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Cuando llama Palomino, es porque algo pasó. Al teléfono, y sin rodeos, me dijo: “Tenemos un secuestro. Un niño de año y diez meses. Tres hombres armados ingresaron a un edificio y amordazaron a la empleada y al vigilante. Se lo llevaron en un taxi de la 80 con 15. Los estamos buscando”.
Confieso que desde el pasado primero de enero son muchas las horas extras para cumplir con todas las acciones que demanda este cargo. A veces, son tantos los problemas que parar un minuto para atender alguno de ellos en particular es un lujo. Y en ese momento mi cabeza estaba en las discusiones del Plan de Desarrollo, en donde, precisamente, uno de los debates era el tema de infancia. Y esto era muy grave.
La apuesta es que en estos cuatro años de mi gobierno se inviertan 10 billones de pesos para los niños, niñas y jóvenes, y que con esta apuesta se sienten las bases de una ciudad nueva. Pensé en esta meta y pensé en el pequeño Joel, en sus padres, en mis hijos, y supe que todos los esfuerzos, las discusiones o la inversión proyectada no tienen sentido si la ciudad no es consciente de la gravedad de un hecho tan horroroso y cruel.
Por eso convoqué a todos los medios de comunicación, a quienes tengo que agradecer la interrupción de sus programaciones habituales para dar la noticia y por la labor que adelantaron para lograr la solidaridad de la ciudad y del país. Gracias también a la red de apoyo de los taxistas, a la vigilancia privada y, en general, a la ciudadanía; una ayuda definitiva para el feliz regreso del niño.
Una de la tarde del jueves 29. Nuevamente al teléfono estaba el general Palomino; esta vez, afortunadamente, era para darme la noticia que estuve esperando durante 26 horas: Joel Paolo estaba libre. Lo rescataron en Bosa. Cinco personas fueron capturadas. Un público y merecido reconocimiento a la eficiencia de nuestro cuerpo de policía.
Cuando abrazaba a Joel en el hospital, pensaba: “Si entre todos trabajáramos en equipo, como lo hicimos, la labor de las autoridades sería más oportuna y eficaz. Nuestros niños y niñas dejarían de ser víctimas del maltrato y estarían a salvo de la explotación y del delito”. Esta liberación tiene que ir más allá.
Debe ser una enseñanza y una luz de esperanza que genere una reflexión colectiva. Vencimos a los criminales. Somos más los buenos. Somos una fuerza gigantesca y poderosa, de siete millones de personas, que podemos acabar con la delincuencia. Para vivir en una ciudad sin miedo, la seguridad es una responsabilidad de todos y todas.