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La noche del jueves 1º de julio de 2004, Luis Fernando Montoya Soto vivió su momento de mayor gloria deportiva. Ese día, en el estadio Palogrande de Manizales, se consagró campeón de la Copa Libertadores de América con su Once Caldas del alma, al dejar en el camino nada más ni nada menos que al encopetado Boca Juniors de Argentina.
Un Luis Fernando muy sonriente, elegante, de corbata y saco negro, junto a su esposa Adriana Herrera y su pequeño hijo, José Fernando, recorrió todo el estadio celebrando su gran hazaña.
Los siguientes 174 días fueron de reconocimientos, de gloria. El Profe fue exaltado en Miami, por Fox Sports, como el técnico de América y El Espectador, en su ceremonia del Deportista del Año, lo premió como el mejor de 2004.
Dos días antes de celebrar la Navidad de ese año, el 22 de diciembre, sobre el mediodía, en Caldas, Antioquia, sufrió un atentado, recibió dos disparos que lo hirieron gravemente en la médula espinal y quedó con una cuadriplejía irreversible.
En la cúspide de su carrera, la pirámide de naipes se derrumbó. O eso fue lo que los colombianos pensamos. Sus planes cambiaron, y los de su familia también, claro. El destino, igual. Pero su vida, nunca. Porque el querido Profe Montoya, tras una larga batalla de cirugías, aceptaciones, dolores y sinsabores, fue capaz de convertir su tragedia en un ejemplo para todos.
“Fue difícil hacer el proceso de duelo, de aceptar la nueva condición de mi vida, porque fue en el punto alto de mi carrera profesional. A raíz de mi incidente, ese 22 de diciembre, del que quedé cuadrapléjico, los ideales en ese momento se cayeron, como ir a dirigir al exterior, donde tenía varias ofertas. Otro aspecto difícil fue ver cómo a toda mi familia, mi hijo, esposa y amigos les tocó comprender mi situación y acompañarme en el proceso de recuperación”, cuenta Luis Fernando, en su casa en el municipio de Caldas.
Además del incondicional apoyo de su esposa, Montoya ha sido capaz de asimilar este infortunio, según él, gracias al amor del pueblo colombiano: “El haber tenido una vida personal tranquila, humilde, hogareña, trabajadora, honesta, antes, durante y después de ser campeón de América, creo que les ha servido a los colombianos para brindarme apoyo y amor. Me han hecho sentir, a donde voy, una persona querida, respetada, y a la vez me ayudan a continuar luchando para salir adelante”.
Y prosigue su reflexión: “Lo que a mí me sucedió también le cambió el estilo de vida a mi esposa Adriana: le tocó dejar su vida laboral activa, asumir no solamente su rol como madre sino también el de padre. Estar pendiente de mi aspecto personal, de mi cuidado, de ayudar al crecimiento de José Fernando, nuestro hijo, que estaba muy pequeño y hoy en día es un preadolescente. Es mi motor para seguir viviendo, recuperándome y luchando con el ideal de abrazarlo algún día y jugar fútbol con él”.
Pero además de ser capaz de vivir sin odios en su alma, el Profe se reinventó, y si bien el destino lo arrebató de la dirección técnica, él hizo su mejor gambeta para no alejarse de su gran pasión: el fútbol. Además de ser columnista, Montoya ha sido asesor deportivo del Once Caldas y Millonarios: es instructor del Sena en tecnología y dirección técnica de fútbol y lidera el programa Deportes y Convivencia en el Inder de Antioquia. Es también conferencista en la Personería de Bogotá y en Comfenalco Antioquia.
“El Espectador desde 2005 me tiene en su nómina de columnista, haciéndome sentir útil. Con ello siento que mis funciones intelectuales están activas y recibo pago por mi trabajo, porque aún sigo manteniendo materialmente a mi familia. Estar trabajando me ha permitido aportar mental e intelectualmente al fútbol colombiano e internacional. Es un ideal y reto personal que me he propuesto alcanzar. Estos retos son para hombres llenos de vida, de deseos de triunfar y de aprovechar las oportunidades que se presenten. He sido capaz de trabajar en equipo como una de las herramientas para salir adelante. Los invito a todos a poner en práctica esta forma de trabajar”, así termina Montoya, así, demostrando una vez más por qué es nuestro campeón de la vida.