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Fue casi una casualidad que Juliana Soto, ornitóloga y candidata a doctora de la Universidad de Illinois (EE. UU.), encontrara el nombre de Elizabeth Kerr. En 2020 Soto estaba organizando una de las expediciones de Colombia Bio llamada “Alas, cantos y colores”, que pretendía repetir las expediciones que hicieron los naturalistas del Museo Americano de Historia Natural (MAHN) hace 100 años, liderados por el reconocido ornitólogo estadounidense Frank Chapman. Entre 1911 y 1915, él y su equipo colectaron más de 15.000 especies de aves en 74 puntos distintos del país.
El trabajo de Soto era trazar el recorrido que seguirían por el valle del río Magdalena y actualizar lo más posible el inventario de los pájaros que podrían ver cuando estuvieran en terreno. Mientras hurgaba entre las colecciones que Chapman usó para escribir su famoso libro, Distribución de la avifauna en Colombia -lectura obligada de quienes se dedican a estudiar las aves de Colombia-, Soto se topó con un nombre decenas de veces: E. Kerr. Lo inusual era que estaba acompañado por el título “Miss”.
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“¿Cómo así que ‘Miss’? ¿Había una mujer colectando aves a principios de siglo en Colombia y no sabíamos? ¿Quién era? Nosotras en la ciencia y en la ornitología hemos tenido una ausencia de figuras femeninas, solo hay libros llenos de menciones a hombres blancos y extranjeros. Fue como ¡eureka!”, dice Soto.
Así se topó con la misteriosa historia de Elizabeth Kerr, una mujer naturalista, estadounidense y apasionada de las aves como ella, que hace 100 años vino a colectar especies de aves en Colombia y colaboró a formar una de las colecciones más extensas -y reconocidas- de avifauna de Colombia, el país con mayor diversidad de aves por metro cuadrado.
Ante este descubrimiento, ocho investigadoras colombianas publicaron esta semana un artículo con sus pesquisas sobre los aportes científicos de Kerr, que como muchas científicas ha sido olvidada por la ciencia y sus patriarcas.

Gracias a información que solicitaron al MANH, y a los registros de Chapman, las científicas pudieron constatar que entre 1906 y 1915, Kerr recolectó especímenes de aves en el Valle del Magdalena, especialmente en Tolima, y en el valle del río Atrato por encargo de Champan. Su trabajo era cazar con la mayor cantidad de aves posibles y enviarlas por barco a Nueva York. Las aves que envió provienen, según sus registros, de “Tolima” (que es todo un departamento), o fueron recolectadas a “20 millas de Honda”.
A pesar de su ligereza para detalles geográficos, colectó unas 128 especies entre los 1.000 y los 1.800 metros sobre el nivel del mar. Aún hoy la colección de aves de Tolima de Kerr es una de las más completas, tal vez solo superada por la expedición Colombia Bio de 2020, en la que cinco científicas siguieron sus pasos e hicieron la primera expedición exclusivamente femenina de la historia de Colombia. La misma que Soto coordinó y en la que participaron las investigadoras que firman el artículo sobre Kerr.
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“Obviamente, la expedición no fue idéntica, empezando porque en la época de Elizabeth no se usaban redes de niebla para capturar las aves, sino que se cazaban con escopeta, luego se rellenaban de algodón y se enviaban a Estados Unidos o Europa para ser estudiadas y clasificadas. Tras el descubrimiento de la vida de Kerr decidimos seguir sus pasos como homenaje a las mujeres en la ciencia”, explica Natalia Ocampo, ornitóloga caleña, profesora de la Universidad de California y líder de la expedición “Alas, cantos y colores”.
Kerr también recolectó aves y mamíferos de varias localidades de los departamentos de Bolívar, Córdoba, Magdalena y, sobre todo, del río Atrato, en Chocó. La mayoría de los especímenes datan de 1912, y aunque Chapman reporta 200 especímenes colectados por Kerr, hay 400 registros de 200 especies distintas a su nombre.
Varias de las especies que recolectó Kerr son aún hoy crípticas para la ciencia. Según las investigadoras, sus colectas incluyen tinamúes, rapaces, tucanes y hormigueros, » e incluso el enigmático Neomorphus geoffroyi, el cual tiene muy pocas observaciones en Colombia”. También cazó y envió mamíferos disecados a Nueva York como zarigüeyas, osos perezosos, guatines y perros de monte. Incluso, Chapman nombró una especie en su honor: Crypturellus kerriae, más conocido como el tinamú chocoano, un ave escurridiza y cuyo estado de conservación es “vulnerable”.
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“En su momento la pregunta de Champan era: “¿Por qué en Colombia hay tantas aves y por qué se distribuyen así? ¿Por qué muchas especies de Chocó, Panamá o México son parecidas o las mismas? Con los aportes de Kerr otros naturalistas pudieron comenzar a comparar entre especies de montañas o valles, y así se comenzó a entender cómo influye la geografía en la distribución de las especies”, explica Soto.
¿Por qué una mujer de Estados Unidos decide adentrarse en las selvas más rudas de Suramérica para buscar pájaros a principios del siglo XX? Difícil saber: Kerr no dejó diarios de campo que narraran ni sus aventuras ni sus observaciones sobre avifauna suramericana. Según las pesquisas de las investigadoras colombianas, podría ser que su esposo haya muerto en una explosión, y que ese episodio desdichado le haya dado un impulso de libertad para perseguir su amor por la naturaleza y ganarse la vida de manera inusual.

En su única memoria autobiográfica, titulada Una mujer naturalista: relato personal del trabajo y la aventura de una mujer coleccionista en las tierras salvajes de la América tropical, y que publicó en 1912 la revista Colliers, lo describe así: “(Mientras) un gran dolor impulsa a las mujeres a entrar en el convento, a mí me hizo echarme un arma al hombro y marchar a lo salvaje”.
Allí también explica que, dado que no había ropa “para exploradoras”, ella tuvo que ingeniárselas para entrar a la selva. Usaba pantalones bombachos, una chaqueta de tiro largo y un sombrero de goma para protegerse de la lluvia.
Las investigadoras colombianas solo pudieron saber más sobre ella por las cartas que enviaba a Chapman en una caligrafía casi ilegible -aunque con excelente redacción y ortografía- en donde le solicitaba instrucciones mejor detalladas para enviar los especímenes y más dinero para hacer expediciones, y por las colecciones de especímenes de pájaros que le compró Chapman, y que reposan en su mayoría en el Museo Americano de Historia Natural. Aunque hay 194 “facturas de compra”, por decirlo así, el museo tiene registro de 280 especímenes colectados por Kerr.
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Por el carácter apasionado, pero aficionado de su trabajo, y los reclamos de Chapman para que mejorara la presentación de los especímenes que le enviaba, las autoras del artículo dedujeron que Kerr no era pupila de Champan ni ninguna otra “autoridad científica”, y que no era empleada del Museo Americano de Historia Natural. Además, como el resto de las mujeres de su época, no tenía derecho a la educación superior. Más bien era una especie de recolectora de especies freelance que se ganaba la vida cazando aves y enviándolas a científicos de su país.
El último especimen que el museo recibió fue en 1913, pero cómo vivió el resto de su vida o dónde murió aún es un misterio. Se sabe que vivió en Cartagena y tuvo una casa palafítica al borde del río Atrato, que probablemente exploraba acompañada solamente de su escopeta, que pasaba semanas enteras sin ver a otra persona, como ella misma cuenta en sus cartas, y que alguna vez se perdió “en la región de Salaquí (Riosucio, Chocó), saliendo apenas con vida”. También se sabe que gozaba de una puntería legendaria (en parte gracias a un hermano que le enseñó a cazar), de un agudo sentido de la observación, pasión por la naturaleza y de la audacia propia de las mujeres.
“La llamamos naturalista porque tenía el don de la observación, pero a lo mejor no tenía los conocimientos equivalentes en la ciencia occidental, como los nombres científicos, por ejemplo. Pero describe muy bonito a las aves, hace muchas preguntas a Champan, era curiosa. También me impresionó que era muy persistente. Ella menciona un ave que le dicen Jabirú en Tolima, y dice que era difícil de cazar. Uno va a la lista de especímenes y ver que ella obtuvo varios de los más difíciles es impresionante”, explica Soto.
“Colombia es un paraíso para los naturalistas. No he encontrado tantas y abundantes formas naturales en ningún otro lugar. En 100 años no podría agotar esta vida rebosante que me llama noche y día”, escribió Kerr en su autobiografía. Y mientras la naturalista se perdía entre plumas y ríos, a principios del siglo XX, un movimiento de mujeres lograba el voto femenino y continuaba conquistando derechos humanos en todo el mundo (uno de ellos, a estudiar en universidades y colegios a la par que los hombres).
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Sin embargo, aunque Kerr sea “hija de su tiempo”, sus métodos son cuestionables a la luz de hoy: una mujer blanca, estadounidense, extrajo especímenes de territorios afros e indígenas del sur global, probablemente con ayuda de locales, pero sin reconocer sus saberes, para luego enviarlos a un museo en Estados Unidos. Las investigadoras colombianas lo reconocen y escribieron: “Kerr, como otros naturalistas de su época, fue parte de un sistema colonialista que extrajo especímenes del sur global con muy poco respeto por el conocimiento tradicional y las personas indígenas”.
No por eso el olvidado legado científico de Kerr deja de ser impresionante. De hecho, hay mención de muy pocas mujeres en la historia de la ornitología suramericana, y la mayoría son europeas o estadounidenses, algunas esposas de naturalistas de renombre. Algunas pocas ornitólogas cuyo legado ha sido reconocido en el estudio de las aves suramericanas son las alemanas Emilie Snethlage (1868-1929) y María Koepcke (1924-1971). Por ejemplo, en Los relatos de la historia de la ornitología colombiana, publicados entre 1996 y 2008, no hay una sola mención a mujeres naturalistas. A pesar de la falta de acceso a educación superior y el aparente destino ineludible de “esposa” o “monja”, Kerr logró hacerse un espacio en un campo dominado por hombres.
“Hoy somos más científicas, pero quienes siguen en lugares de poder son los hombres del norte global. Las mujeres hemos tenido un papel importante, tal vez silenciado o en roles de apoyo, pero estamos. Si tú hoy me preguntas por ornitólogas te van a decir dos o tres, pero hombres se nombran muchísimos. Me parece importante conocer esta historia para inspirar a niñas o adolescentes que quieran ser exploradoras, científicas, que amen la naturaleza y que tengan ejemplos a seguir”, agrega Ocampo.
Las científicas colombianas escriben: “Al mostrar el legado olvidado de Kerr esperamos ofrecer un modelo a seguir -muy necesario- que inspire a las mujeres en la ornitología y promueva la equidad dentro de la comunidad científica”.