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La yunta surca el suelo y hace camino hacia una nueva siembra. Dos mansos bueyes, diestramente conducidos por un esmerado campesino llamado Ángel Rojas, trabajan como un recio motor que impulsa ese tradicional y hermoso sistema de labranza. El proceso es arduo y agotador, e implica infinita paciencia y mucha sabiduría.
Sobre la tierra, muy negra, poco a poco van quedando esas profundas líneas donde las curtidas manos regarán la semilla. Y aunque el suelo luce bien y el terreno pareciera quedar listo, al joven agricultor sólo le preocupa una cosa: el agua. “Es que ahora calienta mucho”, afirma. Todo ocurre en la parte baja de la vertiente occidental de la Sierra Nevada de Güicán y Cocuy.
En los últimos 30 años, el promedio de la temperatura en Colombia ha subido casi medio grado centígrado. Pero acá, en la llamada alta montaña, ese incremento ha sido casi de un grado. De ahí que en estos encumbrados lugares, vestidos de páramo, roca y nieve, sean cada vez más frecuentes las épocas de mucho sol y los días de menos agua.
A diferencia de lo que ocurre en otras regiones del país que también tienen glaciares, aquí, en esta preciosa esquina del nororiente de Boyacá, su nevado, el de Güicán y Cocuy, es la más importante fuente para abastecerse de agua. De hecho, existen cerca de doce veredas cuya vida ocurre, en buena parte, gracias al cristalino líquido que entrega el deshielo.
Se trata, entonces, de algo así como 3.500 personas que subsisten de la papa o de unas cuantas vacas u ovejas. Para ellos, así como para sus cultivos y sus animales, todo y mucho más depende de esas gélidas y silenciosas corrientes que a diario, todo el año, regala la sierra nevada.
Aquí hay 15 bocatomas asentadas sobre las faldas de esa prominente masa glaciar. Cada una de esas estructuras habita entre los 2.700 y los 4.300 metros sobre el nivel del mar, y son el epicentro a la hora de calmar la sed en esta bella provincia campesina.
Pero los tiempos, sin duda, han cambiado. Recorro estos parajes, y es innegable que los ríos y las quebradas ya no bajan con la misma fuerza de hace 20 años. A menos que caigan torrenciales aguaceros —algo no muy frecuente en este lugar—, los caudales ruedan visiblemente disminuidos. La gente en la zona lo sabe, y lo reconoce.
De hecho, en la región existen varios comités que administran los acueductos veredales. De uno de ellos forma parte Severo Puentes, quien habita la vereda El Tabor. Con su ayuda, viajo hasta un punto por el que corre, impecablemente canalizada, parte del agua que viene del glaciar. Severo observa la corriente y afirma: “Nosotros ya sabemos que el nevado va a desaparecer. Y por eso debemos encontrar otras fuentes para captar el agua. Necesitamos —insiste— un plan B”.
Ese “plan B”, según Fabio Muñoz, jefe del Parque Nacional Natural El Cocuy, está aquí mismo, en un lugar que llamamos páramo andino. Para nadie es un secreto el muy estratégico rol que cumple dicho ecosistema al momento de captar, almacenar y entregarnos su agua. Claro: no se puede cumplir con semejante tarea si no se goza de plena salud.
Eso significa que sus frailejones y pajonales, así como senecios y otra infinidad de árboles y arbustos, deben permanecer ahí por siempre y para siempre. Ellos, en conjunto, hacen las veces de una gran red que atrapa la humedad que traen la lluvia y la niebla. A eso hay que agregar la imperante necesidad de proteger sus suelos, sus humedales y todo ese mundo de elementos y seres que los han hecho lugares excepcionales.
Pasa el tiempo, y observo a la distancia la Sierra de Güicán y Cocuy con sus nieves hoy más reducidas que nunca. Un poco más abajo aparecen las despobladas rocas y lajas, muy propias de esas cimas. Y en la base está el páramo andino. No cabe duda: ese ecosistema es la opción inmediata que le queda a esa bella región para seguir teniendo agua. Ese ecosistema —concluyo— es el plan B ante la inminente desaparición de las llamadas nieves “perpetuas”.