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La molestia llegó a tal punto, que ayer salieron a protestar por lo que consideran una competencia desleal, pedir medidas arancelarias para controlar las importaciones y promover que los bogotanos apoyen el comercio nacional. Para ellos la mercancía que traen los ciudadanos chinos es una amenaza. Yansen Estupiñán, líder del centro comercial GranSan, aclaró: “El problema no es con el ciudadano chino, sino la falta de legislación”.
Y es que las cifras son dicientes. De todos los productos que se consiguen en el sector de San Victorino, como vestuario, juguetería, papelería, calzado, joyería y artículos de cuero y para el hogar, gran porcentaje es importado. Según el portal Dataexim (base de datos privada con el registro de importaciones), el año pasado los comerciantes con negocio en Bogotá (nacionales y extranjeros) importaron de China US$16 millones en estos productos. Este año la cifra al parecer crecerá, ya que entre enero y mayo han importado US$12 millones. Aunque gran parte de las compras las hicieron almacenes de cadena, también hay pequeños y medianos comerciantes trayendo mercancía.
Estupiñán señala que los chinos no importan un producto en concreto, sino que compran prendas en el comercio local, las mandan copiar en su país y luego las venden a precios ínfimos. Agrega que ya son 44 inmuebles que los chinos tienen arrendados, entre la calle 10 y la avenida Jiménez con carrera 10ª y la avenida Caracas. Allí venden, sobre todo, blusas, leggins y vestidos para mujer. Geovany Moreno, fabricante de jeans levantacola, dice que trabaja con insumos importados, pero que es imposible competir con los precios de los chinos. Estupiñán comenta además que “una blusa de tierra caliente para dama le cuesta a un empresario colombiano $24.000 (sólo ponerla en el mercado). La misma blusa ellos la mandan confeccionar a China y la venden a $12.000.
Tras las protestas, Kenny Tsui, presidente de la Comunidad China en Colombia, aclara que el malestar de los colombianos se reduce a un malentendido por la diferencias que tienen chinos y colombianos a la hora de negociar en el país asiático. “No se trata de competencia desleal. Lo que pasa es que mientras un chino sabe llegar al fabricante para comprar saldos a buen precio, el colombianos lo hace en ferias y con intermediarios que incrementan sus costos entre 20 y 30 %. Además, mientras un chino busca un margen de ganancia menor (compra a $10.000 y vende a $12.000), porque le interesa vender en volumen, un colombiano vende en $30.000. Y no es contrabando, porque hemos superado ese problema. Toda la mercancía que llega a San Victorino tiene su manifiesto de importación”.
Según cifras de Fenalco Bogotá, en San Victorino funcionan 2.500 establecimientos comerciales, que generan 23.800 empleos directos e indirectos, y hay 5.000 familias comerciantes. Tsui agrega que en Bogotá hay una comunidad de 4.000 ciudadanos chinos, que se dedican al comercio en restaurantes, importación al por mayor o venta al detal. De éstos, en San Victorino hay al menos 250.