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¿Cómo se lee un plan de desarrollo?

He venido analizando planes de desarrollo de Bogotá desde el primero, en 1995. Confieso que a partir de Moreno me declaré en aburrimiento.

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Son textos larguísimos, en donde abundan declaraciones grandilocuentes, poemas en prosa de mal gusto, saturados de “políticas integrales”, “sistemas inclusivos”, y repetitivos hasta agotar cualquier paciencia. La lectura se hace difícil, además, porque no se especifican los proyectos prioritarios. Creo que este gobierno tiene claro cuáles son su prioridad, pero no los precisa.

Un tema en el que este plan no es una declaración al aire es el de la programación del crecimiento y la renovación de la ciudad, en la que se incorporan instrumentos jurídicos con dientes. En este aspecto, éste es el plan más claro de los que se han escrito hasta ahora. Otra cosa es si tendrá éxito.

¿Cómo se lee un plan para no morir de aburrimiento? En primer lugar, buscando lo que no contiene. Entre lo que deja de decir esta hoja de ruta destaco el automóvil. No me cansaré de insistir que nadie dirá en este momento del siglo XXI que el automóvil es una solución a las necesidades de movilidad. El automóvil es un problema, y esconderlo detrás de declaraciones vacías que no se traducen en nada ha producido la ciudad que tenemos. Esta ausencia predice el agravamiento que se avecina.

También se destaca la ausencia de una comprensión mínima de lo que es la descentralización, sus fortalezas y debilidades, y lo que hay que corregir. Abundan los “fortalecer” y “profundizar” en las declaraciones de intención. En el proyecto que salió de la Comisión del Plan aparece una declaración que no es más que una mosca en la sopa: “se desarrollarán actividades necesarias… para profundizar el proceso de descentralización”.

Otro de los ausentes es un proyecto nuevo: “Bogotá promueve una cultura ciudadana y de la legalidad”. A mí me produce solamente una inmensa curiosidad: ¿qué habrá pasado por la cabeza del alcalde para aceptar este desliz mockusiano en su Bogotá del amor sin respeto por la ley?

Para leer lo que sí dice el Plan hay que ser cauteloso. Se puede leer algo muy propio de Petro y su visión del Estado: la confusión entre lo público y los funcionarios públicos. Más hospitales públicos; otro hospital en declaración (inocua): el San Juan de Dios; dos secretarías nuevas; una oficina de religiones; un banco público (¡sí, lo dice, asústense!)… O sea, más, Más, MÁS, muchos funcionarios públicos más… De esos que él denuncia día a día por corruptos. Bogotá va nuevamente en camino de convertirse en el paraíso de burocracias públicas que consumen en reuniones, documentos, choferes, secretarias y edificios públicos los ingresos de los bogotanos. No se ve nada concreto que detenga el deterioro de la administración pública, y se puede predecir, más bien, lo contrario.

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