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La mañana era soleada, pero casi nadie lo notó. Lo que importaba ese día de junio de 2010 en las calles de Perth, la cuarta ciudad más poblada de Australia, era insultar al gobierno del primer ministro Kevin Rudd por atreverse a proponer un nuevo impuesto a la industria minera del país: gravar el 40% de sus ganancias para devolverles recursos a las regiones afectadas por la explotación. Fue una protesta generalizada, acatada por cientos de personas con carteles de rechazo y liderada por una mujer gorda, de baja estatura y cabello castaño, que, subida en el platón de una camioneta y armada con un megáfono, gritaba a todo pulmón: “¡Eliminen el impuesto!”.
Una imagen inusual para una mujer poderosa, que en el día a día suele llevar collares de perlas, encerrarse a trabajar por horas en una oficina protegida por vidrios blindados y de quien podría decirse que sostiene toda la economía del occidente de Australia por sí misma. Su nombre es Georgina Rinehart, pero en el mundo de los negocios es conocida como Gina. Para la revista Forbes es la millonaria número 29 en su codiciada lista anual de multimillonarios mundiales, con una fortuna avaluada en US$18.000 millones que tiene su origen en la minería. De hecho, es la mujer más rica de Asia y muy pronto, según las proyecciones, podría convertirse en la más adinerada del planeta.
Y también la más polémica, porque sus actuaciones mantienen ocupados principalmente a los medios de comunicación australianos, que comienzan a sentirse amenazados por el poder que esta mujer no sólo está cosechando, sino exhibiendo. Aquella protesta habría sido sólo una más de sus múltiples ocurrencias mediáticas, como cuando les propuso a los habitantes de Australia occidental, el estado que maneja al dedillo con sus dólares, independizarse de las hostiles fuerzas políticas de Canberra; o como cuando patrocinó (pagó su pasaje y estadía) a Christopher Monckton, uno de los más reconocidos voceros en contra del cambio climático, para que dictara una serie de conferencias en el país.
Pero esta vida excéntrica tomó un nuevo giro en 2010 al seguir el ejemplo de otro ilustre magnate australiano, Rupert Murdoch, y adquirir el 10% de propiedad de la cadena de televisión Ten Network Holdings, el cual le garantizó un asiento en su junta directiva. Fue su primera inversión en el mundo de los medios, pero no la única: a finales de 2011 se lanzó a comprar paquetes de acciones de Fairfax Media, la principal casa editora de periódicos en Australia, una apuesta que aumentó en febrero pasado para convertirse en su principal accionista con el 12% de propiedad. Hoy podría decirse que maneja a su voluntad medios tan prestigiosos como el Sidney Morning Herald, The Age de Melbourne, o el Australian Financial Review, más unas cuantas estaciones de radio.
“Ella quiere influenciar el debate, forzar a los gobiernos australianos a ponerle una mayor atención al sector de los recursos naturales, ya que cree, genuinamente, que el futuro del país es convertirse en un proveedor de materias primas para China y no en su competidor a nivel industrial”, le explicó su coterráneo Tim Treadgold, corresponsal de Forbes en Australia, al diario británico The Guardian.
La niñita de papá
Y pensar que todo este poder tiene su origen en un apretón de manos. Fue en 1952 cuando Lang Hancock, su padre, descubrió yacimientos de mineral de hierro en una región cuasi desértica del occidente australiano conocida como Pilbara. Un auténtico milagro para el hijo de una familia de pastores, que rompió su propio destino al asociarse con su amigo Peter Wright para vender el proyecto. Diez años después cerraron un acuerdo de explotación con CRA, la multinacional minera que con el paso del tiempo se llamó Río Tinto, el cual incluyó una comisión a perpetuidad del 2,5% de la producción de la mina, que fue bautizada como Hope Downs.
Ambos socios iniciaron lo que podría catalogarse como la Edad de Oro de la minería australiana. En especial Hancock, quien demostró ser un pragmático sin escrúpulos al hacer negocios con el cuestionado gobierno rumano de Nicolae Ceasescu y proponer la esterilización de los aborígenes para eximir a su firma de cualquier responsabilidad hereditaria.
Eso sí, el patriarca se dedicó a preparar muy bien a Gina, su única hija, para el día en que tuviera que asumir Hancock Prospecting Pty Limited, la joya de su corona; ella, tras graduarse de Economía en la Universidad de Sidney, conoció los claros y los oscuros del negocio de la minería, convirtiéndose en una ejecutiva aguerrida en la sala de juntas y tímida ante las cámaras. A finales de los 80 ya era una mujer divorciada, viuda de su segundo matrimonio y madre de cuatro hijos que comenzaba a amasar su propia fortuna.
El día llegó el 16 de marzo de 1993. El padre dejó este mundo debido a un ataque al corazón y su hija se convirtió en la heredera de un verdadero emporio con dos minas en plena producción, múltiples reservas para explorar y una fortuna de alrededor de 125 millones de dólares australianos de la época.
Si estuviéramos en Australia, en la edición de mañana recibiríamos una furiosa carta de su puño y letra, tal como lo ha hecho con todas las publicaciones que se han atrevido a llamarla “heredera”. Ella simplemente se limita a calificarlos de “estúpidos”. Porque su día a día está plagado de batallas por el control.
Como la que emprendió contra Rose Porteous, la sirvienta filipina que terminó convirtiéndose en su madrastra y fue llevada ante los tribunales, acusada de causarle la muerte a Hancock (tras 14 años de litigio, el caso se cerró con un acuerdo extrajuicio); o el proceso legal contra los herederos de Peter Wright, que perdieron todos sus derechos en el emporio minero porque no pudieron justificar con contrato alguno el papel que desempeñó su padre en la sociedad. “Wright y Hancock vivieron en una época en la que los acuerdos se sellaban con un apretón de manos”, explicaron los periodistas Adele Ferguson y Mark Hawthorne en un artículo sobre su ascenso en el mundo de la minería, el cual hasta su llegada se había caracterizado por la dominancia masculina.
Hoy en día el imperio Rinehart se sostiene sobre la producción de 30 millones de toneladas anuales de mineral de hierro; los 500 millones de toneladas de manganeso extraídas de la mina Nicholas Down, que explota en asociación con Mineral Resources Limited; su paquete accionario en los medios y los US$100 millones que cada año le gira Río Tinto por la operación de Hope Downs. Como si fuera poco, tiene listos dos proyectos para la extracción de carbón en 2013, que se complementan con sus inversiones para la exploración de uranio, plomo, oro, diamantes y petróleo. Estos minerales han aumentado sus precios debido a la emergencia económica de China e India.
Según Forbes, la fortuna personal de Rinehart pasó de US$1.000 millones en 2007 a US$9.000 millones en 2011, y se espera que siga creciendo en los próximos años. Así lo sostiene el Citigrouop, que en un informe sobre minería global descubrió que tres de las diez principales minas del mundo son controladas por Hancock Prospecting.
Matrona desalmada
De las peleas que Rinehart ha casado, ninguna ha llamado tanta atención como el conflicto legal que mantiene con sus hijos por su herencia. Los tres mayores, John, Bianca y Hope Welker, han acusado a su madre de querer adueñarse de los fondos que el patriarca Lang Hancock dejó en un fondo para blindar su futuro.
Se calcula que el instrumento guarda alrededor de US$4.000 millones, dinero que corresponde al 23,4% de propiedad accionaria de Hancock Prospecting. Según las reglas impuestas por el abuelo, tras su muerte la propia Rinehart se encargaría de manejarlo y sólo expiraría cuando su nieta menor, Ginia, cumpliera los 25 años. Eso debía ocurrir en septiembre de 2011, pero días antes del plazo la madre les envió a cada uno de los beneficiarios una cuenta de US$105,5 millones por conceptos de impuestos por ganancia ocasional; y antes de que emitieran alguna respuesta, amplió el plazo de vencimiento hasta 2068, cuando su hijo mayor cumpliera los 92 años.
En la demanda, los tres exigieron la anulación de los nuevos términos, el reemplazo de Rinehart como cabeza del fondo y la instalación de uno de ellos en la junta directiva del imperio. Por supuesto, su madre contraatacó con el argumento de que el simple vencimiento generaría cargas tributarias por US$147 millones y que todos ellos habían gozado de lujos a través de sus vidas sin merecerlo.
Los medios también les dieron gran despliegue a las declaraciones de Ginia, la menor: “A pesar de que este proceso ha sido una muestra destructiva de codicia, celos y egoísmo por parte de mis hermanos, me mantengo firmemente en mis propios principios junto a mi madre, porque es lo correcto y justo”.
Por lo pronto, el caso se encuentra en una especie de limbo después de que Rinehart decidiera aplazar la extensión del vencimiento. Pero con seguridad, nuevas disputas legales vendrán. Después de todo, y al ritmo con el que crece su fortuna, la que con el paso de los años se convertirá en la mujer más rica del mundo seguirá atrayendo la atención de los medios que aún no controla. De sus rivales corporativos. Y muy probablemente de quienes apenas comienzan a conocer su historia.
O si no, que lo diga Kevin Rudd, aquel primer ministro australiano que el 23 de junio de 2010 renunció a su cargo luego de que los líderes del Partido Laborista le dieran la espalda por la pérdida de popularidad de su gobierno. Hoy se repone de una cirugía a corazón abierto, mientras mira cómo el Parlamento votará un impuesto más permisivo para la minería.