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“Diana Poveda tiene muerte cerebral”. La noticia llegó 14 días atrás. Doña Martha, su madre, fue quien la recibió. Su respuesta inmediata fue que no la desconectaran del respirador artificial, que los milagros existen y que ella está dispuesta a esperar “hasta que mi Dios se acuerde de mi niña”.
El infortunio llegó a la familia Poveda el 6 de mayo. Ese día, Diana ingresó al hospital San José para una intervención maxilofacial. Después de muchas dudas y miedos decidió hacerse la cirugía porque su quijada cada vez estaba más pronunciada a causa de un tratamiento odontológico —el cual le alteró el crecimiento de los maxilares—. Esa alteración, le había advertido su odontólogo, le podía causar problemas de salud en algunos años.
La otra razón para operarse era la vanidad. Aquellos que la conocían sabían que Diana se preocupaba por lucir bonita. Incluso, cuando llevaba puesto el uniforme del Ejército —al que estaba vinculada como reservista— se recogía el pelo con cuidado y se maquillaba sutilmente.
La operación se extendió durante siete horas y media. A las 9:00 p.m. Diana pasó a la sala de recuperación. Y desde ese momento vendrían sólo “complicaciones”, como las llaman los médicos. Ella comenzaría a escupir sangre, según cuenta su mamá, y su ojo izquierdo estaría apagado durante mucho tiempo. Empezaron los males y con ellos los exámenes y los diagnósticos que variaban cada día.
Las primeras evaluaciones decían que durante la operación se creó una fractura que se extendió hasta la base del cráneo. “Esa fisura no se puede percibir en el momento de la intervención”, explica el doctor Carlos Humberto Pérez, director del hospital San José.
Tuvieron que pasar 20 días y muchas dolencias para que se estableciera que ese era el mal. Ya Diana estaba en su casa y doña Martha y Katerine, su hermana, sufrían viendo cómo, con cada día, llegaba un nuevo martirio para Diana. Luego le comenzó a bajar un líquido por la nariz. Los médicos establecieron que ese líquido provenía del cerebro. Otra vez al hospital y una nueva cirugía “para intentar sellar la apertura que tenía”, dice el doctor Pérez, de forma simple, para intentar explicar el caso de Diana.
Según él, en todo el mundo sólo se han presentado diez casos como el de Poveda. Ella es la número once. “Sufrió las complicaciones más exóticas que se hayan presentado en todo el mundo”, asegura Janeth Saavedra, abogada del hospital.
Mientras tanto, doña Martha sigue buscando explicaciones para los males de su hija. “El doctor Jorge Cantini (reconocido cirujano, quien hizo la operación) me dice que todo es una complicación. Para mí que una fractura se vaya hasta la base del cráneo no es una complicación, mucho más si él es un experto en hacer cirugías”.
Luego vinieron más y más intervenciones. La vieron todos los especialistas del hospital. Cada vez estaba más enferma. Primero fue su ojo izquierdo el que se apagó, luego perdió movilidad en una de las piernas, después empezó a sentir fuertes dolores de cabeza. Y así, poco a poco los males la fueron dominando, hasta que un día, mientras estaba en cuidados intensivos, después de salir de una intervención quirúrgica, sufrió dos infartos: uno de la hipófisis y otro del tálamo.
El sábado 30 de agosto le dieron la noticia a doña Martha: “Su hija tiene muerte cerebral”. La respuesta de ella fue que no desconectaran a Diana. A través de un comunicado de prensa, el hospital hace constar que “se les ha recomendado (a la familia), acogiéndose con el artículo 13 del Código de Ética Médica, suspender el mantenimiento de la función de los órganos restantes por medios artificiales”.
Katerine, la hermana de Diana, conoce el estado de su hermana, sabe que la muerte cerebral es equivalente a la muerte misma, pero dice que no pueden desconectarla. Que el amor y las creencias y la fe no se los permiten. Mientras su madre reza a diario por un milagro, Katerine continúa pidiendo claridad en lo sucedido. Quiere saber en qué momento la cirugía de su hermana se convirtió en una intervención letal. El hospital responde que se hizo todo lo humanamente posible para salvarle la vida.
Diana reposa en la habitación 22-04 del Hospital San José. Hasta allí, todos los días, llega su madre a acompañarla. Ella insiste en que viene un milagro, insiste en que vio a su hija llorar y sangrar por la nariz, y que eso es muestra de que la escucha, de que hay vida.
Comunicado oficial del hospital San José
“En relación con la atención brindada a la usuaria Diana Poveda López, nos permitimos informar a la opinión pública:
Que a la paciente se le realizó el tratamiento quirúrgico indicado para el manejo de su patología de alteración de crecimiento de los maxilares con una evolución intraoperatoria y posoperatoria inmediata favorable.
Que analizadas las complicaciones presentadas, éstas son muy raras, reportándose en la literatura mundial una incidencia promedio del 0,17%.
Que en el consentimiento informado, firmado por la usuaria, con fecha 20 de febrero de 2008, se explica el riesgo de fracturas indeseadas.
Que su reingreso se debió a una serie de complicaciones relacionadas con su cuadro de extensión de fracturas, hacia la base del cráneo, las cuales se manejaron de acuerdo con las indicaciones de las juntas médicas.
Que lamentablemente el pronóstico de muerte cerebral y su recuperación son inexistentes.