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El día que el Colón recibió a Stravinski

A partir de este domingo y durante tres años, el Teatro de Cristóbal Colón hará una pausa en sus actividades para someterse a una restauración e intervención estructural.

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La única y última vez que Igor Stravinski se presentó en el Colón, por allá en los primeros días de agosto de 1960, llevaba entre su maletín de mano un pequeño cuadro enmarcado que tenía su propia imagen de un modo algo cubista. Era una pintura primaria de colores primarios que muchos años antes, en 1917, los guardias de la frontera entre Suiza y Francia le decomisaron, en parte por la insolencia del músico al responderles que “ese dibujito” era el plano de su cara, en parte porque eran tiempos de guerra, y durante las guerras todo es sospechoso. Incluso, el plano de un rostro.

Cuando llegó a Bogotá, los policías de aduana del aeropuerto de Techo le preguntaron qué era ese cuadro. Ya les habían advertido sobre Stravinski, “el músico vivo más importante del planeta, así que no lo vayan a importunar”. Les dijeron que no se asustaran si se ofuscaba, si de pronto se ponía a gritar o si los insultaba. Tal vez tantas precauciones terminaron por amedrentarlos y cuando preguntaron por el cuadro lo hicieron en voz muy baja. Stravinski no respondió, por supuesto. Era ruso y sabía algo de inglés, de francés y de italiano, pero sólo dos o tres palabras de español. Siguió de largo, por eso uno de sus acompañantes tuvo que explicarle a la policía que el cuadro era un retrato de Picasso. “Pablo Picasso, el pintor”, repitió, con ademanes de esto no puede ser. Stravinski ya había alcanzado la calle.

Al día siguiente, entre los bastidores del Colón que diseñó en 1885 el arquitecto italiano Pietro Cantini, y maravillado por las columnas, paredes, dinteles y el mobiliario, Stravinski sacó del maletín una vez más su cuadro. Nadie la preguntó nada. Por el contrario, fue él quien interrogó a los porteros del teatro y a una estudiante de arquitectura que quiso ir a conocerlo. Entonces le contaron que ese teatro había sido inaugurado en 1892 por el presidente de aquel entonces, un conservador que había sido liberal y que el poder acabó por cambiar, llamado Rafael Núñez. Amable, como pocas veces en su vida, Stravinski le recordó a su reducido auditorio que uno de los peores días de su vida, si no el peor, había sido el del estreno de una de sus obras más importantes, La consagración de la primavera.

Semanas antes de la noche fatal, un ruso hablador, insolente, lógico y poco talentoso, como se describía a sí mismo, conocido como Sergio de Diaghilev, les había dicho a los músicos que ensayaban la obra: “Miren a ese hombre frágil de mirada esquiva, y recuérdenlo bien porque mañana será célebre”. El día del estreno, en el teatro de los Campos Elíseos, y ante el alto mundo de las artes parisinas, con Debussy y Ravel y Cocteau en primera fila, todo el público observaba a Stravinski. Primero, con curiosidad. Luego, con desprecio. Pocos soportaron el ritmo martillado que rechazaba el expedito recurso de las emociones fáciles de la música del ruso. Silbaron. Tosieron. Sacaron bocinas de bicicletas. Algunos abandonaron sus palcos. “Usted no es más que un mamarracho”, le gritó una señora a Stravinski. “Espero que eso no me ocurra acá”, dijo la tarde del Colón, en su inglés hollywoodense. Pidió permiso y se encerró en su camerino a meditar.

La historia y su obra se encargaron de torcer aquel fracaso de París. El Times escribió tiempo después que La consagración era para el Siglo XX lo que la Novena Sinfonía de Beethoven para el XIX. Stravinski dejó de hablar de su creación. “Para qué más”, solía decir. Prefería confesar que “la música para mí es una función natural que me veo obligado a cumplir, es una organización del tiempo”. Aunque su padre era primer bajo de la Ópera de San Petersburgo, y su madre profesora de piano, el pequeño Igor se dedicó a la música porque un viejo mujik lo sedujo con sus sonidos artesanales. Según fueron pasando los años, a Stravinski lo fueron marcando otros sonidos e imágenes, como la música y la figura de Chaikovski, a quien vio una noche de ópera en Moscú, podrido ya de cólera y a punto de morir. “Fue el día más triste y más feliz de mi vida”, confesaría con los años.

Aún hoy hay quienes recuerdan que su velada en el Colón quedó registrada para siempre, más allá de que la mayoría de los asistentes no comprendieran su estilo. Las filas de gente iban hasta la Séptima. Hombres, mujeres y niños buscaban una mirada del genio, una sombra por lo menos, verlo pasar, tener un programa en sus manos. Nada de eso ocurrió. Igor Stravinski terminó su presentación y se metió detrás de una puerta, al fondo del escenario. Pasaron los minutos y las horas. Cuando los encargados de la organización le comentaron que el tumulto se había dispersado, Stravinski tomó su abrigo, su cuadro de Picasso —un amuleto de buena suerte, definitivamente— y se fue. Alguien recuerda que lo oyó decir que les tenía pánico a las muchedumbres, pues le podían robar su Picasso.

Intervenciones

1948: Cambio de la lámpara original por la actual, traída desde la isla de Murano.

1973-1976: Redes hidrosanitarias y eléctricas, gradería en concreto de la galería, ampliación del foso y de las instalaciones de camerinos, adecuación de baños y cafeterías, clausura del pozo de agua.

1992: Estudios de acústica, eliminación de alfombras en platea, palcos y galería, recubrimiento en madera de las gradas de la galería, cambio de espaldares de las sillas de platea, intervención de la Sala Mallarino.

1994: Estudios de estado de madera afectada en la cubierta, fumigación por aspersión e inyección, impermeabilización de la cubierta del teatro, estudio de pintura mural del vestíbulo.

1995: Gran donación del gobierno de Japón de sonido y luces.

2002: Reposición tipológica de la marquesina y suscripción del convenio con Fonade.

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