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La política no sabe de tiempos ni de distancias, y mucho menos si se trata del (recién electo) presidente de la V República Francesa, el socialista François Hollande. Acto seguido a la celebración de su victoria electoral sobre Nicolás Sarkozy impera la cotidianidad exigente e inmediata del cargo, la cual obliga a mirar a Colombia.
La confirmación de que Roméo Langlois se encuentra bajo poder del Frente 15 de las Farc (ver página 6) deviene como la primera cuestión de urgencia internacional que necesita ser atendida. No obstante, la premura de los hechos invita a que sea el cuerpo diplomático francés, en armonía con el gobierno colombiano, quien, prima facie, se haga cargo de la cuestión. El hecho de que la captura de Langlois haya coincidido con las elecciones presidenciales francesas ha resultado una nefasta casualidad que alimenta de oportunismo la posición de las Farc.
Conviene precisar que de acuerdo con el Convenio III de Ginebra de 1949 y el Protocolo Adicional I de 1977, los “prisioneros de guerra” únicamente se conciben dentro de escenarios de conflicto armado internacional. Además, el Código Penal colombiano tampoco vislumbra semejante figura, por lo que su empleo como tal es inapropiado. Conforme al artículo 3 de tal Protocolo de Ginebra, así como al Protocolo Adicional II, Langlois sería una persona privada de libertad por razones relacionadas con el conflicto de manera tal que el Derecho Internacional Humanitario exige que sea tratado con humanidad y puesto en libertad en cuanto dejen de concurrir dichas causas de su internamiento.
Si es cierta la comunicación de las Farc, una vez que tales razones han desistido, el periodista francés debería ser puesto a disposición del Estado colombiano cuanto antes. Sin embargo, es de esperar que ante una actualidad copada por las elecciones francesas se demore tal vicisitud y que las Farc esperen algún movimiento del nuevo gobierno francés que, por otro lado, ya debería tener pensado.
Presuponiendo racionalidad dentro de unas Farc cuya desconfianza y recelo ha sido alimentada por la propia guerrilla, lo deseable sería una liberación de Langlois más pronto que tarde, esperando de paso algún intercambio cooperativo o la búsqueda de un escenario propicio desde el que redibujar una imagen sumamente desvirtuada en la vieja Europa. Claro está, qué mejor momento que éste. Optar por lo contrario, es decir, por una retención deliberada del reportero francés, además de alimentar el arrinconamiento internacional, no serviría más que para redundar en el descrédito con otra razón desde la cual socavar un posible e hipotético escenario de encuentro futuro.
Desde hoy Hollande, si no lo ha hecho ya, tendrá la obligación de ubicar en el mapa del mundo la región de Caquetá y atender muy necesariamente una cuestión cuya urgencia no puede ser pasada por alto.
*Investigador, Doctorado en Ciencias Políticas y Sociología en la U. Complutense de Madrid.