Publicidad

Una cita con la esperanza

Para algunos no es fácil recordar los hechos, otros en cambio quieren hablar de lo ocurrido el 28 de septiembre de 1999, fecha que aún está presente entre los antiguos habitantes de Las Palmas, corregimiento de San Jacinto (Bolívar).

Carlos Mahecha / Carlos Mahecha
Carlos Mahecha / Carlos Mahecha

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Para algunos no es fácil recordar los hechos, otros en cambio quieren hablar de lo ocurrido el 28 de septiembre de 1999, fecha que aún está presente entre los antiguos habitantes de Las Palmas, corregimiento adscrito al municipio de San Jacinto en el departamento de Bolívar.

Todavía hoy cerca de cien personas permanecen en el pueblo pese al abandono por parte de las autoridades locales y del estado. Los más viejos se quedaron y sobreviven con lo poco que da la tierra en lo que antes fue el corregimiento más próspero y productivo de la región.

Hoy se sabe que el Bloque paramilitar Héroes de Los Montes de María son los responsables de este desplazamiento colectivo pero muy poco es lo que se avanza en cuanto a justicia, verdad y reparación. Cerca de tres mil fueron desplazados y el recuerdo de los hechos ocurridos desde 1993 donde más de doce personas fueron victimizadas, el reciente asesinato de cuatro de sus coterráneos y el temor infundido por “Los Paras” en la plaza del pueblo fue lo que motivó ese día la decisión unánime. Por eso la fecha es inolvidable y permanece en sus memorias como el día que se vieron obligados a dejarlo todo para proteger sus vidas.

Después del éxodo muchos se refugiaron en San Jacinto, unos pasaron a Cartagena, otros a Barranquilla y los más arriesgados viajaron hasta Bogotá en busca de Luis Gilberto Caro, un palmero desplazado que a punta de esfuerzo y trabajo duro logró crear su propio negocio de comidas rápidas donde trabajan varios de sus paisanos y que hoy se posiciona como uno de los mejores en el sector de Chapinero.

Ricardo Reyes, vicepresidente de la Asociación Integral de las Palmas, Asipalmas, cuenta jocosamente que cuando hicieron el registro en la Fiscalía ante Justicia y Paz, once años después del desplazamiento, radicaron 700 formularios algunos cocidos con hilo y aguja a falta de ganchos de cosedora y añade que es algo característico de su raza, la recursividad, no se varan por nada.

Así, llenos de anécdotas están cada uno de los palmeros víctimas del desplazamiento que hoy residen en Bogotá. La gran mayoría se encuentran ubicados en el barrio la Trinitaria de Suba y otros están dispersos por barrios cercanos. Pese a encontrarse en una ciudad tan ajena a sus costumbres y tradiciones no pierden la esperanza de retornar a su pueblo y esa misma esperanza es la que los ha llevado a trabajar duro, a organizarse y pedir al estado que les reconozcan sus derechos.

Lejos de intereses egoístas, alegres en medio de la adversidad y con un muy arraigado sentido de vida en comunidad buscan siempre el bienestar de todos en el lugar donde se encuentren. No es suficiente escucharlos, hay que verlos como se relacionan entre sí. Todos se conocen, la gran mayoría están emparentados y aunque llevan consigo el dolor por el desarraigo no pierden la alegría y optimistas esperan a que con la nueva Ley de Víctimas y Restitución de Tierras por fin se les devuelva lo que la violencia les quitó.

***

Domingo 26 de agosto de 2012, el cielo gris hace preveer que será una mañana muy fría. En la esquina del costado norte del parque principal de Suba se encuentra ubicado el Centro Dignificar de la localidad. La cita es desde las ocho de la mañana y poco a poco se van alistando los funcionarios públicos de las entidades distritales encargadas de acompañar el proceso. Está la Personería de Bogotá, que tiene la misión de tomar las declaraciones de las víctimas, también está la Unidad de Restitución de Tierras liderando el proceso de identificación de los predios y así funcionarios de la Alcaldía de Bogotá, la Defensoría del Pueblo y la Unidad de Víctimas.

El tiempo transcurre y uno a uno van llegando los integrantes de Asipalmas. El encargado de dar la bienvenida es Ricardo Reyes, el vicepresidente a quien cariñosamente llaman “El Nene”. Como líder dirige a las personas que llegan y se encarga de que cada uno reciba la atención en orden de prioridad. Algunos llegan afanados, tienen que ir al trabajo, otros simplemente reciben el turno y pacientes esperan en la sala el llamado para subir al segundo piso y hacer su declaración o identificar los predios. Con diligencia uno a uno reciben la asesoría respectiva, la jornada ha sido pensada para que todos hagan el trámite pertinente a su situación especifica.

Mientras espera el turno, Julia Esther Castillo una mujer robusta, de cabellera blanca y mirada fija comenta que viene a incluir a un familiar que no aparece en los listados. No teme a las preguntas y muy espontáneamente hace un recuento de lo que fue la violencia en el pueblo, incluso desde antes de 1999. “Uno en el pueblo como pobre vivía bien y viene por acá a pasar necesidades” afirma y prosigue: “yo trabajo pero lo que gano solo alcanza para pagar el arriendo y medio comer” y así la espera se vuelve todo un relato de supervivencia en el que constantemente repite que en estos años no ha recibido ayuda por parte del gobierno.

Como Julia Esther la mayoría de palmeros reunidos en el centro corroboran que lejos de ser una carga para el estado, lo único que buscan con el proceso de restitución que hasta ahora inician es garantías de retorno, “nuestra vida está en las Palmas” es lo que repiten y quizás así quede consignado en los registros de la Personería.

Nosotros vamos, visitamos a nuestros viejos, vemos cómo están las cosas por allá y nos regresamos otra vez, dice Astrid Herrera,quien hace poco estuvo en Las Palmas y asegura tener miedo, esta vez a las culebras, pues en las noches a falta de energía las serpientes abundan y apunta de mechón mantienen la esperanza de un día no muy lejano contar con la red eléctrica deteriorada por el abandono.

Si todo estuviera como antes seguro nos regresábamos a vivir de las gallinas, comenta Néstor Sierra un tanto reflexivo. Ahora lo único que queremos es que nos cumplan con lo prometido, que construyan la carretera que nos robaron, que vuelva la luz y ante todo que nos garanticen la seguridad porque en las condiciones actuales de la zona es posible que nuestras vidas corran peligro y ese temor es lo que hace que no regresemos. No queremos nada más, nosotros con nuestras manos nos encargamos del resto.

Y así después de trece años la comunidad de Las Palmas, organizada en Asipalmas sigue demostrando que no están en Bogotá por querer sino porque les tocó, invocando a Santa Lucia, su santa patrona, para que ahora si el gobierno los reconozca como víctimas y les devuelva lo que la violencia les arrebató, su territorio y la tranquilidad.

Publicidad

Por Carlos Mahecha González, colaborador de Soyperiodista.com

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido