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Renació de las cenizas

Wílder Medina, delantero de Independiente Santa Fe, fue capaz de apartarse del mundo de las drogas. Se sometió a un riguroso proceso de desintoxicación y hoy en día triunfa en el fútbol colombiano.

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Sus lágrimas se escurren al recordar su pasado. “Uno cree que se pasa bueno, pero se sufre mucho. A veces recuerdo esos momentos en los que más mal estuve, en donde pensaba que no tenía salvación y que me iba a quedar en ese estado siempre. Estaba acabando con mi vida y la de mi familia”, le asegura Wílder Medina a El Espectador. En Ibagué su cara era confundida con la de cualquier mendigo de la calle. Su rostro no se parecía en nada al de aquel goleador del Deportes Tolima y el respeto hacia él cada vez era menor. La adicción a las drogas y al alcohol lo llevó a tocar fondo, al punto de quedarse solo y olvidado, sin equipo en dónde jugar y sin una familia con la qué compartir. Muchos habían sido los intentos de dejar sus vicios y reintegrarse a la vida normal, pero siempre había excusas suficientes para volver a caer.

En su peor momento el gerente deportivo de Independiente Santa Fe, Agustín Julio, lo llamó y le ofreció ayuda. Le dijo que él era un gran futbolista y, sobre todo, un buen ser humano, así que merecía una oportunidad para volver a vivir. Le dijo que hablara con el presidente de Santa Fe, César Pastrana, y que le pidiera ayuda. El dirigente cardenal se apiadó de él y le tendió su mano: le ofreció que fuera a Bogotá a entrenar con Santa Fe y se sometiera a un riguroso proceso de desintoxicación y rehabilitación.

Estaba 10 kilogramos por debajo de su peso ideal, le costaba concentrarse, siempre mostraba síntomas de sueño y aunque sus órganos no habían sufrido daños, actuaba como una persona enajenada y abstraída, pero nunca alucinada como para recurrir al psiquiatra. Por eso, el 2 de octubre de 2012, empezó su batalla contra la adicción a las drogas en una finca en Subachoque, Cundinamarca, lejos del caos y de las opiniones mediáticas que ponían en tela de juicio su llegada a Santa Fe. Las dos personas que se recuperaban de la misma adicción en esa casa de madera lo vieron a su llegada y lo reconocieron en seguida: era Wílder Medina, que cargaba tantas maletas como para un largo viaje de dos meses.

Durante dos meses ellos se convirtieron en sus cómplices y casi familiares. También las cinco personas que lo acompañaron durante el proceso: la cocinera —que también aseaba su cuarto—, un médico, una psicóloga de familia, el jardinero del sitio y el especialista y director terapéutico del programa Avanza, Carlos Cruz. No había llegado a un centro de reclusión, no. El cuarto de Wílder bien podría ser alquilado algún día para un turista que visite esas tierras: baño propio, televisión, privacidad y paz interior. En la tranquilidad de esa finca el antioqueño no andaba con una bata de enfermo, pues no es la esencia del programa. Él prefería vestir de pantaloneta, o de jean, cuando el frío aumentaba. La rutina diaria, aunque rigurosa, hizo especiales los dos meses de recuperación. Se despertaba a realizar el entrenamiento que el entonces preparador físico de Santa Fe, Gustavo Bustos, le había diseñado especialmente. Para eso le entregaba los ejercicios pertinentes y un pulsímetro para entregar cada ocho días resultados. El resto del día, hasta las 10 de la noche, se dedicaba a terapias bajo el modelo Minnesota, que abarca temas físicos, psicológicos y sociales, así como un porcentaje de sesiones espirituales. En la noche fría de Subachoque realizaba la última de diez terapias diarias: una retroalimentación de la jornada que consignaba en un fólder o que realizaba con una psicoterapia conversada. Durante un mes permaneció encerrado y luego, cada ocho días y en compañía omnipresente de Carlos Cruz, pudo visitar a su familia en Bogotá, a su esposa y dos hijas. Para ir a la capital los recogía en la finca algún entrenador de Santa Fe o el propio César Pastrana.

Cada día se hacía más ameno. El mismo Wílder Medina se encargó de eso con su humor natural: contaba chistes, imitaba gente y bailaba con la cocinera. La despedida, el 2 de diciembre, no fue fácil, rodaron algunas lágrimas después de la última psicoterapia y, por último, Wílder sembró dos árboles en el jardín que simbolizan su renacer de las mismísimas cenizas donde lo encontró Santa Fe.

Cuando llegó el momento de volver a jugar lo hizo con la motivación de un canterano. Marcó tantos goles que en sólo seis meses se volvió ídolo de la hinchada de Independiente Santa Fe. Tal vez su gol más importante desde el regreso fue aquel que le marcó a Gremio de Porto Alegre por los octavos de final de la Copa Libertadores de América. Impresionó tanto, que fue a jugar al fútbol ecuatoriano, en donde no contó con suerte e incluso se llegó a especular que allá había recaído, sin embargo, volvió a Santa Fe, aclaró que sufrió porque no le pagaban y más nunca regresó a su viejo camino. “Ver que ahora puedo ser un ejemplo para mis hijas me hace seguir adelante y fuerte. Ahora puedo mirar a todo el mundo a los ojos, porque soy un hombre nuevo”, asegura el antioqueño que tras ser un testimonio viviente aprovecha su tiempo libre para ayudar a jóvenes que estén pasando por situaciones similares a las que él superó. Creó la Fundación Wílder Medina, en la que ya hay cerca de 120 personas que fueron capaces de cambiar el rumbo de sus vidas.

 

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