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Después de tres incómodos días de hospital recibiendo periodistas, el miércoles por fin Jorge Enrique León volvió a amanecer en su cama. Despertó junto a su familia y amigos, sin ganas de atender a ningún otro medio de comunicación. Por él habló con El Espectador su hermana Lady, quien anunció que ya tienen casi lista la demanda contra la Policía que, supuestamente, causó la pérdida del ojo de su hermano el pasado domingo durante los disturbios que se presentaron en el estadio El Campín.
Pensar que, curiosamente, León, de 19 años, se encontraba alistando papeles para formar parte de la Policía. Hace apenas dos meses terminó de prestar su servicio militar, cuenta Lady. Ni siquiera se encontraba ese día en el estadio porque fuera hincha de Millonarios o Santa Fe, los equipos que jugarían. Él y sus amigos de infancia David y Giovanny sólo querían ver al Rey Pelé, encargado del saque de honor.
David recuerda que se aproximaron al lugar por el costado sur oriental y se dispusieron a hacer la fila. Como las boletas gratis eran para las barras, a ellos les tocó comprar sus pases. Eran las 2:30 p.m. Los desmanes los obligaron a correr. David vio a su lado a Giovanny, pero no sintió a Jorge Enrique. Se volteó. Lo observó arrodillado, con las manos en la cara. Lo ayudó a levantarse. Como pudieron siguieron corriendo. Hasta que encontraron a la gente de la Cruz Roja.
Aunque David, de 18 años, asegura que sin problemas podría jurar ante un juez que vio cuando una granada de gas lastimó a su amigo, la Policía Metropolitana reafirmó ayer su versión según la cual los hombres del Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios) respetaron los protocolos y no fueron los culpables del hecho.
“Eso pudo haberlo causado una pedrada”, dijo el coronel Rubén Darío Castillo, supervisor del servicio ese día en el estadio. Para comprobarlo, Castillo mostró el miércoles en rueda de prensa un video de seguridad en el que se observa que los gases “se tiraron a los claros, donde no había gente”. Según el oficial, el gas le hubiera quemado la cara a Jorge Enrique León.
Mientras David pide justicia, el muchacho lesionado espera que, cuando sanen sus heridas, los médicos intenten colocarle una prótesis, pues no hay posibilidad de un trasplante. Su familia, al menos, lo recibió con vida. Las de Johnny Silva —muerto hace cuatro años en disturbios en la Universidad del Valle a manos del Esmad, según la Fiscalía— y Nicolás Neira —cuya muerte en 2005 en una protesta en Bogotá generó la destitución de dos oficiales del Esmad— no pueden decir lo mismo.