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En la cumbre de Ciudad Bolívar, en el barrio Verbenal del Sur, gobierna un silencio obligado, que sólo se interrumpe con el ruido de los vehículos cargados de pasajeros hasta el techo. Los habitantes de esta zona, que viven en casas de bloques de ladrillo y algunas de madera, lamentan que el tradicional ruido de las campanas de la eucaristía dominical fuera la antesala del asesinato de uno de sus vecinos más queridos: Carlos Eduardo Barrero, de 80 años, quien además de haber sido benefactor de varios residentes, tenía la costumbre de abrir las puertas de la iglesia cada domingo.
Pero no se trataba, en términos literales, de un vecino. La víctima vivía en el barrio San Carlos de Tunjuelito, pero, luego de un viaje de 40 minutos en un bus del SITP, llegaba todos los días hasta la carrera 35 con diagonal 73A Sur para inspeccionar los avances de la construcción de su nueva casa y pasar revista a sus lotes. Saludaba a la dueña de la tienda y a los habitantes que se encontraba en la vía Guabal, antes de seguir su camino. A muchos de ellos los había visto construir sus casas, incluso, a algunos les vendió los terrenos en donde ahora viven. “Era una persona servicial, de eso no hay duda”, coinciden.
Sólo los domingos, o cuando debía llevar el material para la construcción, arribaba en su camioneta gris. Más allá de la obra, su rutina también incluía visitar a su perra, Luna, una criolla negra de mirada atenta que merodea los alrededores del lugar en donde fue asesinado su amo. La alimentaba, al igual que a otros dos perros por los que velaba. Luego seguía con su trabajo hasta la 1:00 p.m.
El pasado domingo 25 de febrero su itinerario cambió de manera insospechada. Ese día no llegó en la camioneta, porque su cuñado decidió llevársela a hacerle una revisión mecánica. Viajó en bus de servicio público y llegó más tarde de lo planeado a abrir las puertas del templo níveo, que se levanta en la cima, y que él mismo construyó hace 17 años para albergar a unos 60 feligreses y que hoy pertenece a la comunidad benedictina.
Cruzó la reja azul que reza una inscripción con la ubicación (Manzana 8, lote cuatro, Guabal) y ascendió la montaña por un sendero empedrado que está flanqueado por una virgen en un altar y una cruz de madera que alcanza los cuatro metros de altura. Todo lo hizo Carlos Eduardo, un hombre que llegó hace 45 años al sector a invertir en finca raíz. “Loteaba los terrenos, los dejaba a un precio asequible para que la comunidad pudiera pagarlo. Toda la vida fue constructor empírico, porque tenía sus planos como los de un arquitecto”, dice su hija, Candy Barrero.
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La misa estaba prevista para las 11:00 a.m. En compañía de Luna, Carlos dio los primeros campanazos y esperó a que los asistentes llegaran a la eucaristía. La convicción vehemente con la que llegaba puntual todos los domingos y la afabilidad con la que entregaba refrigerios y ropa a los niños del sector hizo creer a la comunidad que, incluso, otrora hubiese sido un hombre de sotana. Estuvo unos años en un monasterio, sí, pero sólo el deseo de formar una familia se equiparaba con su religiosidad mariana.
Como siempre, cuando empezó la eucaristía, Carlos Eduardo se ubicó en la parte posterior izquierda del templo. Transcurridos unos 15 minutos, cuando el sacerdote iba en el primer versículo, Carlos desapareció. Una niña le avisó en ese momento a su mamá que debía ir al baño y salieron de la iglesia. De pronto, encontraron el cuerpo tendido de la víctima a tres pasos de la entrada de la iglesia: estaba bocarriba y tenía impactos de bala en su cabeza. Pero nadie escuchó nada, por eso se ha especulado que alguien lo llamó y que su asesino empleó un silenciador para matarlo.
La eucaristía fue interrumpida mientras los asistentes veían cómo se le iba la vida a Carlos Eduardo por la boca. Luna, que se caracterizaba por no ladrar, profirió aullidos ensordecedores y aguardó acostada mientras la Sijín de la Policía hacía las labores de levantamiento del cuerpo. Sobre las causas del asesinato, sin embargo, nadie habla. Al preguntar por ello, en el barrio cierran las puertas, bajan las cortinas de las ventanas y cortan la conversación. “Usted no se ponga a dar información sobre cosas que pueden ser un problema para nosotros”, le reclama un hombre a su esposa, a pocas casas de la tienda del barrio.

Carlos Eduardo Barrero, de 80 años, fue hallado sin vida frente al templo que construyó hace 17 años. /Archivo particular
Y quienes deciden hablar, claro, piden que su identidad no sea revelada. Hay testimonios, sin embargo, que indican que ese día Carlos Eduardo fue abordado por un hombre de chaqueta azul. “Se escucharon como unos chispazos, ni siquiera sonó como disparos de arma de fuego”, dice un testigo. “Al tipo lo vieron acompañado de unas cuatro personas”, es todo lo que se atreve a agregar. Prefiere interrumpir la conversación. Su silencio es diciente: tiene la certidumbre de que permanecer un rato más con un extraño que le pregunta sobre las causas del crimen puede ser motivo suficiente para que su vida corra peligro.
Aunque la Policía advierte que no se trató de un robo, debido a que nadie (ni los familiares de la víctima ni los feligreses) reportó la pérdida de sus pertenencias, precisó que aún es muy prematuro para establecer las causas del crimen. Su familia insiste en que la víctima no tenía dinero ni cuentas bancarias y que su único activo, además de sus predios, eran las mensualidades de $100.000 o $200.000 que les pagaban quienes adquirían sus lotes.
Pero entre las líneas de la investigación no se descarta que una organización vinculada con la banda delincuencial Los Tierreros (dedicados a invadir predios públicos y privados para venderlos por partes) esté detrás del crimen. Esto, debido a que hace unos tres meses Carlos Eduardo le comentó a un allegado que lo querían obligar a firmar un documento con el que podría perder sus propiedades.
Ante la amenaza de la impunidad sobre los hechos que rodearon su muerte, quienes lo conocieron piden con un dejo de aprensión que la justicia debe ser la retribución por las obras que Carlos Eduardo Barrero le dejó a la comunidad.