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El bullicio del locutor, inevitable cada 31 de diciembre. Las cumbias de siempre, la burra negra, la buena suegra y la chiva que le dejó el año viejo, el faltan cinco pa las doce y el conteo regresivo. También habría podido grabar todo aquello, siempre tan igual, siempre tan de falsas alegrías, y siempre, irremediablemente, tan nostálgico, y programarlo con sus relojes digitales. Habría podido, pensó, recrear todo de mentira pues la vida, a fin de cuentas, era una gran mentira, pero con su familia en pleno una pantomima habría sido irreverencia, falta de respeto, insolencia y cosas de esas de las que solían repetirle.
Programó sus dos iPhones para despertarse a las seis y treinta de la mañana, pasara lo que pasara la noche anterior. Verificó por milésima vez el itinerario de su viaje, que comenzaría en Panamá y concluiría en Managua, revisó su pasaporte y en punto de las ocho tomó una ducha y se vistió para recibir el nuevo año y a sus veintitantos invitados. Por si acaso, como decía una canción que esa noche no podría oír, alistó un par de agüeros. Sumergirse en el desorden colectivo sería la mejor forma de no llamar la atención. La fiesta comenzó según sus presagios. Solemnidad, licor, viejas historias, preguntas formales, bromas, un primo que quería cortarles el mouse a todos sus compañeros de trabajo, su novia, que deseaba llenar el jeep de una tía con osos panda tamaño persona, las canciones presupuestadas, la comida, las conversaciones de política, las filosóficas baratas con zapatos de goma, como cantaba Charlie García.
A las 11 y 58 se acabó Faltan cinco pa las 12. Sonó entonces la voz de un locutor, pero al locutor le hacían falta bulla, estruendo, felicidad, música de fondo, pólvora. Decía en tono magistral “son las 11 y 59 minutos de la noche. Faltan 60 segundos para que finalice este año. 59, 58… ¿Y la fiesta? Nada. El fin de año se fue entre discusiones sobre si lo que se oía era una emisora de radio o no y nadie se dio cuenta de nada. No hubo uvas ni paseos con maletas ni oraciones ni brindis. Todos se fueron a dormir y siguieron durmiendo hasta el mediodía. Los iPhones permanecieron en silencio. Que fue un virus, dijo alguien en la tarde. Que será mejor comprarse un gallo, bromeó otro muy en serio.