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La pastora de su victimario

Pastora Mira garcía perdió en la violencia a su padre, su primer esposo y a dos hijos. Por las vueltas de la vida, terminó dando abrigo y primeros auxilios al victimario de uno de sus familiares. Una historia de verdadera reconciliación

Alfredo Molano Jimeno
25 de septiembre de 2014 – 05:33 p. m.
Pastora Mira García, concejal de San Carlos,  Antioquia.
Pastora Mira García, concejal de San Carlos, Antioquia.

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Pastora Mira García es una antioqueña de 58 años que puede decir que conoce como pocos el dolor de la guerra y el elíxir curador del perdón. Su historia es digna de un relato del realismo mágico. Le han asesinado a su padre, al primer esposo y a dos hijos, pero ella se declara en paz, sin odios y sin rencores. Y la vida la puso de frente a uno de sus victimarios y le ofreció comida, abrigo y el perdón.

Nació en San Carlos, Antioquia, a mediados de los cincuenta. Cuando tenía seis años su padre, un dirigente liberal, fue asesinado por los conservadores en la violencia bipartidista. Pero esta no iba a ser la única muerte que le esperaría en su vida. Con su primera hija de dos meses vendría un nuevo dolor: a su esposo lo mataron por asuntos políticos.

Y como si esto no fuera suficiente, vinieron nuevos sufrimientos. Rehízo su vida con su actual esposo y tuvo cuatro hijos. Trabajó como auxiliar de la Registraduría y luego en la inspección de Policía. En los años 90, San Carlos era terreno de disputa entre la guerrilla y los paramilitares. Pastora se retiró de la inspección de Policía y puso un negocio.

En 1998 los paramilitares consiguieron dominar la zona. Los bloques Cacique Nutibara y Héroes de Granada, bajo el mando de alias don Berna, controlaron todo el municipio y vinieron las extorsiones. Pastora se desplazó a Medellín con dos hijos y los otros quedaron al cuidado de su madre. Vinieron dos docenas de masacres en San Carlos.

Vivieron dos años en Medellín y regresaron San Carlos, donde la violencia era la regla y muchos pobladores se habían desplazado. Pastora empezó a trabajar con las mujeres y en 2001 los paramilitares secuestraron y desaparecieron a una de sus hijas. A Sandra Paola, la tercera en nacer y la primera en morir. Muchos años después encontraría su cuerpo y recuperaría algo de la paz.

Y la historia de esta mujer no para aquí. En el dolor de perder otro ser querido, este salido de sus entrañas y de su amor, decidió trabajar por la población víctima del conflicto. Iba con los bomberos a recoger los cadáveres para darles cristiana sepultura. En 2003 se lanzó al concejo municipal, perdió pero luego, por el desplazamiento de la titular de la curul, ocupó su asiento.

Un año después, en 2005, la vida la puso ante la más dura prueba que un ser humano pueda vivir. En abril su hijo Jorge Aníbal fue retenido por los paramilitares. Cuenta Pastora que lo llevaron a la montaña y lo torturaron hasta matarlo. Con el dolor al rojo vivió lo enterró el 18 de abril.

“Tres días después iba saliendo del templo en la mañana y me encuentro en la calle a un muchacho que estaba herido, llorando y diciendo que tenía hambre. Sin pensarlo dos veces le brindo mi apoyo, lo recojo, lo llevo a la casa y lo curo”, narra doña Pastora.

Y continúa: “Cuando se recupera y abre los ojos, ve en la pared una fotografía de mi hijo y dice: ‘qué hacen las fotos de ese man aquí, si lo matamos anteayer’, y yo le respondí: ‘esta es su cama, esta es su alcoba y yo soy su mamá’. El muchacho, que vestía ropa de mi hijo que yo le había prestado, entró en conmoción, empezó a contarme las cosas tan horribles que le habían hecho. Yo quería que me tragara la tierra, no quería oír lo que me decía”

Y agrega: “El joven habló mucho, lloró desaforadamente y yo le entregué un teléfono y le dije: en algún lugar del mundo debe haber una mamá que llora por usted, no le diga qué estaba haciendo, pero dígale que esta vivo. Habló por teléfono y salió corriendo. Le di un dinero para que buscara comida y comprara los medicamentos. En agosto del mismo año se da la desmovilización, el joven se queda en el pueblo como desmovilizado. Lo vi muchas veces y lo saludaba. Pero en diciembre del mismo año fue asesinado”.

Pastora finaliza su relato con una reflexión sobre el perdón. Cuenta que cuando supo que habían asesinado al verdugo de su hijo, sintió dolor. “Porque lo que pedimos las víctimas es que no siga imperando la ley del talión, ‘el ojo por ojo y diente por diente’, porque vamos a seguir siendo el país de los muecos y de los ciegos. He sido capaz de perdonar, porque el primer afectado al alimentar el odio y la venganza —que es normal sentirlos— es uno. Hay que hacer un trabajo sobre el perdón sanador, porque el más favorecido cuando perdona es el ofendido”, concluye.

 

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