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Todo pasa en el primer barrio obrero de Bogotá. Una pareja de esposos alimenta la hoguera con la que prepararán el sancocho que compartirán con los vecinos, unos niños juegan metegol tapa en una calle alumbrada por una luz amarilla, la familia Suárez prende velitas y una doña pone unas tablas para reforzar la ventana de su cuarto. Teme que más tarde un volador se le cuele por las rejas.
Xiomara, por su parte, está feliz. Llevaba varios años sin pasar una Noche de Velitas en el barrio. En la cárcel la Navidad es amarga. Allí, a lo lejos, escuchó muchas veces los estruendos de la pólvora quemada. Ahora es ella la que planea prender las mechas.
Llega a una de las caletas de pólvora que hay en el barrio con un billete de $50.000. A cambio le dan un arsenal de voladores, algunas chispitas mariposa, totes y bengalas. Su hija, menor de edad, la acompaña en la compra. “Metralleta china – 16 tiros”, se lee en una caja roja metalizada, que tiene un dragón pintado escupiendo fuego y que la adolescente empaca en la bolsa.

En el barrio La Perseverancia, en el centro de Bogotá, aquello de darle la bienvenida a la Navidad con pólvora es una tradición de al menos 40 años de antigüedad. Sin embargo, desde hace unos siete los voladores se dejaron de lanzar hacia el cielo. Ahora esos palos flacos de madera, que son impulsados por la detonación de pólvora, se lanzan hacia los cuerpos de quienes se suman a la peligrosa costumbre. Esta es la guerra de voladores.
En cada esquina hay un combo. Los proyectiles se los lanzan entre sí. En esta guerra no hay ganadores, pero sí el riesgo de quemados. Solo en Bogotá, según cifras del Observatorio de Salud, en los primeros 19 días de diciembre se reportaron 70 casos, 22 más que los registrados en el mismo período del año pasado. Un aumento del 45,83 %. En la el barrio La Perseverancia no se reportó ningún quemado la Noche de Velitas. “No vamos bien. Como sociedad tenemos que reflexionar. ¿Qué está pasando? ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué tomamos estas decisiones para celebrar la Navidad?”, dice Gerson Bermont, secretario de Salud de Bogotá.
A lo largo de la calle 32, desde las 9:00 p.m. del 7 de diciembre y hasta la madrugada del 8 de diciembre, decenas de jóvenes se plantan en diferentes esquinas de la vía para hacer una guerra de pólvora, a pesar de que la manipulación, uso y comercialización de artículos pirotécnicos está prohibida por la Ley 2224 de 2022. Voladores, bengalas, martillos, totes y neumáticos en llamas que bajan desde la parte alta de la calle forman parte del arsenal de esta costumbre decembrina. Algunos, incluso, arman bazucas artesanales con tubos de PVC para lanzar los voladores.

La señora María Martínez, quien vive en el barrio hace más de 40 años, dice que desde que tiene memoria a la Navidad se le ha dado la bienvenida con pólvora. “Este ha sido un barrio obrero y de polvoreros. Recuerdo de niña las velitas, los juegos pirotécnicos y la alegría, pero desde hace unos años la celebración con voladores se ha vuelto un poquito peligrosa. Hemos luchado para que no los lancen a nivel del piso, sino hacia arriba, para que podamos celebrar todos tranquilos, porque así dan nervios”.
Don Pedro Morales vive hace 70 años en La Perseverancia. Afirma que sus padres formaron parte de la primera generación de polvoreros del sector y ha sido testigo de la transformación de esta tradición. “Para estas fechas siempre se ha vivido mucha alegría en el barrio. Recuerdo que, para mi papá, que vendía pólvora, esta era una buena época de venta, pero ha cambiado mucho. Después de las 8:00 p.m. toca resguardarse en los cuartos porque empiezan a disparar voladores por el piso, y es un peligro. Entonces, uno ya sabiendo, toca tener paciencia y que se distraigan los demás, ojalá con mucha precaución”.
“El Pegas”, uno de los organizadores de la verbena, recuerda que hace un par de años los pelaos del barrio sacaron, a punta de cohetes, a un grupo de policías que llegó a impedir el jaleo. Ni la tanqueta del Esmad, que fue llamada para apoyar a los uniformados que fueron arrinconados a fogonazos, logró acabar la guachafita. “Los tombos saben que al pedazo no se pueden meter, porque los sacamos es corriendo”, señala “el Pegas”. Su mirada es tiesa, casi inexpresiva. Es una mirada cuya profundidad ha sido moldeada por la calle y sus vivencias.
Aún falta tiempo para la hora cero, pero “el Pegas” prefiere ganar minutos e ir preparando la llanta que, horas más tarde, alguno de sus vecinos lanzará colina abajo. Con gasolina empapa trapos y ropa vieja que acomoda cuidadosamente en el interior del neumático. Es “La llamarada”.

“Es un homenaje para los que ya no están. Esta vez para mi suegra que falleció. También se hace para despedir la mala energía que hubo en el año. Problemas, enfermedades, brujería, todas esas notas las echamos en la llanta. Hay personas que incluso le meten pólvora”, explica. Algunos jóvenes se suman al homenaje saltando ese pedazo de caucho que rueda calle abajo envuelto en flamas.
Hace unos años algún creativo, en medio del humo y el olor áspero y picante del fósforo, dijo que esa era la celebración de la “Virgen de la candela”, un nombre llamativo, pero sin ningún sustento litúrgico. Lo único es que en la parte más alta de ese trayecto de la calle 32 se levanta una figura de la Virgen. La advocación todo lo ve, sin que pueda hacer nada, como nada hacen las autoridades. El Espectador no evidenció presencia de policías en el lugar. Una patrulla que pasó por allí fue objeto de algunos cohetes que le lanzaron, y no volvió.
El secretario de Salud de Bogotá, en entrevista para Noticias Caracol, explicó que la ley actual tiene un vacío que dificulta la labor de las autoridades. “El Congreso ha dejado una zona gris que protege a los polvoreros y a la pirotecnia como actividad comercial, pero vemos claramente que no hay cumplimiento de la norma”.
Aunque está prohibida la venta de pólvora, si no es para actividades reguladas, los artefactos se venden con pocos controles. “Hay sitios autorizados en los que se permite la venta de pólvora, pero eso no quiere decir que cualquier persona pueda ir a comprarla”, asegura el funcionario.
El alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán, señaló que, comparado con 2023, se ha multiplicado por cuatro la incautación de pólvora. “Hemos incautado más de dos toneladas de pólvora, pero hay que hacer más”.
El Espectador estuvo en cuatro caletas de pólvora en La Perseverancia. Allí se almacenan artículos pirotécnicos de todo tipo. Aunque los voladores son los más vendidos, también se ofrecen bengalas, metralletas, totes, chispitas, tortas explosivas, entre otros.
Hablamos con un joven al que llamaremos “la Fiera”, pues nos pidió no ser identificado. “Conseguir la pólvora es fácil, el problema es andar con ella. Las polvoreras le venden, pero de puertas para afuera ya es su responsabilidad. Si a usted lo cogen, lleva”. Hace meses que “la Fiera” tiene su bodega abastecida. Además de vender pólvora, ofrece cerveza y aguardiente. “Hay muchas polvoreras en la parte del centro y en Soacha. Para todo hay su mafia, por más que las cosas sean ilegales, a veces lo ilegal es más fácil de conseguir que lo que es legal. Para una noche como la de hoy invertimos unos $2.000.000, esperamos, en unas horas, recuperar el 50 %”.

Antes de que empiecen los estruendos, vecinos del barrio le prenden velitas a la Virgen. Le agradecen y le piden por la familia, por la salud, por el amor, por el año que está agonizando y por el que está por llegar. Algún pillo le pide ayuda para una vuelta que está por hacer o le agradece por alguna que ya hizo.
Pasa lo mismo en la estatua que se levantó en homenaje al caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán a la altura de la carrera 4. Algún capítulo de vida de “El jefe” se escribió en “La Perse”, reconocido como el primer barrio obrero de Bogotá. Aquí Leo Kopp, diplomático honorario y empresario alemán, fundó la fábrica cervecera Bavaria a inicios del siglo XX. Los trabajadores de la multinacional fueron los primeros habitantes del barrio.
Cuentan que días antes de los hechos que provocaron el Bogotazo, el 9 de abril de 1948, Gaitán fue recibido en una tribuna adornada. Sin embargo, el caudillo se negó a subir aludiendo a su naturaleza humilde, y luego de empujarse unos tragos de chicha dio uno de los discursos más icónicos antes de su muerte.
En La Perseverancia no hay unanimidad en torno a esta guerra de voladores. Quienes la promueven hablan del legado y la tradición. También argumentan que el festejo mueve la economía del barrio. Esa noche la plata fluye en forma de haces de luz y triquitraques.
“Culebra” también administra, junto a su madre, un depósito. Esa noche la sala de la casa se convierte en un “lobby” en el que se exhiben los artefactos para la venta. “Invertimos $7.000.000. Esperamos que retorne el doble. Una noche como la de hoy la gente gasta mucha plata en pólvora, aunque sabemos que la economía está jodida. Conseguir los productos no es difícil, porque los grandes polvoreros del país tienen abiertas las puertas al público, y uno va y la compra sin mayores restricciones para luego venderla en el barrio”.
Hay vecinos, que no son pocos, que ya no saben qué hacer para que el inicio de la Navidad no se convierta en una noche de perros, quizá los únicos canes en esas horas, pues los estruendos alejan a los animales. “En el barrio ha sido una tradición muy antigua, pero a muchos no nos gusta. En una noche así hay mucho ruido, es difícil descansar, después de las 9:00 p.m. no se puede caminar por ahí por miedo a un volador. Es una cosa más de los jóvenes, pero los más antiguos del barrio no estamos de acuerdo. Y al otro día la calle amanece muy sucia”, dice doña Fabiola, quien hace más de cinco décadas habita el barrio.
Lo que pasa en esa cuadra de La Perseverancia es apenas un reflejo de lo que se evidencia a nivel nacional, en donde a pesar de lo que dice la ley, y los esfuerzos de las autoridades por evitar el uso de la pólvora, las cifras de quemados se disparan en esta época. Según el Instituto Nacional de Salud, hasta el 19 de diciembre se reportaron 485 quemados, un 11.2 % más que lo registrado en el mismo período del año pasado, cuando hubo 436 quemados. De esos, solo en la Noche de Velitas se registraron 274 casos.
Las autoridades están en alerta, porque del total de casos registrados al cierre de esta edición, 178 eran menores de edad. Paradójicamente, el espíritu de la Ley 2024 de 2222 es garantizar la salud física y mental de niños.