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La vida no vale nada

Aquí se mata por amar, por rumbear, por hablar, hasta por nacer. Estas  historias  demuestran que hoy la vida importa cada vez menos.

Redacción Bogotá
28 de febrero de 2009 – 05:00 p. m.

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“No vale nada la vida

La vida no vale nada

Comienza siempre llorando

Y así llorando se acaba

Por esto es que en este mundo

La vida no vale nada”.

(José Alfredo Jiménez).

En los once cementerios de Bogotá la tierra es seca, dura y compacta sobre cadáveres que poblaron alguna vez, afortunada o desafortunadamente, los 1.700 kilómetros cuadrados, mal contados y cada día en aumento, de la capital.

El año pasado se unieron a ese grupo 1.460 víctimas del asesinato. Si las personas se pudieran dividir, en 2008 mataron a 1,16 personas por kilómetro cuadrado de la ciudad. En la última semana el saldo es de cuatro inmolados con armas de fuego.

El año 2009 empezó de luto. Juan Pablo Arenas, de 22 años, murió en la madrugada del 31 de diciembre apuñalado. El alcalde mayor, Samuel Moreno Rojas, tomó medidas preventivas y drásticas en las zonas de rumba: toque de queda para menores de edad entre las 11 de la noche y las cinco de la madrugada, prohibido el expendio de licor en almacenes después de las 11 p.m. y los bares debían cerrarse, por tarde, a las tres de la mañana.

Esta semana Moreno volvió a reaccionar. La encuesta sobre percepción de seguridad y victimización que realiza cada año la Cámara de Comercio de Bogotá demostró que los ciudadanos se sienten en una metrópoli más insegura y violenta que en años anteriores. Para alzar las impopulares cifras, el Distrito prohibió el porte de armas blancas.

Los decretos se seguirán expidiendo, pero el problema real seguirá acechando, pues más allá de las normas, resolver las diferencias con violencia es la solución aparente para una sociedad cuya primera reacción es amenazar, agredir, intimidar y, en muchos casos, matar.

La decena de casos reales de este especial demuestra que algunos no tienen recato en sacar un revólver o un puñal y apagar alguna vida, como si no valiera nada, como si la consecuencia fuera sólo una cifra, una encuesta o una nota perdida en algún diario. Por eso, por todo eso, en el imaginario colectivo “La vida no vale nada”.

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