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Mis padres no podían tener hijos. Tal vez por esa razón se convirtieron en devotos de la Virgen de La Candelaria. En febrero de 1990, como todos los años, visitaron el Santuario de la Popa pidiéndole a la Virgen que les hiciera el milagro. Cinco meses más tarde mi mamá recibía una prueba de embarazo positiva.
La ecografía mostró que se trataba de un embarazo de gemelos no idénticos. Sin embargo, después de nuestro nacimiento, el médico nunca se explicó por qué nos enfermábamos al tiempo si eso sólo ocurría con las gemelas idénticas. Laura y yo nacimos el 14 de marzo de 1991. Desde entonces mi mamá se ha convertido en la salvadora de situaciones catastróficas que terminaban por revelar la extrañeza con la que la gente asume un parto gemelar.
En la calle nos veían con rareza y asombro. Los secreteos de unos a otros se sentían al vernos pasar, desde que mis padres nos sacaban a pasear en el coche doble, hasta hoy. Desde pequeñas ella nos enseñó a lidiar con las preguntas recurrentes: ¿son hermanas?, ¿el novio no las confunde?, ¿cómo las diferencian?, ¿cuándo cumples?, y, ¿la otra cuando cumple?
Los médicos, por el contrario, en vez de asombrarse se compadecían de mis padres. Las múltiples citas al pediatra y al odontólogo registraban sumas asombrosas. Mi mamá fue la artífice de nuestra independencia. Nos vistió diferentes desde siempre y me ayudó a entender a los cinco años por qué era casi idéntica, físicamente, a mi hermana. Sucedió durante nuestro primer año escolar. Nuestras compañeras y profesores siempre me llamaban Laura y otros días Pilar. Las dos estábamos aburridas de corregir constantemente la confusión de los demás, así que en compañía de mi papá ella decidió mandarnos a hacer placas metálicas con los nombres de cada una.
Había días en los que nos aburríamos de ellas. Así que nos las quitábamos o intercambiábamos; esa fue la razón por la que al pasar a segundo grado de primaria nos asignaron salones diferentes. En palabras de la profesora, “fomentábamos la indisciplina”. A partir de ese año recorrimos todo el colegio en distintos salones. Cada una hizo sus amigos por separado y el día de nuestro cumpleaños mi mamá llegaba cargada con dos pudines para repartir a la multitud.
En ocasiones cuando nos tocó vestirnos iguales como en los Scouts, era casi imposible que los demás nos diferenciaran. Hay algunas anécdotas que jamás podré olvidar, como nuestro primer campamento. Teníamos cinco años y estábamos haciendo la fila para reclamar el almuerzo. Tuve que salirme un momento para ir al baño y al regresar el hombre que estaba sirviendo me dijo furioso que “no se podía repetir”. Intenté explicarle que era gemela y me dijo: “Qué imaginación tienes, pequeña”. La salvadora una vez más fue mi mamá, que tomó de la mano a Laura y la llevó hasta donde estaba.
Ser gemela tiene sus ventajas y fue una de las lecciones maternas: dos son más fuertes que uno, si se meten con una, las dos responden.
Como un milagro de la Virgen de La Candelaria nacimos Laura y yo. Todos los años en febrero subimos el Cerro de la Popa, en Cartagena, como forma de agradecimiento a una Virgen que además de darnos la vida, nos brindó una mamá por partida doble. No creo que sea sobrehumano ser gemelo, creo más bien que el milagro es ella, que en su barriga formó dos seres y les enseñó a enfrentar un mundo que mira con extrañeza lo que es natural.