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Las serpientes cascabel reaccionan de forma muy particular a los incendios. No son como los demás animales, que corren apenas sienten el olor a pasto quemado. Estas víboras, que abundan en las rocosas laderas del alto Magdalena, en Cundinamarca, protegen su territorio, se enfrentan al fuego, intentan morder las llamas y, finalmente, mueren calcinadas. Una técnica parecida, aunque con más herramientas a su disposición, usaron los bomberos de Tocaima para controlar los cinco incendios forestales que ha sufrido el municipio en el último mes. Con palas, azadones y extintores de mochila se acercaban tanto como les era posible a la línea de fuego, con la esperanza de que retrocediera a tiempo para no lesionarlos.
Ciertamente, apagar un incendio en Cundinamarca es diferente a hacerlo en otros territorios. El impredecible viento montañés hace que el fuego no sólo corra sino que salte como si se tratara de un caballo salvaje. Los bomberos no saben en qué dirección irá o si la brisa hará que pequeñas ramas incendiadas salpiquen en una dirección completamente aleatoria iniciando nuevos focos. De nada sirven las técnicas de los bomberos de las costas estadounidenses, quienes calculan el recorrido del fuego, se adelantan en el terreno y arman barreras para que las llamas no se propaguen. Tampoco pueden depender de los helicópteros, ya que no siempre están disponibles para los municipios más pequeños. Por eso los bomberos deben enfrentar el fuego cara a cara, como las serpientes cascabel.
Tocaima no es el único municipio afectado. En lo que va corrido de la semana, Cundinamarca ha soportado 25 focos activos de incendios. El fuego dejó un saldo de 24 casas quemadas, dos bodegas afectadas y 1.325 hectáreas de cultivos y terrenos con serios problemas agrícolas y ambientales en los últimos 15 días. Además, las conflagraciones llegaron en mal momento: justo cuando 19 municipios están en alerta por sequía. Esto no es coincidencia. La prolongada temporada de sequía volvió el territorio más vulnerable al fuego, pero no fue la causa de los incendios.
Autoridades como la CAR y el cuerpo departamental de bomberos explican que Cundinamarca cuenta con flora húmeda propia de los países tropicales. Como los árboles no contienen altos porcentajes de aceite es muy difícil que los incendios se originen por acción de la naturaleza. Es decir, el fenómeno de El Niño ayudó a la propagación del fuego, pero fueron los pobladores quienes lo iniciaron.
Quemas descontroladas
Diego Cuéllar, secretario de Ambiente de Tocaima, explica que muchos agricultores siguen usando la “quema controlada” para preparar la tierra para la siguiente siembra. Esta práctica es perjudicial, no sólo cuando se propaga el fuego y se convierte en incendio forestal; también tiene pésimas consecuencias para el suelo cuando se mantiene en la zona estipulada. Al quemar la capa vegetal, la tierra queda completamente desprotegida ante la erosión y no almacena la humedad correctamente. Esto con el tiempo la vuelve árida y perjudica las aguas subterráneas. Es cierto que, si se hace correctamente, las cenizas que quedan del fuego alimentan el suelo, pero repetir la operación cada año tiene el efecto contrario.
El problema se ha vuelto tan recurrente que se han registrado varios incendios en una misma zona, con uno o dos días de intervalo entre una conflagración y otra. Esto ocurre no porque el fuego dure dos días sino porque los pobladores vuelven a encender el terreno. Según cifras de la Gobernación, el 80% de los incendios fueron provocados por esta práctica, ilegal según el artículo 30 de la Ley 948 de 1995.
Otros supuestos responsables son los cazadores, quienes a veces prenden fuego en ciertas zonas para obligar a los animales a salir de sus madrigueras. Esta práctica se vuelve demasiado riesgosa en época de sequía, cuando las temperaturas de municipios como Tocaima, La Mesa y Anapoima llegan a los 45 grados centígrados. Los incendios afectan tanto el suelo como el aire, aumentando el efecto invernadero, atentando contra la capa de ozono y liberando toxinas que producen enfermedades respiratorias.
La CAR ha estado visitando los lugares donde se registraron focos para determinar quiénes son responsables y aplicar comparendos ambientales. Para Cuéllar, la solución se reduce a una mayor conciencia ambiental, “poner un poco de nuestra parte. La limpieza de sembrados debe hacerse a mano”. Si Cundinamarca no empieza a cuidar sus recursos perderá mucho más que sus serpientes cascabel.