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Desolación en la calle de los petardos

De acuerdo con la Policía y algunos afectados, las Farc estarían detrás de las detonaciones del miércoles en la noche.

Santiago La Rotta
18 de septiembre de 2008 – 03:15 p. m.

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Cuando los comerciantes de la carrera 12, entre calles 15 y 16, se enteraron en las noticias de la noche del miércoles acerca de la explosión de dos petardos en este sector debieron pensar: “Otra vez”. Quienes fueron esa misma noche al lugar se encontraron con una escena ya conocida: vidrios quebrados regados por todo el pavimento, el personal de los organismos de seguridad, esa suerte de intrincado abecedario que aparece cada vez que algo anda mal y la cinta amarilla que se usa para acordonar el área de la desgracia. “Otra vez”.

En Semana Santa de este año quienes frecuentan este sector, en su mayoría comerciantes que atienden las ferreterías y los sitios de venta de artefactos electrónicos que hay allí, sintieron una brizna de terror al pasar por el sector. En ese entonces otro petardo, dejado en la misma esquina fatídica, arrasó con las ventanas de los sitios aledaños. Tres explosivos  en siete meses. Ni Dios ni el terror juegan a los dados. En este punto nadie cree en las coincidencias, en las repeticiones aleatorias.

La noche del miércoles el general Rodolfo Palomino, comandante de la Policía Metropolitana, aseguró que las Farc estaban detrás de las explosiones, que todo se trataba de un asunto de extorsiones y cobro de vacunas.

Ayer en la mañana, mientras los organismos encargados recogían los vidrios rotos, las voces se habían callado. Los comerciantes hablaban casi por obligación, respondían esquivamente las preguntas, las palabras salían casi a pesar de ellos. Nadie daba una razón exacta, un indicio certero acerca de los posibles autores del atentado. Como si se tratara de un día más, parte de una elaborada rutina, todos se levantaron a trabajar, la única diferencia era que, además de las ventas, las tareas del día incluían remoción de escombros.

Alguien, mientras miraba un edificio al que se le rompieron todos los vidrios, dijo, como quien habla del clima o de fútbol, que parecía que sí había sido gente de las Farc. “Alguien del sector salió esa noche hablando en un medio, dando su testimonio, y a las pocas horas recibió una llamada de alguien que le dijo que silencio, que ahí les habían dejado el paquete”. Otros, confrontados por una pregunta, se miraron a la cara: “Se dice el santo, pero no el milagro”. No dijeron ni el hacedor ni la obra.

Algunos, incluso, negaban la existencia de los sonados panfletos, que supuestamente les han llegado a ciertos comerciantes desde hace meses. Después de un momento, mirando hacia otro lado, dijeron que de pronto sí le habían llegado a alguien, pero que no era a ellos: “Vaya y busque en la otra esquina”.

“No entiendo por qué, si es gente que tiene recursos, no instala cámaras o algo, porque esto se está convirtiendo en una rutina. Alguien viene, pone una bomba y todo sigue como si nada, por más que la Policía haga presencia en el sector y hace sus investigaciones. Van dos”, afirmó enojado un vecino del sector.

En medio del estruendo de los manifestantes que formaban parte del paro judicial y que transitaban a pocos metros del lugar hacia la Plaza de Bolívar, los comerciantes del céntrico sector de la ciudad se veían tranquilos, observaban pasmados cómo los encargados de la limpieza acumulaban bolsa tras bolsa de vidrios.

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