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Comenzó la demolición del puente del Concejo

Cerca de 45 días tardará la primera parte de la obra, que durará un año y medio, en la calle 26 con Avenida de las Américas.

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Hace 21 años, cuando María Teresa Ruiz, una vendedora ambulante, buscó un lugar para instalar su carreta con chocolatinas, galletas, papas fritas y cuanta golosina podía exhibir, escogió un lugar estratégico: el puente de la calle 26 con carrera 34, junto al Concejo de Bogotá, una de las obras de infraestructura más modernas e imponentes de la época. Hoy la situación es otra y los 29 años que tiene el puente lo convierten en una obra obsoleta que no cabe en los planes de renovación urbana de la administración distrital. Por eso, ayer se comenzó su demolición.

Desde las siete de la mañana, una máquina con una tenaza gigante, que recibe el nombre técnico de almeja, empezó a arrancar a punta de ‘pellizcos’ cada una de las piezas de concreto que formaban el separador del puente. En cada ‘pellizco’, una nube de piedras y polvo se alzaba, mientras las losas vibraban como en un acto de resistencia. Así comenzó la demolición de la estructura, que tardará cerca de 45 días y costará aproximadamente $2.000 millones, según manifestó Carlos Augusto Ramírez, gerente de obra y de la unión temporal Transvial, firma encargada de la intervención.

Lejos de los referentes modernos de las demoliciones cinematográficas, en las que una superestructura se consume en segundos tras una implosión controlada y ante la mirada atónita de los espectadores, la del puente de la 26 será una intervención “maquinal”. Aparatos pesados, grúas, poleas y equipos de percusión serán las herramientas para hacer desaparecer al gigante de concreto pues, debido a la cercanía de edificaciones como la del Instituto Nacional Penitenciario (Inpec), “las ondas de una implosión afectarían las estructuras. La demolición con implosiones es difícil de manejar en la ciudad”, precisó Ramírez.

Como un testigo más del comienzo de obra, la directora del Instituto de Desarrollo Urbano (IDU), Liliana Pardo, destacó la importancia de la demolición del puente, dentro de la fase III de Transmilenio: “Se van a generar 40.000 metros cuadrados de espacio público en una gran plazoleta que va a unir el Centro Administrativo del Distrito, el Concejo de Bogotá y la Plaza de la Democracia, y por debajo se construirá el paso deprimido para la calle 26, por donde se hará la nueva troncal de Transmilenio”.

Los beneficios en el largo plazo, sin embargo, son molestias en el presente. Por lo menos así lo perciben algunos vecinos del sector, para quienes la obra sólo ha significado pérdidas. Es el caso de Janeth Bello, empleada de una estación de servicio cercana al puente, quien aseguró que el cierre de la vía se tradujo en el despido de tres de sus compañeros y en menor afluencia de vehículos: sólo tres entraron entre las siete y las nueve de la mañana. A unos metros de la estación, un café internet albergaba a un solo cliente, mientras Estela Mendoza, la única empleada a cargo, lamentaba la cancelación del contrato de los otros dos empleados del café y miraba las sillas vacías del negocio.

Al respecto, la directora del IDU aseguró que éste garantiza que hará un seguimiento permanente a los comerciantes y residentes de la zona, para identificar los efectos de la obra y mitigar su impacto. “Nosotros hemos hecho un trabajo social muy importante, más en estas obras que son tan complejas”, señaló Pardo.

De otra parte, el tránsito vehicular estuvo controlado por 57 unidades encargadas de orientar a los conductores. En la mañana, los principales represamientos en el corredor intervenido tuvieron lugar a la altura de la carrera 33, congestión que, según explicó el coronel Jaime Moreno, comandante de la Policía de Tránsito de Bogotá, es extensión de lo que sucede en un día normal, y por la Avenida de las Américas. “La ciudadanía viene entendiendo poco a poco cuáles son los cambios de ruta que tiene que hacer y en la medida en que la gente colabore, sea solidaria y paciente, pues no vamos a tener tanta dificultad”, concluyó Moreno.

Cerca de las nueve de la mañana, la euforia del comienzo de obra bajó y la congestión se disipó (en contra de los pronósticos de caos). Entre tanto, María Teresa, la vendedora ambulante, seguía ofreciendo sus productos, aunque la vibración bajo sus pies le recordaba que su lugar de trabajo ya nunca será el mismo.

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