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“Quien afirme que tener un hijo no arruinará por completo y de forma irrevocable tu vida, está mintiendo. Todo cambia. Destroza tu relación de pareja. Mata tu imagen. Arrasa tu productividad. Y te vuelves estúpida. Con la mente obtusa, nublada. El embarazo y la lactancia atontan. Es un hecho probado científicamente”.
Eso alegaba Julie Applebaum, protagonista de la novela Nursery crimes (Crímenes en el jardín de infancia), escrita en 2001 por una abogada norteamericana. El problema es que muy pocos neurocientíficos están tan convencidos de esto como la desesperada protagonista. Todo lo contrario. En los últimos años, una gran cantidad de experimentos han demostrado que mientras la barriga crece, en el cerebro también está en marcha un sorprendente proceso de reingeniería. Mientras unas neuronas se dividen y multiplican, otras estiran sus brazos, conocidos como dendritas, para aumentar su capacidad. El objetivo no es otro que prepararse para una de las tareas más difíciles de la vida: hacerse cargo de un bebé.
“Me reí cuando leí este fragmento de la novela”, responde en una entrevista para El Espectador Autumn Marie Klein, especialista en neurofisiología del Brigham and Women’s Hospital y la Universidad de Harvard. Dice que esta sensación de sentirse estúpidas posiblemente esté relacionada con la deprivación de sueño más que con el embarazo en sí. Algunos estudios muestran que el flujo sanguíneo hacia el sistema nervioso central se reduce en un 50% en la última etapa.
“Estoy completamente de acuerdo en que tener un hijo cambia todo”, aclara la doctora Klein, madre de tres hijos. “Mi obstetra decía que si una mujer estuviera 100% segura de querer tener un hijo, entonces nadie tendría nunca uno. También me recordaba que era una de las cosas más maravillosas del mundo entero”.
Para Klein, una de las pruebas más evidentes de la compleja transformación que sufre el cerebro son los frecuentes dolores de cabeza. El baño de hormonas al que son sometidas las neuronas produce en muchas ocasiones dolores que por fortuna desaparecen después del primer trimestre.
También están los antojos, que según algunos expertos pueden ser la manera de garantizar al feto algunos de los nutrientes que necesita. Los cambios repentinos de humor y la sensibilidad emocional son otros rasgos frecuentes entre las embarazadas.
Unos meses atrás Rebecca Pearson, de la Unidad Académica de Psiquiatría en la Universidad de Bristol, en el Reino Unido, publicó los resultados de un estudio en el que demostró como en las mujeres embarazadas surge una curiosa habilidad: mayor sensibilidad para reconocer expresiones faciales. Pearson le pidió a un centenar de mujeres durante los primeros meses de gestación identificar emociones en los rostros de personas fotografiadas. Meses más tarde, antes de dar a luz, repitió el ejercicio con las mismas mujeres. El resultado fue interesante: aquellas en etapas más avanzadas decodificaban mejor expresiones de amenaza como miedo, rabia o disgusto.
La doctora Pearson encuentra un espacio en su apretada agenda para responder algunas preguntas: “Creo que debido a la importancia de la respuesta maternal es posible que los cambios ocurran para optimizar la habilidad de la madre a la hora de cuidar y proteger a los recién nacidos. Una respuesta más precisa a las expresiones de rabia o disgusto que son señales de amenaza y daño, sería adaptativa para proteger a la cría. Además, la sensibilidad a las emociones le ayuda a la madre a responder al lenguaje no verbal de su hijo”.
¿Qué es exactamente lo que cambia en el cerebro materno? La investigadora británica aclara que es la parte más difícil de descifrar, porque sólo se puede hacer de manera indirecta en modelos animales. Recientemente, utilizando técnicas de neuroimagen, como la Resonancia Magnética Funcional, se ha logrado detectar algunos cambios directamente en el cerebro de las madres.
Una de las zonas de remodelación es el área preóptica medial, ubicada en la base del cerebro. El aumento en el tamaño de las neuronas localizadas en este punto demuestra que trabajan a toda marcha sintetizando proteínas. Dos científicos del Boston College (Estados Unidos), demostraron que es posible bloquear todo el desarrollo del comportamiento “maternal” provocando una lesión en esta área. También se sabe que en el hipocampo, relacionado con el control del aprendizaje y la memoria espacial, los brazos entre una neurona y otra se multiplican.
La memoria espacial es una cualidad particularmente importante. Puede ser que hoy no reconozcamos su importancia, pero por centenares de años para las madres fue crucial moverse por territorios desconocidos en busca de alimento para la cría. De hecho, Naomi Hester, Natalie Karp y Angela Orthmeyer, del Laboratorio Craig Kinsley, en la Universidad de Richmond, demostraron en un experimento con ratas que las vírgenes tardaban en promedio 50 segundos más en hallar un pedazo de alimento en un laberinto que las ratas en etapa de lactancia.
La pregunta ineludible es si todos estos cambios se traducen en una mayor inteligencia. Katherine Ellison, autora del best-seller La inteligencia maternal, resumió en cinco las nuevas habilidades: son más perceptivas, más eficientes para las tareas múltiples, mejores para combatir el estrés, tienen una motivación más alta y su inteligencia emocional es mayor.
Paola Flórez, psiquiatra colombiana, no duda que el embarazo ofrezca todas estas ventajas a las madres, pero también advierte algunos riesgos: “Después del nacimiento de bebé hay una caída de otras hormonas y es común experimentar depresión y llorar sin motivo”. Lo más común en este grupo de mujeres es el desarrollo de trastornos depresivos mayores y trastornos adaptativos caracterizados por síntomas como ánimo ansioso. En el caso de aquellas con enfermedades mentales previas, se pueden presentar crisis.