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Renacer de los escombros

Cinco años tenía José Leep cuando perdió sus piernas tras quedar atrapado en un derrumbe de tierra que además le quitó a toda su familia. Hoy, es uno de los mejores jugadores de baloncesto en silla de ruedas del país.

25 de septiembre de 2014 – 05:32 p. m.
José Leep (izq.) es el armador de la Selección Colombia de baloncesto en silla de ruedas. / Agencia Inspire
José Leep (izq.) es el armador de la Selección Colombia de baloncesto en silla de ruedas. / Agencia Inspire

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La noche que cambió para siempre el destino de José Leep es imposible de olvidar. Solo tenía cinco años y hay muchas cosas en su vida que no recuerda con claridad, pero cuando habla de lo que ocurrió con su pequeña casa ubicada en el sector rural de Ocaña, Norte de Santander, no tiene ninguna duda.

Cuenta que sintió como si el cielo se estuviera cayendo a pedazos. Estaba más oscuro de lo habitual, el sonido de la lluvia era ensordecedor y en cuestión de segundos todo, literalmente, se derrumbó. “Ese día lo recuerdo bien, hubo un deslizamiento de tierra que me dejó muy mal, por no decir otra cosa. Mi mamá, mi papá, cuatro hermanas y dos hermanos fallecieron en el instante. De un momento a otro mi vida cambió para siempre”, dice José 31 años después de aquella tragedia que acabó con la familia Buitrago Sanguino.

La siguiente escena que se reproduce en la memoria y en el corazón de José sobre ese momento se dio en el hospital al que fue trasladado por varios vecinos luego del alud que le arrebató todo lo que tenía. Allí, en medio de la confusión y el dolor de un pequeño que ha quedado desamparado, un doctor decidió amputarle sus dos piernas para salvarle la vida.

Duró años recuperándose. Tiempo después Bienestar Familiar se encargó de su caso, pero tuvo que pasar por varios albergues mientras una familia decidía adoptarlo. En todo ese proceso, del cual no tiene muchos recuerdos, pasaron cerca de cuatro años, hasta que un día una pareja de estadounidenses llegó al país y se enamoró por completo de él.

“Tenía como 10 años cuando viajamos a Estados Unidos y ahí todo empezó a normalizarse. Las cosas pasaron muy rápido, recuerdo que empecé a tomar clases de inglés y que iba a la escuela como cualquier niño. Me vincularon al deporte desde pequeño y gracias a ellos fui capaz de salir adelante”, recuerda José Leep, quien lleva el apellido de la familia norteamericana que lo acogió y le permitió hacer parte de ella.

A pesar de su limitación física José creció en un hogar lleno de amor y apoyo. Cuando estaba en la universidad, estudiando y practicando su deporte favorito, conoció la posibilidad de jugar en España con un equipo profesional y decidió viajar para alcanzar su sueño.

Estuvo tres temporadas en Toledo y sus destacadas actuaciones hicieron que los principales equipos del país ibérico se interesaran en él. Ahora es pieza clave del Bidaideak de Bilbao y es reconocido a nivel mundial como uno de los mejores deportistas en silla de ruedas de Colombia.

“Cuando empecé a practicar deporte lo hice para llegar a la cima y aquí estoy, representando a mi país en lo más alto. Me siento orgulloso de eso y ahora entiendo que mi discapacidad no fue un problema sino una nueva oportunidad”, afirma el armador de la selección Colombia de este deporte, que alcanzó medalla de plata en los Juegos Parapanamericanos de Guadalajara en 2011 y que disputó el Mundial de la disciplina en Corea el pasado mes de julio.

“José es un ser humano maravilloso. Como persona nos da lecciones cada día y como jugador es excepcional. Colombia debe sentirse orgullosa de alguien que nos representa tan bien siempre. Él es admirable”, asegura José Tapias, uno de sus primeros entrenadores en el equipo nacional.

Hace poco José Leep recibió en España su residencia. Viaja cada verano a Estados Unidos para visitar a su familia y aunque no tiene claro qué hará cuando deje de jugar baloncesto, sabe que es capaz de lograr cualquier cosa que se proponga.

“Nunca voy a olvidar lo que ocurrió en mi infancia porque es algo que hace parte de mí, pero con el tiempo logré superarlo y entender que debía seguir luchando por hacer realidad mis sueños. Gracias a este deporte los he cumplido y he viajado por el mundo. Fui capaz de asimilar lo que pasó y decidí continuar. Ahora entiendo que valió la pena hacerlo”.

 

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