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Karen nació hace 15 años en Cartagena. Es una morena algo tímida, al menos al principio, mientras entra en confianza. Entre risas explica que le tocó salir de su ciudad natal por problemas que tuvo con otras niñas. Sus constantes peleas le granjearon pleitos suficientes como para que su mamá tomara la determinación de migrar hacia Bogotá.
Una vez en la capital, su padrastro buscó la ayuda de organismos del Distrito para que pudiera estudiar y así evitar que deambulara libremente por las calles de un sitio que se presentaba ante ella como inhóspito y frío. Fue así como Karen entró al programa Prevención y Erradicación de la Explotación Laboral, de la Secretaría de Integración Social, que con la colaboración de otros niños como ella, montó una muestra inaugurada el lunes pasado para difundir los trabajos, maltratos y pequeñas alegrías de los niños explotados laboralmente en Colombia.
El programa acoge a niños que han sido explotados laboralmente o que se encuentran en riesgo de serlo. De acuerdo con Luisa Manosalva, coordinadora distrital del proyecto, desde 2004 hasta agosto del año pasado el programa ha identificado 24.231 niños de estratos 1, 2 y algunos del 3, de los cuales 17.218 han sido explotados laboralmente y 7.013 están en riesgo de ser vinculados a algún tipo de trabajo.
Las modalidades de ayuda son tres: prevención, atención integral y especializada. Esta última corresponde a los niños que son atendidos en los 15 centros Amar que hay en las localidades de Suba, Engativá, Chapinero, Usaquén, Candelaria, San Cristóbal, Kennedy, Tunjuelito y Usme.
Aquellos que son atendidos en los centros son niños que están en riesgo, o que ya están siendo explotados laboralmente, pero que, adicionalmente, presentan condiciones especiales. Por ejemplo, los padres tienen alguna discapacidad, hay un solo miembro de la familia económicamente activo o que el adulto a cargo del menor es una persona mayor.
La asistencia que provee el programa, de acuerdo con la modalidad, va desde ayuda para lograr la escolarización del niño, pasando por talleres de derecho y construcción de ciudadanía, hasta la vinculación de los padres a trabajos comunitarios con el Distrito, donde reciben un ingreso que reemplaza el aporte del niño a la familia.
La sala principal de la exposición en el Museo de Arte Moderno se va llenando lentamente todos los días. Los espectadores la recorren con pausas, observando con atención las fotografías expuestas en las paredes. Cada tanto aparecen en los muros frases que hablan acerca de la convivencia, del respeto por el otro, de la importancia de la diferencia, declaraciones incrustadas en la solidez del cemento.
La muestra, titulada “Con los pies en el cielo”, presenta el recorrido que varios niños del programa hicieron, cámara en mano, por la localidad de San Cristóbal. El resultado es un redescubrimiento de sus territorios, algo así como el trazado visual de su geografía más íntima.
Los rostros de los niños que visitan su propio trabajo, expuesto en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, irradian una especie de sorpresa, como si acaso hubieran mirado en un espejo que trajo de vuelta una imagen más bella y plena de la que esperaban.
Entre los asistentes se encuentra Karen. Sus manos grandes, llenas de anillos, sostienen una cámara de video mientras graba a uno de sus compañeros, quien explica cómo fue hecha la joyería que yace bajo el vidrio de la vitrina de exposición.
Para ser una adolescente que se ha mostrado cautelosa, casi desconfiada, ahora la emoción inunda a esta morena a medida que se esfuerza por captar cada palabra de su compañero, cada gesto que delata en él un cierto conocimiento acerca de un oficio milenario.
Junto a la vitrina en donde se encuentran las piezas de joyería, hay una pequeña mesa con cuadernos decorados con historias escritas por los niños. Algunos relatos hablan acerca de seres fantásticos, de ficciones que son posibles sólo dentro de un universo donde las reglas son una noción distante y anónima. Otros son historias nacidas directamente de la crudeza y el horror con los que late el corazón del conflicto colombiano, pesadillas que pululan en el pasado de aquellos que han sufrido la guerra en carne propia.
A lo largo de la exposición, a través de las fotografías y de las historias de los cuadernos, hay una búsqueda por un sentido de pertenencia. Las piezas que componen la muestra reflejan una preocupación por definir el papel de la comunidad: la pregunta, entonces, es por el colectivo.
Hay en aquellos niños una inquietud acerca de la construcción de ciudad desde la integración de sus ciudadanos, de cómo erigir un lugar en donde las oportunidades sean para todos, una Bogotá que represente el lugar donde el futuro no sea un pesado fardo, sino el augurio de mejores cosas por venir.