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“Ay, aquellos diciembres que no volverán”, dice Dora, mi mamá, mientras recordamos las navidades de cuando era niño. Entre luces, chispitas Mariposa y el afán de las compras de última hora, me la pasaba jugando fútbol o tin tin corre corre con mis primos por las cuadras de Kennedy y Bosa, en Bogotá.
En la casa, el resto de la familia alistaba la cena navideña entre la alegría del reencuentro, las novenas, el pesebre y el dulce olor de la natilla recién servida. Todo parecía tener su ritmo, como si la ciudad entera se moviera al compás de una canción que todos conocíamos.
Y así era. En las tienditas de barrio, los buses y terrazas sonaban los mismos coros de siempre: los temas de Rodolfo Aicardi y Pastor López se metían por las ventanas y convertían cualquier esquina en fiesta. La vecina fiestera que no nos dejaba dormir era la primera en saludarnos a medianoche los 24 y los 31.
No importaba si uno estaba en el centro o en los barrios del sur: diciembre se reconocía por el chucu chucu, ese ritmo tropical tan característico de nuestras fiestas. Era la señal de que el año se estaba despidiendo y de que, sin saberlo, estábamos viviendo nuestros años maravillosos.

Cantamos lo que vivimos
Pero ¿qué tiene esa música que vuelve cada diciembre, tan intacta como los recuerdo? ¿Por qué seguimos cantando las mismas canciones, década tras década, sin que pierdan fuerza ni alegría?
La periodista musical Luisa Piñeros lo dice con una mezcla de certeza y ternura: “Esa es la gran pregunta que nos seguimos haciendo cada diciembre, ¿no? ¿Qué tiene esa música? Desde los primeros 14 Cañonazos Bailables se creó un sello, una tradición, una especie de ritual. Y el que pega primero, pega dos veces. Si tú llegas a Colombia sabes que ‘Cariñito, ‘Daniela’, ‘La víspera de Año Nuevo’ o ‘Así empezaron papá y mamá’ van a sonar. Sin esa música no hay diciembre; sin esa música, el buñuelo no sabe igual”.
Luisa lo explica y habla de una memoria compartida. “Esas canciones están fijas en el ADN del colombiano. Tienen la capacidad de llevarnos incluso a épocas que no vivimos. Hablan del hijo ausente, de la nostalgia de la mesa o de la alegría de encontrarse. Y aunque cambien las generaciones, el sonido tropical, el chucu chucu, sigue siendo un sello de país, un sonido que nos pertenece”.
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Y es cierto: basta que llegue septiembre para que las emisoras empiecen a desempolvar los discos, como si el país entero necesitara volver a ese lugar seguro. “Esa música no compite con el algoritmo, porque la misma radio la revive. Cuando suena ‘La burrita’ o una canción de Los 50 de Joselito, todos sabemos que el año está por acabar. Es un fenómeno emocional, humano. Cada uno tiene un recuerdo distinto, pero la primera sensación siempre es la infancia”, dice Piñeros.
Esa herencia sonora es la que mantiene viva la familia Aicardi, los hijos del hombre que puso voz a la alegría de un país entero. Gianni Aicardi, uno de ellos, sonríe cuando habla de su padre, Rodolfo Aicardi, la voz que convirtió cada diciembre en una pista de baile. “Creo que la música de diciembre sigue vigente porque cuenta nuestras historias, habla de nosotros, de lo que sentimos. Colombia es un país feliz, y esa felicidad se transmite en la música. Por eso pasa de generación en generación”, aseguró.
Han pasado 18 años desde su muerte, pero Rodolfo sigue sonando como si nunca se hubiera ido. “Muy pocos artistas logran eso. Su voz tenía algo indescriptible, una calidez que se queda en el cerebro. Y cuando suena, la gente recuerda quién es, recuerda a su familia, a sus abuelos, su infancia. Esa nostalgia hace que esta música tenga un poder que ningún género nuevo ha podido reemplazar”, explica Gianni, quien cuenta que hace poco tocaron en una fiesta llena de jóvenes, entre 18 y 23 años, todos bailando reggaetón.
“Pensamos que iba a ser difícil, pero cuando sonaron las canciones de mi papá, el ambiente cambió. Todos se las sabían. El reggaetón se detuvo y la música tropical se tomó la noche”.
Gianni dice que ese es el motor que los impulsa a seguir tocando. “Nos emociona ver niños cantando ‘Adonay’ o ‘Cariñito’. Ahí entendemos que esta música no se va a apagar. Rodolfo Aicardi solo habrá uno, pero nosotros llevamos ese legado a nuevas generaciones, con identidad propia. Y eso demuestra que todavía hay espacio para la alegría”, aseguró destacando también el trabajo de Pastor López Jr., quien también revive las canciones de su padre.
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La memoria emocional
Esa alegría tiene, además, una explicación más profunda. La psicóloga Diana Ducuara la llama memoria emocional. “Cuando escuchamos una canción de diciembre, el cerebro libera hormonas que activan recuerdos: la infancia, la familia, los abrazos, los olores… Es como si el cuerpo recordara antes que la mente. Diciembre tiene un poder simbólico muy fuerte: nos da permiso de pausar, olvidar lo que ya pasó y creer que podemos empezar de nuevo”, dijo.
Y cuando la tristeza aparece —porque diciembre también tiene eso—, el país la baila. “En Colombia la tristeza se baila. Hemos aprendido que el despecho o la melancolía no se guardan. La música nos da permiso para procesarlos en voz alta. Cantar lo que duele nos hace sentir acompañados, y en medio del festejo encontramos alivio. El baile se convierte en una forma de sanar; el dolor se transforma en alegría”.
Diana dice que diciembre es, en el fondo, un ritual de transición. “Psicológicamente, cumple la función de cierre y de nuevo comienzo. Nos permite reconectar, hacer una pausa, vivir más lento. Es el mes en que emociones como la alegría, la nostalgia y la esperanza se mezclan y nos recuerdan que, aunque el tiempo pase, siempre podemos volver a empezar”.
Y tal vez esa sea la respuesta: no seguimos cantando las mismas canciones por costumbre, sino porque en ellas reconocemos quiénes somos. Porque en Colombia, cuando suena esa frase de que “yo no olvido el año viejo porque me ha dejao’ cosas muy buenas”, no se trata solo de música de antaño ni de villancicos: son recuerdos que se bailan entre la alegría, la nostalgia, las ausencias y la gratitud.
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