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Su poema perfecto

Por ahí, callados o gritones, emborronados o sutiles, definidos, enmarcados o difusos, prepotentes y sabios, los oye y los ve expulsar sus verdades.

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Se escribe para decir algo, dicen. Y él los escucha, y quiere escribir que el pantano es violeta, que los dinosaurios son frágiles, que alguna vez vio a un tigre sonreír, y que más de una vez lo sintió llorar, pero no pudo. No pudo porque la primera palabra en el papel oscurecía su pantano, y luego resultaba que ni siquiera era pantano, sino dinosaurio destructor, o tigre, sí, pero tigre hambriento, animal infinito, ¿eterno humano?

Entonces se le aparecieron un hombre, una mujer, y eso que llaman amor, pero él no quería hablar o escribir del amor eterno rayo luminoso fulminante, del amor te amo y te amaré más allá de las estrellas. Quería, en tal caso, hablar del amor trauma, del amor interés deseo vanidad temor, que lo pide todo a cambio de nada. En fin, del amor de todos los días, del amor humano, ese que siempre muere porque lo descubren o lo entienden seguro, ese que prefiere languidecer antes que matar.

Pasa la hoja, pasa otra hoja y aparece otra hoja más, en blanco. Y de nuevo se aplazan sus frágiles dinosaurios, y de nuevo se aplaza su poema perfecto.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com

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