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Esas eran las palabras de don José Galicia, padre del patrullero de la Policía Juan Fernando Galicia, y aunque durante todo el día su familia le pedía que fuera optimista, las informaciones de supuestos hostigamientos en la zona de la liberación parecían darle la razón. En la sala de la casa, ubicada en el barrio Salento, de Bello (Antioquia), no cabía nadie más. Hermanos, primos, vecinos y periodistas, esperábamos atentos a ver descender del helicóptero a Juan Fernando.
Pero en medio de la alegría y la certeza de su regreso, sorprendía el pesimismo de su padre, don José Galicia. A quien le preguntaba siempre respondía lo mismo: “Hasta que no lo vea no creo”. Pendiente del televisor escuchaba atento la lista leída por los periodistas y a pesar de estar el nombre de su hijo, no cambiaba de idea. “Yo hasta que no lo vea no quedo tranquilo. Apenas salga es un mono de ojos azules y no mi negrito; no, yo prefiero esperar”, decía don José.
Con el paso de las horas su intuición de padre parecía darle la razón. Las informaciones de supuestos hostigamientos en la zona donde se produciría la liberación llenaron de incertidumbre a la familia. El silencio fue completo y sólo rostros de angustia era la constante. “Estamos preocupados porque sí creemos que lo van a soltar, pero mire pues, ¡ah! Quién dice si es verdad o no lo de los combates y de pronto no los entregan. Esto es mucha angustia”. Decía su hermana Luz Dary, a quien esa noticia logró borrarle la sonrisa que hasta las tres de la tarde se dibujaba en su rostro.
Al escuchar que ya Juan Fernando estaba en libertad, un fuerte aplauso retumbó en la sala de la casa. El año, siete meses y 23 días de secuestro parecían terminar. “Estoy feliz, pero hasta que no lo vea ahí en Villavicencio no estoy tranquilo, no descanso” Insistió don José.