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Humala, a la cabeza en Perú

Con el 51,5%, los primeros resultados le daban la victoria al candidato nacionalista, Ollanta Humala, sobre Keiko Fujimori.

05 de junio de 2011 – 10:10 p. m.

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En medio de la oleada de felicitaciones internacionales y comentarios elogiosos que siempre acompañan el ascenso al poder de un nuevo mandatario tras unas elecciones, resulta difícil levantar alertas sobre los riesgos e incertidumbres que trae consigo la victoria de Ollanta Humala en las elecciones presidenciales peruanas. Pero lo cierto es que el excomandante del ejército peruano metido a líder izquierdista ha dado buenas razones para que operadores económicos y analistas políticos le miren con desconfianza. Aunque ahora resulte difícil de creer o incómodo de recordar, el nuevo presidente peruano es la misma persona que durante un tiempo se alineó con los planteamientos de la ideología etnocacerista, un credo ultranacionalista y autoritario concebido por su propio padre, Isaac Humala.

Desde luego, para ganar las actuales elecciones se ha sometido a una de las transformaciones políticas más rápidas y extremas que se han visto en tiempos recientes en la política latinoamericana. El hombre que compitió en las elecciones presidenciales de 2006 como la versión inca del Socialismo del Siglo XXI chavista, posó como la cara peruana de la socialdemocracia representada por el Partido de los Trabajadores brasileño de Lula. Evidentemente, la gran pregunta es con cuál de estas dos versiones se tienen que quedar los ciudadanos peruanos.

Para contestar a este interrogante es necesario empezar por plantearse cuánto de real y cuánto de cosmético hay en el giro al centro de Humala y su Partido Nacionalista Peruano (PNP). En este sentido, la mejor respuesta la dio el propio candidato nacionalista cuando afirmó en una conversación privada con un diplomático norteamericano que la izquierda radical no entendía que la razón de ser de un partido era la toma del poder. Todo lo demás —afirmaba el actual presidente en 2009— fluía después de ganar las elecciones. En otras palabras, el objetivo inmediato era ascender en el gobierno. Después, todo era posible. Semejante planteamiento permite entender por qué el giro en el programa político y económico del PNP siempre ha dejado espacio para la ambigüedad. Las propuestas más polémicas se han suavizado o han perdido urgencia; pero no han sido desterradas de la plataforma nacionalista: la reforma de la Constitución resulta deseable, aunque ya no es prioritaria, la creación de un grupo de medios de comunicación estatales se ha explicado y se mantiene, etc. Una de las figuras claves del equipo económico del PNP, Félix Jiménez, lo dijo mejor: “Los cambios en los sucesivos programas presentados por el candidato —un total de cuatro documentos distintos— tenía que ver con “el cómo del qué”.

Así las cosas, resulta poco realista pensar que este 5 de junio no pasó nada en Perú y todo va a seguir igual en el país andino. Humala llega al gobierno con un programa de cambios que lógicamente va a tratar de implementar. En economía está el establecimiento de la denominada “economía nacional de mercado”, que para los arqueólogos de las políticas económicas fracasadas en el continente debería denominarse “sustitución de exportaciones”: limitar el comercio, estimular el mercado interno y mantener con subvenciones una industria nacional ineficaz. Paralelamente, la transfiguración del PNP ha sido más evidente en el ámbito de las reformas políticas donde la propuesta de establecer una segunda república a través de una reforma constitucional ha dado paso a ofertas más generales para abrir canales de participación directa por encima de los denostados partidos. Por su parte, la plataforma nacionalista mantiene posiciones más ideológicas en el ámbito de la educación donde el izquierdistas sindicato de enseñanza, Sutep, podría ganar una influencia directa sobre el manejo de la educación.

Desde luego, esto no es suficiente para afirmar que Humala quiera convertirse en una réplica de Chávez, entre otras cosas, porque a estas alturas ya son evidentes las vías de agua del modelo venezolano. Más bien, ciertos aspectos del programa nacionalista como la “sustitución de importaciones”, la construcción de un bloque de prensa estatal o el antiimperialismo parecen viejos ecos de la ideología nacionalista y populista que inspiró la dictadura del general Velasco Alvarado en Perú entre 1968 y 1975. En cualquier caso, con independencia de estas similitudes, el proyecto de Humala parece dirigirse a capturar los inmensos recursos generados por las exportaciones minero-energéticas peruanas e invertirlos en subvenciones a los sectores populares y las clases medias de las regiones de Perú que tradicionalmente se han sentido marginadas por las élites limeñas. Con el respaldo de esta base social, el nuevo presidente podría apostar por impulsar un cambio del sistema político, bien para abrir el espacio para su reelección o para ceder el poder a un reemplazo que continuará su proyecto. De hecho, Humala se ha esforzado por consolidar un aparato partidario que pueda dar continuidad a su modelo ideológico más allá de que él personalmente se mantenga o no al frente del Estado.

En cualquier caso, una cosa es lo que puede querer el nuevo presidente y sus seguidores nacionalistas y otra muy distinta que lo pueda lograr dada la correlación de fuerzas políticas. En este sentido, cabe preguntarse el peso en el nuevo gobierno que podrían conservar los sectores más moderados provenientes del grupo Perú Posible, de Alejandro Toledo, que optó por apoyar a Humala en la segunda vuelta. En este sentido, parece difícil que Humala pueda tomar el control del Estado prescindiendo de todos los tecnócratas que se le sumaron en las pasadas semanas. Sin embargo, también es cierto que el nuevo ejecutivo podría impulsar una estrategia sistemática de ruptura de Perú Posible para cooptar a sus sectores más izquierdistas y marginar a los más moderados próximos al expresidente Toledo. De momento, algunos sectores de Perú Posible ya han expresado que no tienen una oposición de principio a la idea nacionalista de una reforma constitucional. Al mismo tiempo, fuera del Congreso, los nacionalistas y sus aliados en la izquierda cuentan con una notable capacidad de movilización popular que pueden poner al servicio del presidente si éste se enfrenta a resistencias de la oposición política o los gremios económicos. En consecuencia, Humala comienza su andadura política con un fuerte capital político. Sería ingenuo pensar que no va a utilizarlo para impulsar su proyecto ideológico nacionalista y populista.

*Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes y consultor en temas de seguridad.

Tras los pasos de Lula

Humala, nacido en Lima el 27 de junio de 1962, pertenece a una familia provinciana que profesa el nacionalismo y rinde culto al imperio inca. Por eso sus padres lo bautizaron Ollanta, nombre de un general inca.

En 2000 se sublevó junto a su hermano Antauro contra el gobierno de Fujimori, ya debilitado por acusaciones de corrupción. Resultaron ambos apresados, pero luego de que Fujimori se fugara del país fueron amnistiados.

Fue candidato presidencial por primera vez en 2006, constituyéndose en un gran fenómeno de aceptación popular. Sin embargo, su cercanía con Hugo Chávez le jugó una mala pasada y perdió en las urnas frente a Alejandro Toledo.

El excomandante del Ejército, de 48 años, ahora profesa gran admiración por el ex presidente brasileño  Lula da Silva.

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