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Las huertas dentro de la ciudad

La agricultura urbana es hoy una importante alternativa para paliar problemas tan graves como el desempleo, la migración del campo e incluso el cambio climático.

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“El cambio climático es impredecible. Si las ciudades no nos preocupamos por ser autosuficientes, vamos a tener muchos problemas”. Esto es lo primero que responde Cristina Gamboa, directora ejecutiva del Consejo Colombiano de Construcción Sostenible, cuando se le pregunta por la razón de apostar a la agricultura urbana. Dice, en pocas palabras, que esta práctica busca “devolver un poco del verde que le quitamos a nuestro paisaje. Un verde que sea productivo y genere oportunidades de inclusión”.

Esa ha sido la bandera de instituciones como el Jardín Botánico en Bogotá, que lleva años capacitando a ciudadanos que ven en la agricultura urbana una oportunidad de trabajo, de sustento y de vida. De ésta se han beneficiado mujeres cabeza de familia, adultos mayores y población vulnerable que hoy, con plena conciencia, hablan de las bondades de traer el campo a la ciudad. La localidad de San Cristóbal en Bogotá, es sólo un ejemplo del enorme beneficio que ha traído este programa.

No es coincidencia que hoy más que siempre se esté hablando de agricultura urbana y seguridad alimentaria. Ya la ONU lo viene advirtiendo hace unos años: para 2030 más del 60% de la población mundial vivirá en las ciudades (casi el doble de la cantidad actual). Al mismo tiempo los centros urbanos cada vez les niegan más a los migrantes la oportunidad de encontrar trabajo, vivienda y educación dignas. La agricultura urbana es literalmente una alternativa para sobrevivir, y Colombia ya lo está entendiendo.

San Cristóbal, localidad agroproductiva

A sus 79 Doña Carmen Cubillos se dedica, de tiempo completo, a una huerta construida en el solar de su casona en la localidad de San Cristóbal. Es su fuente de alimentación y también una entrada económica. La misma historia la pueden contar otras decenas de mujeres y adultos mayores de esa localidad, que están organizados en una mesa local de agricultura desde hace seis años para impulsar proyectos, capacitaciones y ayudas.

Cuentan con huertas colectivas en terrenos aportados por la alcaldía local o gestionados por ellos mismos. En muchos casos, la mitad de lo que se produce en ellos es aportado a los comedores comunitarios. Tienen proyectos propios en sus casas que también han nacido de un trabajo en comunidad. Quienes tienen más experiencia están capacitando a las nuevas generaciones. Son una red sólida. Un ejemplo.

“Reconectarse con la naturaleza”

La respuesta más popular de los niños del jardín infantil Cinco Sentidos Mágicos cuando les preguntan de dónde viene la lechuga es: “de la nevera”. Los planes de la directora de la institución, Julitza Espitia, es que empiece a cambiar esa percepción cuando los pequeños tengan su propia huerta y sean responsables de producir el compostaje, sembrar la semilla y estar al tanto del crecimiento y la cosecha de la lechuga y de otros productos.

La diseñadora de ese espacio en el norte de Bogotá —que la directora Espitia llama “opción pedagógica para aprender sobre hábitos y el cuidado por el otro— es la estadounidense Maya Donelson de 27 años, diseñadora ambiental, experta en agricultura urbana.

Ella está cumpliendo cinco años dedicada a este tipo de proyectos, que en su país son hoy muy populares por una razón que ella explica así: “A las personas de mi generación nos dio por volver a la tierra. A nuestra esencia. A demostrar que sí es posible la autoeficiencia”.

El proyecto, que está a punto de ser una realidad en el jardín infantil, tiene una connotación especial, dice Cristina Gamboa, del Consejo Colombiano de Construcción: “en la medida en que nos volvimos tan urbanos, los niños empezaron a tener una disociación con la naturaleza muy grande. Es fundamental reconectarlos con ella, enseñarles que el tomate que están consumiendo no aparece en su mesa así como así, sino que viene de un ecosistema que necesita un balance”.

 

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