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Las lecciones de Montreal

El acuerdo global para eliminar los gases que destruyen la capa de ozono es el mejor ejemplo de que sí es posible poner de acuerdo a 196 naciones.

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El próximo martes comienza una nueva ronda de negociaciones en Cancún, México, en un intento por redefinir un acuerdo global de lucha contra el cambio climático. Esta vez el pesimismo está a flor de piel. En medio de una crisis económica mundial y con posiciones poco amistosas, como las de chinos y norteamericanos, cada uno preocupado por evitar que su economía basada en combustibles fósiles se estanque, resulta poco plausible que 196 países pacten unas reglas de juego para bajar la temperatura del planeta.

¿Cómo lograrlo entonces? Algunos expertos comienzan a poner los ojos en el Protocolo de Montreal, un convenio ambiental multilateral cuyo propósito central es proteger la capa de ozono y que fue firmado por el 100% de los países del sistema de las Naciones Unidas. Ningún tratado internacional ha resultado tan exitoso.

Entre 1986 y 2008 el consumo global de los cloroflurocarbonos, principal gas destructor de la capa de ozono, se redujo el 98%. Un verdadero milagro de cooperación internacional. Al evitar la destrucción de esta tenue capa de la atmósfera que nos protege de la luz ultravioleta B, se calcula que el protocolo ha logrado impedir nueve millones de casos de cáncer no melanoma, 1,5 millones de casos de cáncer de melanoma, 130 millones de casos de cataratas en los ojos.

¿Dónde radicó el éxito? Una de las características esenciales fue la creación del Fondo Multilateral, cuyo objetivo era ayudar a la eliminación de las  Sustancias Agotadoras de Ozono (SAO). A la fecha, se han aprobado proyectos por US$2.471 millones. Los recursos son colocados por los países desarrollados de acuerdo con unas tablas y los países en vías de desarrollo aplican a estos recursos con presentación de proyectos específicos.

Otro elemento esencial ha sido una base científica sólida. Esto ha garantizado que las decisiones políticas se basen en información científica de alta calidad y confianza. También ha resultado vital la aplicación estricta del principio de “responsabilidades comunes, pero diferenciadas”, que ha permitido que los países con mayores desafíos económicos puedan cumplir con sus obligaciones con mayor flexibilidad  que los países desarrollados.

Pero la implementación del Protocolo de Montreal ha significado para al planeta no sólo la reducción de las SAO, sino la reducción equivalente a 135 gigatones de CO2 durante el periodo 1990-2010, lo cual significa una reducción promedio de 11 gigatones por año, que equivale a cuatro veces las reducciones planteadas para el primer periodo de compromiso del Protocolo de Kioto.

El problema es que las lecciones de negociación aprendidas en Montreal no han podido ser utilizadas en Kioto. La razón principal es que el mecanismo de financiación de Kioto está fuertemente atravesado por las leyes del mercado y por consiguiente, por los intereses particulares de las grandes potencias económicas y su lucha por conquistar los mercados.

Hoy el Protocolo de Kioto se encuentra en una situación de crisis derivada de la falta de voluntad de los principales emisores (EE.UU. y China). El científico James Lovelock lo había advertido: “El acuerdo de Kioto es extrañamente semejante al de Múnich, con los políticos manifestándose para mostrar que realmente están actuando, pero la verdad sólo están perdiendo tiempo. Somos animales tribales, y la tribu no actúa al unísono hasta que un peligro real y presente sea percibido. Eso aún no aconteció y, como individuos, seguimos nuestros caminos separados, al paso que las inevitables fuerzas de gaia toman posición contra nosotros”.

 * Coordinador Nacional de la Unidad Técnica de Ozono en el Ministerio de Medio Ambiente

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