Publicidad

La voz de los periódicos

La historia de una de las responsables del crecimiento de la circulación de El Espectador: 17% en el diario y 16% en la edición dominical, de acuerdo con el más reciente Estudio General de Medios.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

El hombre salió del Café Danubio y comenzó a caminar con las manos en los bolsillos. Aún no se daba cuenta de que lo esperaban afuera. El humo de los cigarrillos parecía niebla, el frío entraba por entre los poros y se alojaba en los huesos. Dos sujetos aguardaban para que esa fuera la última de sus  noches. ¿Por qué?, nunca se supo, pero había llegado la hora de aniquilarlo. Lo interceptaron y le dispararon a quemarropa. Uno, dos, tres tiros. El hombre cayó. Cuatro, cinco, seis, permanecía inmóvil en el suelo y uno de los verdugos abría el tambor del arma para poner más balas. Siete, ocho, por si había dudas.

A unos siete metros, Lorenza Barriga esperaba sentada para que en el último suspiro de su jornada algún caminante se asomara en la esquina a comprar el periódico. Por un momento no supo si el semáforo que a diario detenía los carros sobre la carrera séptima, a la altura de la calle 22, en realidad controlaba el tráfico. Tampoco conocía quién era el hombre que yacía sobre el asfalto, ni cómo pudo comenzar a moverse una vez sus enemigos lo creyeron muerto. Sólo sabía que no abandonaría su puesto, que no dejaría todas las páginas al garete, al alcance de los “manilisos”, los ladrones.

Como todas las noches, aunque esa noche no fuera como todas, doña Lorenza comenzó a desarmar su estante. Ponía los periódicos y las revistas dentro del carro esferado que durante el día le servía de mesa y cuando se hacía oscuro, de baúl. Jaló la cabuya como quien lleva a un perro y empezó a caminar cuadra arriba, rumbo al parqueadero en el que, a veces, cuando la venta no va bien, las noticias diarias son sentenciadas a perecer antes de que amanezca de nuevo. Fue entonces cuando una patrulla de la Policía recogió al moribundo, hace seis años.

“Cuando uno trabaja en la calle ve de todo y todo es todo”, comenta doña Lorenza antes de mostrar el palo de escoba con el que se defiende de los maleantes. “El otro día me tocó pelear contra un ladrón que me robó un libro. Le di una cachetada, me sacó una navaja y ahí mismo lo agarré a palazos. Se fue y me amenazó de muerte, pero eran puras mentiras porque lo he vuelto a ver y nunca me ha hecho nada, mejor que ni se arriesgue a venir”.

Hay clientes de toda la vida que le dicen que su fogosidad es la herencia palpable de doña María Nope de Barriga, su madre, quien desde el año 49 conquistó aquella esquina. “Mi mami sí que era brava, y trabajadora… si le contara… y ahora hay gente que me llama María II, imagínese”. La mujer, de corta estatura, acostumbrada a anunciar precios, a pronunciar palabras de atención hacia sus clientes, a ser voceadora antes que escuchada, relata su historia como la descendiente de una dinastía forjada para vender periódicos desde el vientre. Doña María madrugaba todos los días y llevaba a sus hijos consigo. En las mañanas repartía ejemplares a los mayores para que exploraran otras rutas, para que cazaran nuevos clientes. Mientras tanto, Lorenza apenas si sabía gatear, jadeaba en una caja grande que su madre había conseguido para protegerla del frío y cubrirla con una ruana.

Luego creció, y al cumplir los cinco años obtuvo su licencia para recorrer las calles. Cargaba los periódicos sobre su cabeza, ayudada por cabuyas. “Tenía los brazos muy corticos y con las cuerdas los presionaba hacia abajo, así no se caían”. Eran otros tiempos, aclara la mujer, tiempos en los que se podían “pregonar” las noticias, en los que los niños podían trabajar. “Ahora ya me da un poco de pena vocear, no es como antes. Sin embargo, a veces que lo hago, arriesgándome a que me multen por hacer ruido, me dicen que mi voz se escucha a varias cuadras y hasta me preguntan si uso un parlante”.

Desde hace ocho años la señora Lorenza ocupó la esquina de su madre, “el médico le prohibió el frío”. Hoy, los 91 años de doña María (40 más que Lorenza) ya no le permiten recordar muchas cosas. No obstante, a veces su hija le cuenta que María,  la nieta, la acompaña a vender el periódico cuando no tiene que ir al colegio.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido