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El líquido que inundó a Bosa es una mezcla putrefacta de lluvia, aguas residuales y lágrimas: las que han derramado los habitantes de esta localidad durante estos tres días. No sólo han tenido que lidiar con el clima que no da tregua, también con los mosquitos, las enfermedades, el vandalismo y el frío. Algunos, como Cristina Pulecio, lo perdieron todo y tuvieron que dormir a la intemperie y apretujarse con sus vecinos para no sucumbir a las bajas temperaturas de la mañana. “Con decirle que acá el vecino se acostó con su esposa y ella amaneció con otro”, dice Cristina. Ríe y asoma su rostro desde la pequeña carpa que comparte con otras once personas.
Ella se queja de que las ayudas del Gobierno y la sociedad civil han sido mal repartidas y que “nadie se ha asomado por donde estamos”. “Nos han prometido de todo, pero apenas se han dejado ver con alimentos”, resalta, y agrega que quienes más los han ayudado han sido los mismos vecinos, “para qué, pero manos amigas sí hemos tenido”. Aunque el presidente Juan Manuel Santos estuvo ayer en este barrio y dijo que haría todo lo posible por ayudar a los damnificados, los problemas siguen. Sumado a esto, dice, “hay muchos vivos queriendo robarse lo poco que nos queda”, es por eso que ella y sus vecinos se han organizado para vigilar que nadie se meta a las casas que, aunque inundadas, no dejan de ser objetivo de los ladrones. “Hace poco lincharon a uno y, no sé, creo que se murió allá en el hospital (…). A otros dos los iban a echar al río para que se ahogaran”.
Manuel García, celador del sector, confirma lo dicho por Cristina y asegura que no han podido descansar porque, incluso a plena luz del día, los ladrones se las ingenian para hurtar lo poco que les queda a los damnificados de esta tragedia. García, proveniente de Córdoba, una región habituada a las inundaciones, no se quita el uniforme y trata de poner orden al caos en el que se ha convertido El Recreo, uno de los barrios que más han sufrido con el invierno. Mientras monta guardia se le acerca a un hombre, moreno, alto, y le pregunta si no tiene música, “es que sin musiquita no aguanta hacer vigilancia”, dice y sonríe.
Y es que a la gente en El Recreo le sobra el agua, les sobran los mosquitos y, a pesar de todo, les sobran las sonrisas. “Hay que ponerle buena cara a esto”, dice una persona. A su lado, un joven voluntario de la Defensa Civil lanza un barquito al lago en el que se ha convertido su barrio. Entonces él y todos sus compañeros se ponen alegres a perseguir su recorrido; al menos así sobrellevan el dolor que sienten. “La culpa de todo esto la tienen las curadurías, dígame si no. Cómo permitieron que se construyera un barrio en este lugar”, dice Andrés Cáceres, otro voluntario del sector que no teme meterse al agua pestilente para movilizar a quienes han convertido a las lanchas en su sistema de transporte. “Mejor que el Transmilenio”, grita una persona desde la balsa. “Al menos acá no los apretamos”, contesta Andrés.
En uno de los improvisados puertos, Pablo Bolaños cuenta que su mujer está muy enferma, “tiene vómitos y diarrea. Es que mire”, dice, y señala el agua. Hay una burbuja gigantesca que de repente estalla emitiendo un aroma pestilente, intolerable. Media hora en El Recreo y uno no aguanta más. Pero este barrio, aunque ha sido el epicentro de la tragedia, no ha sido el único perjudicado. El barrio El Recuerdo, a escasas cuadras de allí, permanece en el olvido, sus habitantes dicen que necesitan que alguien les pare bolas, se quejan de que las autoridades se enfocaron sólo en un sector de la localidad.
Ayer esas mismas autoridades iniciaron la ‘Operación Misisipi’ con la cual, a través de la inundación controlada de predios bajo el poder de la CAR, esperan reducir el nivel de las aguas. “Pero cuando bajen las aguas será peor”, dice Cristina, “ahí este olor se va a poner peor y vamos a tardar meses en desinfectarlo todo”. El agua quizás se vaya, pero Bosa por largo tiempo olerá mal, olerá a corrupción, a improvisación, a tristeza. El sentimiento de haberlo perdido todo huele a eso: a putrefacción.