Publicidad

Historias mínimas

La Red de Verjones agrupa a más de 35 familias que producen, sin químicos y con métodos tradicionales, diferentes variedades de especies nativas.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Decían que había llegado un loco, uno de esos mechudos con barba y pantalones raídos y gorrito de lana, de los que se compran los gringos en los mercados de artesanías. Venía acompañado de tres personas. Todos parecían de esos hippies que nada tienen que hacer y se van al campo, bien lejos del trabajo y la ciudad. Claro que sí, ése, el mechudo canoso, ese seguro está loco porque ¿qué tiene que venir a hacer por acá al Verjón?

El proceso, como todos los grandes cambios, comenzó lentamente y lleno de errores. El objetivo: dedicarse a la tierra, al cultivo sostenible de los ricos suelos de los cerros orientales. El método: la siembra tradicional, como si fuera hecha en 1950. El reto: no utilizar químicos, no dañar el medio ambiente y convencer a las autoridades ambientales de que la finca, con la casa recién construida, no era una amenaza para la Reserva Forestal Protectora.

La primera cosecha de papas que Jaime Aguirre sembró en su finca, convenientemente llamada Utopía, produjo fríjoles. Ensayo y error. Una década después cultiva 60 variedades de papas, todas de la región, además de un largo etcétera de tubérculos y vegetales nativos. Una década después de su llegada a la vereda Verjón Bajo, al otro lado de los cerros orientales, en la localidad de Chapinero, el loco mechudo es hoy uno de los integrantes de una suerte de movimiento que involucra a más de 35 familias dispersas en un área de 2.500 hectáreas, en donde se siembra tradicionalmente con la firme convicción de que no sólo es un oficio digno, sino el único posible para preservar esa tierra negrísima y espesa de la que parece más devoto que beneficiario.

Poquito a poco y muy lentamente, como dice la canción, el discurso articulado de este neocampesino (la denominación que Aguirre prefiere) de palabras amables con estudios en biología, sociología y economía comenzó a calar en varios de sus vecinos de parcela y en algunos funcionarios de la Corporación Autónoma Regional (CAR), que deben velar porque en los cerros no se construya, pues la denominación de Reserva Forestal Protectora así lo impone.

En un país aficionado a la norma, en donde el deporte nacional es la derogación y creación de leyes, la experiencia de una comunidad entregada a la agricultura tradicional se convirtió en ejemplo tangible de que es posible habitar las reservas. En últimas, lo que Aguirre prueba con resultados contundentes es que en el marco de la preservación ambiental es posible, incluso necesario, contar con la presencia del hombre en los territorios que se quieren salvar del hombre mismo.

Hacen falta hombres particulares, comprometidos con la causa de la tierra. Hippies, sí, tal vez. Campesinos, definitivamente. Se necesitan ex gerentes de multinacionales como la Ford Motor Company, en donde Aguirre hizo una lucrativa carrera antes de convertirse al credo del azadón y las botas de caucho, junto con politólogas y antropólogas, como Adriana Cabrera, su compañera de andanzas en eso de la vida simple, no fácil ni sencilla, pero sí simple.

Con sus vegetales orgánicos, de tamaños y colores inusitados, Aguirre logró el apoyo de la Secretaría de Desarrollo Económico, además del de la CAR, y hoy tiene armada la Red de Verjones, que de ninguna manera es una cooperativa “porque ahí siempre hay un presidente que mangonea”. El 70% de lo que consumen él, Adriana y sus hijas, Neva y Niyala (siete años y siete meses, respectivamente), es producido en su misma finca. Los productos de la Red se comercializan en mercados veredales en Choachí o en la vía a La Calera y alista la puesta en marcha de una comercializadora que llevará el producido de estas fincas directo a la ciudad, a una fracción del precio del resto de la oferta de alimentos orgánicos porque, después de las transnacionales, la prioridad no es el dinero, sino la conservación de esa tierra buena y generosa. Incluso hay un proyecto incipiente de hacer una red de distribución en el interior de la misma CAR, en donde algunos empleados se han interesado por la mercancía de Aguirre y sus vecinos.

El viaje emprendido por Aguirre y la Red es, en últimas, aquel que habla no sólo del regreso a la tierra, a una serie de valores y técnicas lejanas al glifosato, sino de la opción de habitar sosteniblemente aquellos espacios que se intenta proteger del avance desenfrenado del progreso, que ruge y escupe ciudades y edificios. Velar por la tierra y sus modos de vida no es un asunto exclusivo de las instituciones y las normas. Aguirre mismo lo dice: “El Estado no tiene con qué proteger todo esto”.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido