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Washington está vigilante

El test Mockus mide en una escala del 1 al 10 el grado de gravedad de un trastorno cognitivo que ataca estacionalmente a muchos líderes de opinión opositora  en Venezuela.

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Hay una anécdota que circunda en Washington sobre una reunión entre el canciller colombiano Jaime Bermúdez y el presidente del Comité para Asuntos Exteriores del Senado, John Kerry, cuando comenzó la administración Obama. En ese encuentro, calificado como áspero, Kerry fue muy claro con Bermúdez: empezaba una nueva administración y los escándalos como los falsos positivos no serían tolerados. No más. Los funcionarios colombianos que estaban presentes palidecieron y Bermúdez volvió su mirada al piso. Era claro que los días de sintonía entre Washington y Bogotá se habían ido.

El mensaje había cambiado, pero no sólo para Colombia. Esta administración —aunque demorada en definir una política coherente hacia Latinoamérica— está poniendo más énfasis en derechos humanos y en el papel de la justicia.

Sin embargo, esta no es la única razón por la cual la relación entre Colombia y EE.UU. se enfrió. Los escándalos de los falsos positivos y del DAS pesaron mucho en el distanciamiento. Por ejemplo, las recientes declaraciones de ex paramilitares sobre el papel jugado en la región del Meta, donde EE.UU. ha invertido millonarios recursos, aumentaron la ansiedad del gobierno de Obama y la frustración de ciertos miembros del Congreso.

Revelado el lado oscuro de una política de seguridad, apoyada siempre con entusiasmo en EE.UU. por sus muchos resultados en la lucha contra el Farc, los escándalos generan profunda preocupación y desconcierto. Por mucho menos, el presidente Nixon tuvo que abandonar su cargo, y por menos aún, los EE.UU. le quitaron la visa al presidente Ernesto Samper.

El próximo presidente de Colombia tendrá que asegurar que los falsos positivos, las interceptaciones ilegales y las alianzas criminales de políticos con los grupos armados ilegales no sólo no serán tolerados, sino que no habrá impunidad.

Actualmente en varios círculos de Washington se debaten diversas opiniones sobre la oportunidad de otorgar a Colombia, en agosto próximo, la certificación en derechos humanos. También está en juego la dimensión de la ayuda financiera para la estrategia antidrogas, que ha recibido siempre el aporte convencido y sin críticas de las administraciones anteriores.

Washington se sorprendió con el inesperado entusiasmo popular por Antanas Mockus, ya que inicialmente se daba por sentada la victoria de Juan Manuel Santos. Pero no hay preferencia por uno u otro candidato. En EE.UU., Santos no sólo es bien conocido, sino también muy apreciado. La administración de Obama, así como la mayoría de los miembros del Congreso, no lo responsabilizan por los falsos positivos. Saben de sus esfuerzos en reformar desde adentro el Ejército colombiano y en promover la cultura de los derechos humanos.

Estados Unidos siempre ha apoyado la estrategia militar de Santos en la guerra contra las Farc. Si gana, no sólo será una oportunidad para continuar y consolidar la buena colaboración ya existente.

Y aunque Mockus se conoce menos, existe una buena memoria de sus administraciones en Bogotá y de las de Sergio Fajado, en Medellín. Washington sabe que Mockus tendrá mano dura con las Farc y no genera ningún tipo de ansiedad por su manejo de temas en seguridad. Además, el mensaje de una cultura de la legalidad es bien recibido y muchos piensan que podría hacer más fluida la relación —a veces turbulenta— entre la administración Obama y el Congreso, y así facilitar la aprobación del TLC y la certificación en derechos humanos. Con Santos o Mockus se sentirá un aire fresco en el ambiente político, que se ha tornado pesado últimamente por culpa de los escándalos.

Una perspectiva desde Europa

Ivan Briscoe, investigador del Instituto Clingendael, de La Haya, presenta un panorama de cómo se ve el proceso electoral colombiano desde Europa. Según dice, afligidos por una profunda crisis financiera, los gobiernos europeos difícilmente se atreven a levantar la vista de sus propias cuentas públicas. La tijeras de Italia y España ya han cortado los recursos dedicados a la ayuda para el desarrollo. La voz europea en los grandes asuntos de la política internacional, salvo la guerra de Afganistán, se ha callado. Por lo tanto, el resultado de la primera vuelta de las elecciones colombianas no tendrá el mismo impacto mediático y político que el de 2002. Después de aquella elección, la UE abordó una revisión urgente de su apoyo a la paz en Colombia: las Farc entró en la lista de organizaciones terroristas de la UE y Europa se resignó a una intensificación de la guerra interna. 

  * Profesor Columbia University

 

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