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Medellín: la distancia entre el cemento y el progreso

Las obras que han sido reconocidas internacionalmente no logran ocultar la realidad social de la ciudad.

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Mi larga estadía en Medellín -tres meses- me permitió darme cuenta qué lejos está mi ciudad del progreso del cual se jacta y del que hacen eco sus ciudadanos y los medios de comunicación. Ninguno de ellos entiende la distancia entre el cemento y el progreso. Medellín tiene mucho de lo primero, y una gran carencia de lo segundo.

Hay frentes de trabajo por doquier, no solo grandes obras públicas como el Metroplus, y los proyectos a cargo de la EDU -Empresa de Desarrollo Urbano-, tales como los parques biblioteca, los colegios de calidad EPM, las obras de mejoramiento fisico en el Poblado, el Plan del Centro y el de la Zona Nororiental, las recientes recuperaciones del Pueblito Paisa, el Parque Explora, el Jardín Botánico. Hay una gran renovación urbana en marcha liderada por el sector público, y paralela a ella, fluyen proyectos comerciales, industriales, de vivienda, colegios, nuevas vías y mejoramiento de las existentes, que denotan la pujanza del sector de la construcción. Pero no hay progreso. El progreso tiene poco que ver con el cemento, por agradable que sea éste a la vista.

En economía, y tal como se hace desde finales del siglo XX en la mayoría de los paises del mundo, el progreso se mide teniendo en cuenta que cantidad de gente puede encontrar un trabajo que le permita vivir con dignidad, pagar una vivienda decente, ahorrar para enviar los hijos a la Universidad; cuántas mujeres cabezas de familia tienen el apoyo suficiente para sacar sus hijos adelante; cuántas viviendas tienen los servicios públicos básicos; qué calidad tiene el agua potable; cuántas personas que tienen una idea brillante tienen apoyo para hacerla realidad o para iniciar un negocio nuevo; cuántas personas ascienden en la escala social; cuántos nuevos graduados en bachillerato o universidad tenemos; qué tantas becas o préstamos con bajo interés tienen quienes aspiran a ingresar a la universidad; qué facilidad se tiene para acceder a una educación pública de calidad. Hay progreso cuando el ingreso promedio aumenta; cuando hay igualdad de oportunidades para todos; cuando la calidad de vida mejora; cuando hay acceso a la salud, sin trabas burocráticas y sin perder nuestra dignidad, como sucede con las afiliados al Sisben, tratados como limosneros por las entidades de salud. En resumen, hay progreso cuando la economía honra la dignidad del trabajo honrado.

Esto no pasa en Medellín. La ciudad, mi ciudad, sigue siendo la misma en su esencia, a pesar de las nuevas y accesibles aceras, las amplias calles y los atiorrados parques: una ciudad salvaje, donde impera la ley del más fuerte, donde la vida no se respeta, llena de mendigos que carecen de refugio y hacen de las calles su casa, con carros que se lanzan encima de un peatón aún antes de que cambie el semáforo y sin importar que sea una mujer embarazada, o una persona mayor o con dificultades para correr, o alguien que lleve un niño en un coche o de la mano.

Un ciudad salvaje, con niños “uniformados” por sus patrones y trabajando en los buses con la trillada cantaleta de “Lleve uno en doscientos, tres en quinientos para mayor economía”. Una ciudad donde en la Plaza Botero hay más vendedores de minutos, café o golosinas, que personas disfrutando de las esculturas y de la vista en general. Una ciudad donde tienes que desconfiar hasta del dinero que te entregan los cajeros, y en la cual caminas con el bolso pegado a tu cuerpo, mirando a todas partes, con miedo a sacar una simple cámara de bolsillo. Una ciudad salvaje, donde te sientes agredido por cosas tan simples como tu opinión, por intrascendente que ella sea. Solo por ser diferente.

Lo que vi durante estos tres meses fue retroceso, miseria, desempleo, decadencia social y familiar, falta de valores claros, de civismo. Vi el irrespeto aún por las obras bandera que marcan el avance físico de la ciudad.

La destrucción de los nuevos andenes. El daño a las bancas y estaciones de descanso que con tanto esfuerzo se levantan por doquier. La contaminación ambiental por ruido y “material particulado”, como se le dice los residuos tóxicos que dejan los buses viejos y nuevos, para quienes la regulación sobre emisiones de gases permitidas no existe. La material fecal de quienes viven en la calle y los letreros pidiendo que no lo haga. Ví la ansiedad en la cara de los niños al disputarse un espacio libre en los chorritos del Parque de los Deseos o de los Pies Descalzos. La desigualdad entre unos sectores y otros.

Tiene razón la Personería de Medellín al señalar, en su informe anual sobre el estado de los Derechos Humanos en Medellín, publicado este viernes 4 de febrero 2011 en su página web, que “La desigualdad material entre las comunas más pobres y más ricas persiste”. Hablan también de la existencia de dos ciudades, “una de condiciones muy bajas y otra muy distinta donde las condiciones de vida son muy elevadas”. El 10.2% de habitantes de Medellín viven en condiciones de indigencia, es decir, tienen ingresos mensuales inferiores a $128.689, y el 38.4% en condiciones de pobreza, con $315.786, segun informe de la Misión para el Empalme de las series de Empleo, Pobreza y Desigualdad. Equivale al 48% de la población.

La realidad de que Medellín es una ciudad dividida por una marcada desigualdad económica, se demuestra además con los datos poblacionales: 1.837.656 personas, el 79% de la población, viven en los estratos socioeconómicos 1, 2 y 3, mientras que tan solo el 21%, 479.680 personas habitan los estratos 4, 5 y 6.

No hay que buscar los muertos río arriba. Hay que mirar esta realidad para entender de una vez y para siempre que en semejantes condiciones solo prospera la violencia que nos corroe y que para alcanzar el progreso, tenemos que cambiar estos índices. Cambiar de rumbo antes de que sea demasiado tarde, aprender a manejar el conflicto entre los miedos, las esperanzas y las aspiraciones entre los antioqueños y los colombianos, podría significar la diferencia entre la guerra y la paz. Y nos permitiría progresar. El solo cemento no soluciona nada.

Por Elsa Tobón

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