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Hasta hace un año, ‘Pirulito’ todavía jugaba “a la profesora” con Sandy Toca, la niña de 15 años que no para de llorar. Le encantaban las escondidas. Hasta hace pocos meses, también, era uno más en el tercer grado de la Institución Educativa José Félix Restrepo en la localidad de San Cristóbal, al sur de la ciudad. Un día las cosas cambiaron. El pasado martes en la noche lo encontraron muerto de cinco puñaladas. Sin chaqueta, sin zapatos, sin medias. Con un frasco de pegante en una de sus manos. “Posible ajuste de cuentas”, aseguraron las autoridades. Tenía 10 años.
Se llamaba Sebastián Durán Maceto y residía con su madre y dos hermanos en el barrio San Isidro. Su corta existencia transcurrió entre el colegio y las carencias hasta que “unas malas compañías” le añadieron a su cotidianidad las drogas y los atracos. A eso estaba dedicado exclusivamente cuando un hombre, del que no se tienen mayores pistas, lo hirió de muerte y lo dejó abandonado en un potrero cercano a su vivienda.
Ayer, a su velorio en la funeraria La Veracruz, asistieron todos sus “socios”. Todos jóvenes. Muchos niños. Algunos con gel en el pelo, aretes y tenis. La mayoría con cara compungida. En silencio, uno por uno, fueron pasando junto al ataúd y por los brazos de la señora Andrea Maceto, la desconsolada madre que intentaba calmar a sus otros dos hijos: Diego, de 13, y Miguel Ángel, de 14.
“Él sí robaba, pero a mí nunca me hizo nada. Él decía que yo era su tía. Me prometía que iba a dejar el vicio y los atracos”, cuenta Sandy, la vecina, y llora. “Estaba muy chiquito, estaba muy chiquito”, y llora más duro.
Dos puestos más allá, Diego y su amigo Luis, de 18, comienzan a hablar del supuesto asesino del niño. “Él estaba andando con un socio y el socio se lo llevó a la loma”. “Fue ese man. Todo el mundo sabe que fue él”. “Pirulito no podía de la pegateada”. “Le robó la plata que traía escondida en las zapatillas”.
— ¿Saben quién fue? ¿Lo piensan denunciar?, le pregunto a Luis.
— Nooo, eso no se denuncia. Mejor dicho, esto no se paga con cárcel.
Y Diego, lágrimas corriendo por la cara, asiente.
“Pónganle las gafitas negras, como a él le gustaba usarlas”, grita una señora, “y échenle gel en el pelo, bastante gel”. La señora Andrea sale de la funeraria a comprar el gel para su hijo muerto. Entonces, Luis relata: “Pirulito ya se había salvado, hace como seis meses. Le dispararon en la cabeza, pero la bala apenas si lo rozó”.
Aquí nadie habla mucho de su prontuario. Todos dicen que era bueno. La Policía, sin embargo, da cuenta de al menos tres estadías de Pirulito en el Centro Penitenciario El Redentor, al que llegó por hurto. Minutos antes de ir a la tienda, la madre había dicho en voz bajita: “Yo le rogué que no se saliera del colegio. Le pedí que se dejara de esas cosas malas. Lo metí muchas veces en sitios de rehabilitación. Pero él siempre se escapaba”.
Cuando llega el gel, casi todos se ponen de pie. Rodean la caja, la abren y sollozan, mientras ven a la señora Andrea peinar al niño. “Pirulito, papito. Hijo mío, usted es un pedazo de mi corazón”.
Diego —gorra negra, chaqueta blanca, piercing en el labio superior—, quien estaba sentado, se levanta junto a su madre y le pide la bendición. Se escucha la voz de otro niño: “Vamos al centro, a escuchar música… de pronto encontramos al pirobo que lo mató”.