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Donde Bogotá se viste de ruana

La zona fue por años el corredor de la guerrilla y aún vive las consecuencias del conflicto armado.

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Hubo un tiempo cuando los habitantes de Sumapaz sabían que sus vecinos eran los encargados de cuidar a los secuestrados, cuando era común ver en las tiendas a grupos de guerrilleros tomando cerveza, cuando los pequeños jugaban fútbol con jóvenes armados que habían decidido vivir en la frialdad del páramo antes que quedarse en las escuelas, cuando se veían pasar por las carreteras (que conectan con los departamentos del Meta, Huila y Tolima) caravanas de camionetas cargadas con todo tipo de alimentos, armas y artefactos explosivos, y cuando los líderes locales y policivos tuvieron que huir del sector debido a las constantes presiones de los grupos armados ilegales.

Para estos bogotanos que andan a caballo, cocinan en fogones de leña y dedican su vida al trabajo del campo, los tiempos de la guerra quedaron en un pasado que prefieren no recordar, pero que de vez en cuando los acecha. Desde 2003, cuando llegó el Batallón de Alta Montaña para retomar el control de la zona, los sumapaceños supieron que era el comienzo de una nueva era. Con la aparente tranquilidad volvieron los líderes locales, el Distrito comenzó a volcar su mirada hacia el páramo y los habitantes de Sumapaz dejaron de mediar entre los actores de la guerra.

“Antes las cosas eran muy difíciles. Todavía quedan algunos rezagos del conflicto armado, como sucede en el resto del país, pero por lo menos ahora se puede trabajar en paz”, dice Marco Alfonso Bejarano, principal autoridad policiva del corregimiento de San Juan, una de las tres zonas pobladas con que cuenta la localidad, mientras mira desde su despacho a unos pequeños de mejillas coloradas que con cada pase del balón agitan sus ruanas.

Sin embargo, el miedo y la desconfianza hacia los hombres de camuflado siguen presentes entre los ciudadanos. “En la Semana Santa de 2005 tres jóvenes que vigilaban un grupo de ovejas fueron capturados por el Ejército. Días después, sus cadáveres fueron identificados como guerrilleros dados de baja en combate. Desde ese entonces, cada año se les hace un homenaje. En este momento el caso está en la etapa de juicios y hay ocho militares sindicados”, relató la alcaldesa Reinere Jaramillo.

En este sector viven los bogotanos del páramo, los que nacieron en una de las reservas hídricas más grandes del mundo, los únicos capitalinos que hasta el año 1993 no conocían la electricidad, los que en las escuelas , además de estudiar matemáticas, español y ciencias, aprenden la importancia de cultivar la tierra, respetar el ecosistema y conservar el agua.

Los cachacos que todavía visten de ruana y tienen en sus armarios tiples, guitarras y guacharacas para animar las reuniones con su música carranguera. Campesinos de la Bogotá rural, como ellos mismos se llaman, pues la distancia con la capital de los grandes edificios y el tráfico desordenado es tanta, que a pesar de ser la localidad número 20 de la ciudad, la más grande de todas, ellos antes que bogotanos se consideran gente del Sumapaz.

Allí las autoridades locales no deben lidiar con problemas de hurtos, invasiones del espacio público, venta de estupefacientes o pandillas juveniles. En Sumapaz los problemas más comunes son por los límites de las cercas, el ganado que se pasa de predio a predio, los perros que se comen las gallinas de los vecinos y los roces con los militares.

“Acá la gente se queja de que en las noches los uniformados se les roban las ovejas y vacas, contaminan el páramo y arrancan las hojas de los frailejones  (la planta típica del páramo que tiene como función conservar el agua) y las utilizan para protegerse del frío debido a sus cualidades térmicas”, asegura el corregidor Bejarano.

La alcaldesa local reconoce que esta es una de las mayores molestias de la comunidad: “La Personería recibe muchas quejas de la comunidad hacia los uniformados. Cada mes nos reunimos con el Ejército y les informamos la situación. Desde las cúpulas se dice que sí se está respetando a la gente, que ellos no son los que se roban el ganado. Los militares argumentan que después de tantos años de guerra, cambiar el imaginario que la gente de Sumapaz tiene de ellos lleva tiempo”.

En el último mes el rumor de que habían vuelto a comenzar los enfrentamientos entre el Ejército y la guerrilla desveló a los habitantes. “En la vereda de Las Sopas y Los Ríos, corregimiento de Nazareth, se han presentado explosiones”, dijo en voz baja el corregidor de San Juan. La alcaldesa, por su parte, reconoció que tenía informes de estas actividades y dijo que la primera mina quiebrapatas explotó a mediados de julio y dejó una vaca mutilada. La segunda fue activada por un militar a principios de agosto.

Hace 15 días el alcalde Samuel Moreno, acompañado de sus secretarios, se desplazó hasta Sumapaz. En su visita los funcionarios recibieron las quejas de la comunidad, disfrutaron de la cultura campesina y transitaron por las mismas carreteras que hace unos años construyeron y dominaron los grupos armados ilegales. “Si a mí me preguntan cómo está la situación de seguridad en Sumapaz, yo tendría que decir que es normal. Sé que el Ejército adelanta operaciones en la frontera con el Huila , pero son actos normales que tienen como fin impedir que entren las milicias a la zona”, dijo  la secretaria de Gobierno, Clara López.

El renacer de una comunidad

“Hasta la década del 90 fuimos campesinos, habitantes de “la cueva” a la que no llegaban la electricidad ni las redes telefónicas, pero éramos felices. En el gobierno de Pastrana todo cambió”, dice nostálgicamente Alfredo Díaz, el presidente de la Asociación de Juntas.

Para ese entonces los únicos que quedaron en el páramo fueron los habitantes, los funcionarios del hospital y los maestros, quienes nunca dieron su brazo a torcer. En el conflicto aprendieron las fórmulas para encantar a sus alumnos con el conocimiento y les enseñaron que las mejores armas eran los libros y la razón. De esta forma, lograron que los jóvenes desistieran de su idea de unirse al conflicto y consiguieron que el 99% de los niños campesinos estuvieran escolarizados.

La comunidad se volvió fuerte, las mujeres tomaron el liderazgo. Comenzaron a nacer las asociaciones y grupos de líderes y fue así como resistieron más de 10 años de conflicto. “Nosotras comenzamos a unirnos porque queríamos que los muchachos salieran adelante y estuvieran lejos de las armas”, dice Delia Ilanón de Romero, líder comunal.

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 En este momento hay tres corregidores y este año, después de casi una década sin elecciones, los sumapaceños pudieron volver a escoger a los líderes de las Juntas Administradoras Locales. “Los habitantes se quejan de que ahora la violencia viene de parte de los militares, pero son tensiones que se irán nivelando con el tiempo”, dice el corregidor.

Con los años la Bogotá de las ruanas, los sombreros campesinos y los hombres, niños y mujeres de mejillas coloradas y manos frías ha ido dejando de lado la estigmatización que la caracterizó por años. Con el tiempo le ha ido mostrando a los ciudadanos que más que fichas en el conflicto armado son los guardianes del agua, los habitantes de una “metrópoli” rural que muchos no conocen y que por el miedo ha sido olvidada entre la inmensidad del páramo.

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