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Los sabores de la selva

La marca de ginebra Hendrick’s realizó una expedición en selvas venezolanas buscando sabores atractivos para su producto. El elemento escogido fue la cola de escorpión.

 David Piper, embajador global de Hendrick’s, y Lesley Grace, destiladora master de la marca, en las selvas venezolanas. / Cortesía – Hendrick’s
David Piper, embajador global de Hendrick’s, y Lesley Grace, destiladora master de la marca, en las selvas venezolanas. / Cortesía – Hendrick’s

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Hubo muchos momentos de la expedición que me dejaron sin palabras. Recuerdo, por ejemplo, cuando nos llevaron a conocer una tribu aledaña que hasta hace tan sólo 30 años tuvo contacto con otras tribus. Hasta hace tres décadas no habían interactuado con nadie más que no fuera de su tribu, bastante tiempo para estar apartados completamente de otras comunidades. Llegamos allá con nuestro traductor y un integrante de la tribu de donde nos estábamos quedando, íbamos con el propósito de seguir explorando el territorio.

Nos recibió el jefe, muy amablemente, pero de un momento a otro el traductor nos dijo: “Lentamente aléjense y súbanse a la canoa, de vuelta por donde venían”.

Asombrados, volteamos a la dirección que nos indicó el traductor, y de reojo alcancé a ver cómo cerca de 30 hombres nos apuntaban con flechas. Resulta que el jefe había pedido dinero y nosotros no teníamos intención de pagarle por conocer su tribu, de hecho no llevábamos ni una sola moneda.

La aventura empezó un año atrás, con los preparativos. Estábamos buscando hacer algo inusual con Hendrick’s, y recibimos la invitación de Charles Brewer-Carías, el explorador especializado en varios terrenos de las Tierras Altas de la Guayana venezolana. Él nos pintó una muy buena oportunidad para indagar. Al llegar a la Sabana de Venezuela, a la tribu, nos dimos cuenta que pudimos habernos preparado por varios años, pero que de igual forma no hubiera sido útil. Nos encontramos con kilómetros de naturaleza, especies, árboles, insectos y con personas que no imaginaba que pudieran existir.

Antes de emprender nuestro camino, investigamos y estudiamos el área, y arreglamos detalles a último minuto, llevábamos un par de copas de Martini, una máquina de hielo y un mini alambique portátil para realizar las pruebas pertinentes. Pero al llegar nos encontramos con elementos que nos hubiese sido imposible encontrar sin haber vivido la experiencia. Cosas que no se pueden investigar sin ir hasta los más maravillosos paisajes en la profundidad de la selva.

Estuvimos 10 días, durmiendo en una especie de casa comunal o sede social de la tribu, donde ellos acostumbran a hacer rituales y a cenar. Lo acoplaron especialmente para nosotros, son muy buenos anfitriones a pesar de no tener contacto con gente externa a su comunidad. Colgaron hamacas, extendieron unas mantas como si fueran tapetes, pero de todos modos convivimos con cualquier cantidad de insectos, que al principio no nos dejaban conciliar el sueño; al tercer día nos acostumbramos a sus zumbidos y a tenerlos merodeando por todas partes.

En la casa comunal de la tribu, me sorprendió la forma como la gente nos recibió, al principio se nos acercaron, y nos examinaron detalladamente, de arriba abajo. Nos levantábamos por el ruido que hacían los niños al jugar, entraban al lugar donde dormíamos buscando nuestra atención a eso de las 7:00 am. A la hora de comer, servían insectos, recién escarbados de la tierra, sobre una masa parecida a algo así como a un pan. No me atreví a probar, era muy exótico para mí. Lo único que me atreví a probar fue la termita, y los gusanos eran babosos y sabían básicamente a tierra. Salíamos con los exploradores y el botanista y caminábamos kilómetros y kilómetros; para atravesar ríos, tomábamos canoas hechas de troncos. Hacíamos paradas en el camino cuando veíamos alguna especie extraña y todos la analizábamos cuidadosamente.

Nos desplazábamos a pie, en canoa, por aire. Probamos más de 100 sabores, entre plantas y frutas. Pasamos días enteros excavando, no llevamos la cuenta de cuántas especies descartamos, sólo estoy seguro que fueron más de 100. De las 100 tomamos 20, nos la llevamos para hacer pruebas con nuestro mini alambique portátil. Al pasar horas destilando y probando, al final tan solo uno nos impactó lo suficiente para realizar un lote completo, la cola de escorpión. Lesley Gracie destiló 8,4 litros de concentrado de ella, que fueron transportados con éxito en su viaje de regreso a Escocia.

Sinceramente, hubo muchos momentos de la expedición que me dejaron sin palabras. Íbamos sobrevolando la selva, y de repente veíamos un altiplano gigante de cientos de kilómetros en donde existía otra selva completamente independiente. Ahí Charles descubrió un “Sink hole” o agujero que era de unos 100 metros de profundidad en donde habías especies vegetales y animales que nunca antes habían sido vistas, y aún son desconocidas al resto del mundo.


Y en ese momento pensé: “Hay miles de cosas que le falta a la humanidad por explorar, en territorios tan recónditos como este, no está todo descubierto”.

Cuando la expedición llegó a su etapa final, me di cuenta de que no me quería devolver, 10 días no son suficientes para explorar tan maravilloso lugar. Era irónico porque el primer y segundo día habían sido muy largos. Después me terminé sumergiendo sin querer salir a la superficie. Me quería quedar.

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