desde el punto de vista conceptual. Si a alguien le parece que lo hago desde el punto de vista familiar lo lamento mucho y no puedo hacer nada.
La era multimedia
La otra realidad de los periódicos es la era multimedia. ¿Cómo analiza el presente y el futuro?
Los impresos en América Latina no están tan afectados por la inminencia de acabarse. Sí hay una realidad, el surgimiento de nuevas plataformas tecnológicas que serán cada vez más y más masivas. Esto obliga a los periódicos a tomar decisiones históricas: ¿a qué es lo que se van a dedicar?, ¿qué es lo que van a informar?, ¿de qué manera lo van a hacer? Hay que acomodarse a las circunstancias pero esa fatalidad que se respira en Europa y en Estados Unidos aquí no se da. Es más, hay más lectores que antes, estamos en que las grandes masas están llegando a ser lectores. Lo que debemos hacer es dar con la fórmula de periódico ideal en medio de esta revolución tecnológica. No creo que la disyuntiva sea entre la nueva tecnología y el impreso. Es analizar cada uno de los mensajes que requiere cada una de esas plataformas.
¿Eso no afecta la profundidad y la calidad?
En absoluto. En el caso de El Tiempo rediseñado hay más textos, más crónicas, más análisis, más espacios de opinión. Decir que este periódico es más superficial o menos profundo que el anterior es una afirmación que se hace sin ninguna base.
Se habla del 2015 como el año del punto de quiebre para periódicos, porque la consolidación de versiones de Ipad no justificarán los costos de los impresos.
En Estados Unidos y Europa de pronto. El Ipad va a ser la continuación del impreso con nuevas tecnologías. Para periódicos europeos o americanos cuyo modelo de negocios está en crisis, esos cálculos pueden ser válidos, es posible que a nosotros nos toque lo mismo pero quién sabe cuándo. En esta zona del planeta la penetración de internet es todavía bajísima, hay cantidades de masas de la población que no leían periódicos y están llegando a través de periódicos populares. Hay que estar en todas las plataformas digitales.
Lo que sobreviva como impreso debe tener una altísima calidad.
Tendrá que tener lo que no tenga ningún otro nivel de palabra escrita. El impreso puede llegar a convertirse en una herramienta para quienes lleven una vida más sofisticada, más sosegada y menos conectada. El periódico seguirá cumpliendo ese papel durante muchísimos años.
A los 54 años, como director de El Tiempo, ¿en qué ha cambiado usted?
Yo era un periodista cuya única aspiración era ascender en su sección y que le permitieran escribir; un hombre de la calle, bohemio, despreocupado por muchas de las cosas, contestatario en muchos sentidos y ahora soy lo que usted ve: un barrigón en una oficina, preocupado por todo lo que está pasando en los medios las 24 horas del día. Tengo El Tiempo por cárcel.
¿Hay días en que se siente agobiado?
Sí, claro. Pero el oficio siempre ha sido así.