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A la médica cubana Raquel Pérez la mataron sin motivo aparente. Un día mientras caminaba, un joven al que los testigos llamaron ”drogado” se le acercó por la espalda y de un solo intento le dejó clavado un cuchillo de cocina cerca de los pulmones. ¿Por qué, si ella hacía el bien?, ¿por qué alguna gente de Petare corta con dagas las manos de quienes se las tienden?
Raquel Pérez había llegado a Caracas en 2003 formando parte de las misiones médicas que Cuba enviaba a Venezuela. Le correspondió prestar ayuda sanitaria en Petare, la zona más peligrosa de la capital. Tuvo que subir miles de escalones, que son la única vía que lleva a la parte alta de los barrios; tuvo que atender a jóvenes heridos e intentó enseñar lo básico para sobrevivir, los cuidados para no contraer enfermedades en ese lugar de poca agua y de muchas infecciones. Contra eso podría darse la batalla, pero contra las balas o los cuchillos todavía no hay vacuna, más allá de paliativos inconstantes como la educación y las campañas de prevención.
Padres que les dicen a sus hijos: “Yo no puedo decirte que estudies porque yo nunca estudié”; hermanos mayores que dicen que “somos rechazados por la comunidad”, razón suficiente para dedicarse a la “mala vida, lacra”. Rincones a los que nunca llega la Policía y rige la ley de las balas. En Petare las balas ya no se venden por cajas como hace años, ahora es por bultos.
Casos de personas muertas en las esquinas, porque desde un carro pasaron accionando un arma, de niños que crecen pensando en vengar a sus mayores queridos y de tiroteos en las funerarias. Ese lugar donde “un malandro tiene mirada de velociraptor y una memoria infinita para la venganza y el odio”, como escribió el periodista y novelista venezolano Héctor Bujanda. Donde habitan más de un millón de personas con precarios servicios y que encarna la cara más espantosa de la Caracas violenta.
Petare era una ciudad antes de convertirse en una gran barriada. Fue fundada en 1621 por los españoles, entre los cerros que se levantaban al este de Caracas. Fue también un foco de migración en los años modernos y se plagó de gente que venía, sin éxito, a buscar un futuro próspero en la capital. Petare fue invadido por cientos de familias y las construcciones invasoras comenzaron a escalar las laderas de los cerros, al tiempo que Caracas devoraba terrenos para incluirlos en su casco urbano.
Así se llegó al punto de estos días. En rigor, el gran Petare no es más que la sumatoria de unos 2.000 barrios pequeños que nacieron de la invasión, un lugar al que cifras endilgan el 80% del total de los homicidios de Caracas (108 por cada 100.000 habitantes, la tasa más alta de toda Suramérica), de miles de hacinadas casas de ladrillo construidas al garete, algunas de ellas con alrededor de 40 habitantes.
Varias iniciativas hablan de la idea de pintar uniformemente las fachadas, para hacerlas agradables a la vista, de pavimentar las calles y de mejorar la infraestructura de servicios públicos en el área. Los días pasan y los hombres trabajan robando celulares para un salarios básico de US$800, vendiendo drogas y defendiendo sus territorios, otros laboran honradamente en diversos oficios básicos y otros refuerzan sus casas manualmente para prevenir los días de invierno. Los deslizamientos son constantes y sepultan casas. Contra la montaña no hay balas que valgan.
* Diego Alarcón Rozo
dalarcon@elespectador.com.