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No conozco a Aníbal Vallejo Rendón. Me gustaría conocerlo. Y hablar con él. Eso, en apariencia, debería ser fácil. Incluso, la condición de antagonistas se prestaría mucho para poder hacerlo. Sentarnos en torno a un café (a muchos cafés) y discutir sobre un tema que nos une y nos separa. A Aníbal, por lo que me han dicho de su libro De capa caída, le gustan los toros. A mí, también. Él los defiende. Yo, también. Él es antitaurino. Yo soy taurino. Sí, estamos en las antípodas. La línea que, en principio, nos une, es la que se encarga, luego, de separarnos. Pero es la misma línea…
¿Cuál es el problema? No es el tema en sí. El lío es el tratamiento y el tono de la discusión. Los medios, y ahora lo hace El Espectador, juntan gente a plantear argumentos a favor y en contra de las corridas de toros. Y ya sabemos todos en qué termina la cosa. Como debe ser, cada uno se queda con lo que trae, pero el debate es pobre. Mejor, pobrísimo. Y es que casi siempre las partes entran en el terreno de la bravura, que está bien en los toros de lidia pero menos en los seres humanos, y la descalificación es la que termina saliendo a hombros. Quién sabe si este resultará tal. Casi seguro, sí. Más aún cuando Aníbal y quien escribe entraremos a decir cosas sobre un estigma, el que nos han puesto enfrente.
Me han invitado a decir algo a favor de la fiesta de los toros. Hablemos entonces del toro. Debería ser suficiente. Sin embargo, ni él mismo alcanza para defenderla. Tú, eso espero Aníbal, debes conocer muy bien por qué. El toro es el gran protagonista de esta polémica sin fin, pero, qué paradoja, a la vez es el gran desconocido.
Y cuando digo polémica sin fin no me refiero a lo que nos queda por delante hasta cuando el alcalde Gustavo Petro nos devuelva la Santamaría y cumpla la palabra que empeñó, tras el fallo de la Corte Constitucional. Hablo de lo que ha contado la fiesta de los toros a lo largo de siglos en su lucha por sobrevivir a la censura. La Iglesia Católica intentó prohibirla cuando los papas eran más poderosos y menos buenos que Francisco. No pudo. Tampoco los Borbones, que le dieron la espalda. Ya en otros tiempos, António de Oliveira Salazar y Fulgencio Batista se opusieron a las corridas. Con diversa suerte. En Portugal, las corridas se mantuvieron, con castigo pero sin muerte en el ruedo (y algo peor, tras un examen veterinario al día siguiente). Y en Cuba desaparecieron, aunque la isla nunca fue potencia taurina.
Eso sí, a uno de los que tumbaron la dictadura de Batista, el médico Ernesto Guevara de la Serna, le gustaban. Ahí están las fotos de él, ya conocido entonces como ‘Che Guevara’, en el callejón de la plaza de Las Ventas de Madrid. Fiel a sus ideas, a su boina, a su guerrera verde y al infaltable puro (mejor si fue un cohíba), apretado entre los dientes del que nadie discutía como auténtico comandante.
Pero me desvío, ese es el problema de los toros. Te acometen por la derecha y, luego, por la izquierda. Y si pestañeas, te miran de frente y te echan mano. A veces, a traición, porque como en la vida, hay mansos con peligro.
El toro, Aníbal, nuestro toro, el tuyo y el mío, es, ya lo dije, un desconocido. Para todos. Primero, para nosotros, los que lo lidiamos como espectadores en las plazas. Y para ustedes, que dicen defenderlo. Nosotros, no hablo de los criadores ni de los lidiadores y otros vastos conocedores (yo soy un aficionado al que le dan la oportunidad de escribir), conocemos muy poco sobre cómo se cría, cuál es su hábitat o, por ejemplo, cuánto vive en promedio por encima de sus hermanos de carne, esos que terminan en el matadero y luego van a la mesa de nosotros, los carnívoros.
Y lamento decirte, si quieres lo ponemos en la agenda de un posible encuentro, que ustedes desconocen aún más qué es el toro de lidia. De pronto tú no, pero admite que quienes se atrincheran y atacan (en lo que llaman su defensa, eso sí, cada año) en las puertas de las plazas, no han visto jamás un toro bravo en el campo. ¿Serviría eso para algo?, te preguntarás. Claro que sí. Estoy seguro de que quienes defienden a los elefantes y a los rinocerontes de la infame persecución de cazadores que van tras sus colmillos, saben mucho más sobre elefantes y rinocerontes que el resto de esta humanidad, tan poco doliente como hipócrita.
Quizás entonces quienes nos tildan de “¡asesinos!” se llenen de razones mucho más sólidas para saber por qué nos gritan eso y cosas peores, y por qué respaldan intentos prohibicionistas que, lo acaba de decir la Corte, no prosperan por una sencilla razón: la actividad taurina es legal y, como tal, está protegida por la Constitución. Por supuesto, contra ella caben todos los recursos. Hablo de los legales, no de las alcaldadas y similares. Sabemos que ahora vendrán más demandas, pero, mientras todo se dirima en los tribunales, estará a salvo algo más que los toros, la propia democracia.
Buen tema también ese del prohibicionismo y sus riesgos. Pero no menos el del toro de lidia y su mundo como objetivo político. Esa es una realidad. Ni en Cataluña, ni en San Sebastián, ni en Quito, ni en Bogotá se impuso el antitaurinismo, tampoco el animalismo. Ganó el facilismo de hacer la política a costa de coartar los derechos de una minoría. Lo de Cataluña y ‘Sanse’ tiene tras de sí una sola bandera, la del independentismo. Hoy, la decisión de Cataluña corre riesgo de caerse. San Sebastián es una isla en una región entre las más taurinas del norte de España. La meta de Rafael Correa de borrar los toros con el plumazo de un referendo, ganó en Quito pero perdió en el resto de Ecuador.
De Bogotá, ya sabemos. Es que ir contra los toros da popularidad, pero mejorar la movilidad y garantizar la seguridad en cada esquina requiere más imaginación y, sobre todo, más resultados. En otras palabras, tu tiempo es oro, tu celular es tu memoria (y a veces, la vida), los toros…
Sé que en tu libro (que compraré y leeré) hablas de la decadencia de lo que nosotros llamamos la fiesta de los toros. Pues no voy a tapar el sol con un dedo. En decadencia están muchos temas. Desde la monarquía hasta los conventos de clausura, pasando por el boxeo y la urbanidad de Carreño. Pero si alguien apostó por allá en el 68 del siglo pasado a que Europa no tendría casas reales en el XXI, y menos con tanto boato, se quebró. Uno ve a Muhammad Ali presa del párkinson en que lo dejó el ejercicio de volar como una mariposa y picar como una abeja, pero, aparte, aguantar tantos golpes, y se pregunta por qué no prospera la idea de ponerles protectores en la cabeza a los boxeadores. Ni el despilfarro de la mayoría de casas reales ni las secuelas que deja el boxeo avizoran su desaparición, así mucha gente lo pida. A excepción de que, a fuerza de ley, tengan que recoger y marcharse. Eso mismo pasa con los toros.
Ya tengo que terminar y aún no comienzo a defender los toros o a responder eso que siempre nos pregunta la gente: ¿Por qué les gustan las corridas? No voy a contestar. Prefiero algo más neutro, más imparcial. Y para ello me voy a remitir, y a abusar, a un admirado columnista de este diario: Héctor Abad Faciolince. Estoy seguro de que nadie ha hecho mejor faena para todos los públicos que este escrito suyo, titulado “En contra” (y a favor) de las corridas (http://www.elespectador.com/hector-abad-faciolince/contra-y-favor-de-corridas-columna-216472). Lo dijo el 31 de julio de 2010, cuando recién comenzaba este rifirrafe:
“Pese a la conciencia de que nuestro comportamiento no es ‘justo’ con los animales, nos los comemos y experimentamos con ellos. Somos injustos, crueles. Sí. Tenemos que vivir con esa tragedia moral. Y tolerar las corridas, aunque no nos gusten. Tolerar las corridas es tolerar nuestra más profunda condición humana: somos crueles y violentos. De otra forma no habríamos sobrevivido. No quiero que prohíban las corridas: prefiero que se extingan”.
Sí, Aníbal, antes que prohibir las corridas, mejor que se extingan. Aunque, entenderás mi optimismo, eso va a tardar un poco.
¿Un café?