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Despedida al Padre de la casa

Después de trabajar 40 años por los niños y jóvenes pobres de la capital, el Padre abandona su labor.

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El padre Javier de Nicoló confesó que ya le estaba fallando la memoria, por eso, seguramente, no recuerda los nombres de las 110 niñas que viven en la Unidad Educativa la 78 (esta fundación hace parte del Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud – Idiprón). Quizá no sabe quién es Luisa Patiño, la joven de 17 años que lleva seis en la institución y que llora porque esta semana el Padre declaró que no estará más con ellas.

Luisa se seca las lágrimas con la manga de su buzo blanco de lana. La nariz colorada no la puede disimular. Luego protesta por la decisión, dice que le parece injusto que el Padre tenga que renunciar por la edad, “dicen que se tiene que ir porque tiene 80 años. Todos saben cuál es su edad, pero nadie conoce lo que él tiene en el corazón”. Ahora que controló el llanto corre hacia el corrillo de niños que rodea al padre De Nicoló. Ya no habrá lágrimas. Sólo cantos y risas para despedirlo.

Esta semana el Padre fue protagonista en los medios de comunicación —él lo sabe y se ríe cuando se lo recuerdan–. La versión que circuló por los pasillos del Concejo y de la Alcaldía aseguraba que el retiro del religioso era forzoso, que respondía a un derecho de petición de un funcionario del Distrito que argumentaba que el Padre debió jubilarse hace más de una década, como reza la ley para los servidores públicos. Él ni desmiente la versión, ni la refuerza. Responde a la polémica con una frase en italiano que luego traduce al español, palabra por palabra: “Esto me tiene hasta los huesos, pero no puedo llorar”. La afirmación, que sonaría como un lamento, le produce risa.

Luego responde, elocuente y sin titubear, que lo que pasó puede tener algún interés político, “pero yo no me fijo en esas cosas. Sólo digo que quiero renunciar para descansar, para hacer otras cosas, para sentirme libre”. Además, afirma que es muy sencillo entender lo que está pasando: “Tengo 80 años, estoy muy feliz con lo que he hecho, pero estoy reclamando mi derecho a ser libre, tengo mucho que hacer con los niños pobres de otras ciudades”. La renuncia ya está firmada. El 30 de septiembre el religioso dejará el Idiprón.

Después abandona la seriedad para hablar de otras cosas. “¿De mi vida, quieren hablar de mi vida? De eso ya he hablado mucho”, dice de forma jocosa. Entonces repite una y otra vez una expresión que delata su origen: “Mamma mía, mamma mía… aquí ya no hay un Padre completo, hay medio Padre”. Finalmente no se resiste a hablar de su historia. Dice que es hijo de un soldado que fue herido tres veces en la Primera Guerra Mundial, que una de esas heridas, letal, dejó a su madre viuda a los 28 años. Ella se llamaba María Lattanzi. El soldado de guerra era Pedro de Nicoló.

Y así, el Padre va revelando su pasado sin necesidad de más preguntas. Narra los episodios de su película con nitidez prolija. Dice que tuvo cinco hermanos: tres mujeres y dos hombres, y que todos los varones de la familia —menos él— resultaron enfilados en la Segunda Guerra Mundial. Para ese tiempo él tenía 12 años y vivía en Bari, una provincia al sur de Italia. Cuando

se acabó la guerra ya tenía 18 años y todavía no había decidido qué hacer con su vida. Sólo pasarían unos meses para que su destino se definiera. Se uniría a la comunidad de los Salesianos, rechazaría varias propuestas de sus maestros para que siguiera el oficio del sacerdocio. El “sí” vendría mucho tiempo después. “La respuesta llegó cuando abrí los ojos y me di cuenta de que quería dedicar mi vida al servicio de la comunidad. Quizás ustedes no entiendan eso”. Y luego agrega con risas: “Es que yo ni siquiera sé con quién estoy hablando. Una debe ser protestante y otra islámica”, les dice a sus entrevistadoras.

Pero vuelve a encaminar la conversación en el otro episodio de su vida que fue definitivo: el viaje a Colombia. Ya había oído hablar de ese país en boca de un sacerdote misionero que llegó a España. El religioso habló del clima, las hermosas mujeres y las frutas tropicales del país latinoamericano.

Y luego, para resumir, para no tardar mucho y poder ir a cantar y a jugar con las niñas, dice que viajó a Cali y después a Bogotá. Allí, estaría a cargo del Idiprón, atendería a más de 50 mil menores de edad habitantes de la calle o en estado de vulnerabilidad.

Una de ellas es Luisa Patiño, quien tiene 17 años pero aparenta muchos menos. La adolescente, vestida de buzo de lana, falda hasta la rodilla, medias y sandalias cafés, se confunde con las otras 109 niñas que viven en el hogar del barrio Santa Sofía. Cuando el Padre sale a la cancha donde todos juegan, los más pequeños se le abalanzan. Las más grandes, como Luisa, lo rodean y lo observan y le sonríen sin interrupción. “Padre, Padrecito”, lo llaman, le gritan para captar la atención del viejo de 80 años que dice estar perdiendo la memoria, pero nunca las energías para jugar con los pequeños. La voz sí la tiene desgastada. No por la vejez, sino por la ardua tarea de darles instrucciones a sus 110 niños.

El padre De Nicoló sabe que las niñas están al tanto de la noticia. Por eso está haciendo de tripas corazón para que la despedida no sea dolorosa. Lo que menos quiere, aclara, es que con su partida los menores quieran ir detrás de él y corran el riesgo de volver a las calles. Entonces prefiere pensar que el 30 de septiembre todavía es una fecha lejana. Que faltan muchas tardes de serenata en el patio de la fundación. Que terminará su vida cumpliendo la promesa que hizo 60 años atrás, cuando por quinta o sexta vez le propusieron seguir el oficio sacerdotal: servir a la humanidad. “Quizás eso ustedes no lo entiendan”, dice antes de despedirse con una risa inagotable.

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