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Laboratorio de vida

Luego de estar habitado durante casi 20 años, este ecosistema, que llegó a pensarse irrecuperable y que perdió un cuarto de su área original, hoy se muestra como ejemplo de resurrección biológica.

Santiago La Rotta
02 de octubre de 2010 – 03:00 p. m.

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Un buen día entró la Policía, confiada en el poder hipnótico de las insignias y las armas. “Yo soy ley”, debieron haber dicho. Error. En algún momento de la redada, una patrulla se perdió. Sí, se perdió. El rumor corrió con el aire: “Robaron a la Policía, mija, mire”. La camioneta apareció a las pocas horas después de una dura búsqueda. Al llegar a la estación, el oficial a cargo debió gritar en la cara de sus subalternos que dónde carajos estaba metido el carro. “Ahí, en el humedal”, respondieron.

Cuando Dora Villalobos se enteró de la noticia, el humedal de La Vaca, en Kennedy, era un lugar entregado a la miseria, la pobreza, el crimen: el paquete de dolencias que constituye la cara más sucia y repelente del subdesarrollo. No, no era un humedal, era un intento de urbanización sin urbanismo: un remedo triste de vida para 160 familias que llegaron al lugar desde finales de los ochenta.

Había llegado a vivir a Kennedy en 1992 y al año siguiente adquirió un pequeño terreno para pasar los días en aquel pedazo de tierra. No había servicios públicos ni nada. Otros fueron llegando, y más después de esos. El paisaje, parte de lo que había sido la gran hacienda de Techo, comenzó a cambiar de verde potrero a rojizo ladrillo. Al mismo tiempo que el barrio Amparo Cañizares comenzaba a surgir en medio de la nada abandonada de la Bogotá sin urbanizar, el humedal seguía poblándose, no de fauna, sino de humanos.

En 1994, la Empresa de Acueducto decidió cercar lo que aún persistía del humedal, con sus habitantes adentro: un gueto en medio de un pantano maloliente, infestado de basuras y problemas. Para ese entonces, doña Dora daba la eterna pelea para legalizar el barrio. En plena sesión del Concejo, Dora Villalobos hizo poesía con la burocracia: “voten con el corazón del humano, no el del político”. Cuentan que fueron esas palabras las que ganaron el debate. Era 1998 cuando el Amparo Cañizares por fin comenzó a existir para la ley, así llevara más de media década de construido. Ahora sí, ¿qué es lo que pasa con el humedal?

Eran 160 familias, cada una multiplicada por cuatro, cinco o seis: más de 600 personas que necesitaban una solución, no sólo de casa, sino de vida. Como cualquier proyecto social, la tarea del reasentamiento se llevó varios años. El trabajo con la gente está atado en un solo paquete con los hilos de la desconfianza, los prejuicios, la incertidumbre, el miedo ante lo desconocido, hacia la maldad innata del otro. Años de cansadas reuniones terminaron en 2003, cuando todos los habitantes de La Vaca, con sus perros y demás animales, fueron reasentados en viviendas dignas, con muros de concreto, pisos firmes, con futuros ya construidos.

Sólo un año después otras familias comenzaron a llegar al lugar. En 2005, Villalobos contabilizó 39. En febrero del año siguiente eran 107 y para finales de 2006 había 274. Fue entre las más de mil personas que volvieron a poblar el humedal que se pudo perder una patrulla de la Policía. Aquella era una vista nostálgica y abrumadora. Casa tras casa de construcciones hechas con el afán de la miseria y la economía de la escasez. Entre la vegetación marchita y dolida que aún quedaba en el humedal se escondían toda clase de secretos. A un lado, como parte natural del paisaje, llegó a existir un matadero clandestino de caballos, del que los restos de la faena eran arrojados para la delicia de los perros.

La Vaca pasó de ser un humedal majestuoso de 300 hectáreas a una suerte de infierno urbano en la mitad de Kennedy. Tan sólo unos años antes, la Empresa de Acueducto ya había conceptuado que, de la extensión original del ecosistema, sólo era posible salvar algo más de siete hectáreas.

Para 2006, el problema de La Vaca era tan amplio como para olvidarse de él. Las autoridades decidieron no tocar el humedal y entregar aquél enclave a la suerte de los desterrados, desde mucho tiempo atrás jugada a la nada.

La voluntad es una fuerza poderosa, que fácilmente puede pasar por terquedad. Una y otra vez Villalobos habló con las personas indicadas y las respuestas y las acciones no llegaban. Para bien o para mal, en diciembre de 2006, luego de seis meses de peleas judiciales por una acción popular, la orden definitiva de desalojo llegó y La Vaca quedó, luego de casi 20 años de ocupación, libre; libre y arruinado.

Más de cinco mil millones de pesos después, luego de haber dragado 86 mil toneladas de basura, instalado el biofiltro con juncos, sembrar nueva tierra fértil, plantar de nuevo vegetación, cercar el terreno y construir el aula ambiental, el humedal de La Vaca, las pocas hectáreas que la ciudad no perdió en medio del olvido, la negligencia y el desarrollo, ha sido recuperado en un 90%.

Gracias a la Empresa de Acueducto y la juiciosa labor de mujeres que en cabeza de Dora Villalobos trajeron de vuelta las aves, limpiaron el agua (que entra sucia y espesa, como un puñal envenenado desde una de las esquinas que colinda con Corabastos) e hicieron reverdecer un lugar que se daba perdido para siempre. Hoy, el humedal es un laboratorio de vida, un ejemplo, igual con culpas y fallas, de que la cosa se puede.

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