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Tres centenares de funcionarios integran el cortafuegos de Bogotá, que le hacen frente al incendio forestar en el sector El Cable, en los Cerros Orientales. Día y noche suben y bajan la pendiente para relevarse o asistir a sus compañeros. El avance impredecible del fuego no da tregua y mientras unos bomberos se disponen a descansar unas pocas horas, otros los reemplazan.
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Mario Martínez es uno de ellos y después de 12 horas de trabajo, deja el turno. El color trigueño de su piel se mezcla con el hollín, vestigio de una larga noche desafiando las llamas. “Llegué a las 6:00 p.m. y ahora salgo de relevo, pero no sé a qué hora me llamen más tarde”, relata. Tiene tres hijos y una esposa que lo esperan en casa, y a fuerza de 15 años en el cuerpo de bomberos de Bogotá, su familia está acostumbrada a los horarios cambiados y a las ausencias prolongadas.
La magnitud de la emergencia se manifiesta con el hedor de vegetación y eucaliptos carbonizados, omnipresente en la ciudad. Más aún, con todo y que estos incendios tienen una magnitud similar a la del año 2016 —cuando en pleno fenómeno del niño, el fuego devoró 377 hectáreas de bosque—. Martínez dice haber enfrentado justas con el fuego aún más desafiantes. Nueve años atrás integró un contingente enviado desde Bogotá para controlar un incendio que devoró 200 hectáreas de Villa de Leyva.
De todos los males, el tiempo es en todo caso una nimiedad, si se le compara con el riesgo latente de perder la vida o sufrir una lesión de gravedad. Las caídas casi inevitables en este tipo de terreno; las piedras que caen desde la punta del cerro, y las siempre riesgosas quemaduras son los accidentes que suelen sacar de combate a los bomberos. “Bueno, Hay muchos riesgos en un terreno tan difícil como este. Es bastante complicado poder caminar y llegar hasta el sitio donde está el incendio. Entonces, una mala pisada lo puedo dejar al borde una caída de 50 metros”, comentó.
El respaldo médico
Anoche, mientras bajaba del cerro, una de las piedras que caía por la montaña impactó el talón de un bombero. Minutos después, cargado por sus propios colegas, lo llevaron a la carpa de la Cruz Roja, a cargo del doctor Alexánder Marín, un veterano de mil batallas.
Su serenidad deviene de la experiencia que le otorga haber sido brigadista médico en accidentes como el de un avión de American Airlines en zona montañosa de Buga (Valle del Cauca). Sobre las manos de Marín cae la responsabilidad de atender a los bomberos en caso de accidente.
Subiendo y bajando la montaña, día y noche
A unos metros del punto de atención de la Cruz Roja, la bombera Merly Araújo se sube en la silla trasera de una cuatrimoto, conducida por el teniente Almeida. Ellos dos, junto a otro grupo de tres bomberos, se dispone a ascender desde el Puesto de Mando Unificado (PMV) hasta la zona crítica del incendio, unos tres kilómetros más adelante.
Araújo hace parte de un grupo de 38 bomberas mujeres que combate la conflagración en El Cable. Completa 12 horas trabajando y, pese al cansancio, efectúa un ascenso más para apoyar a sus compañeros. “Extinguir el incendio llevará varios días. La verdad está bastante fuerte, a pesar de que tenemos bastante ayuda de diferentes organismos e instituciones. Por eso toca seguirle dando. Trabajando día y noche”.

Del lado izquierdo del sendero, por el que los bomberos suben el cerro para ir a la fase crítica de la conflagración, hay una manguera extensa que se encarga de transportar agua desde un carrotanque en el PMU. Para solventar la presión necesaria, la manguera se alimenta de la potencia que destilan motobombas estratégicamente ubicadas. Con el pasar de la mañana, el mecanismo que hace posible llevar agua al pico del cerro, en plena sequía, comienza a flaquear. Hace falta el apoyo de varios bomberos para solucionar el problema, por el cual un grupo de cinco bomberos sube desde el barrio el Paraíso hasta la “FOX” nombre clave para una de las motobombas.
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Un asunto de corresponsabilidad
Unidos bajo el halo de ver su barrio invadido por el humo, un grupo de vecinos del barrio ayuda como puede. En vez de extinguir las llamas con agua o herramienta, levantan plásticos y otros residuos que puedan originar más incendios. A la izquierda de un letrero que prohibe arrojar basuras en el pasto, so pena de multas y cárcel, los vecinos amontonan bultos de botellas que les ayudan a bajar los bomberos en los vehículos.

Un respiro en medio del humo
Apagar un incendio es una travesía que no es ajena al lado más humano de los bomberos. Enfrentarse a las llamas en cofradía, como ocurre en el cuerpo de bomberos designado en El Cable, armoniza las labores de extinción. Un chiste improvisado de Marvin Huertas, uno de los bomberos en turno, o las fotos que toma de la tropa el bombero Rodríguez, son una burbuja de bienestar que contrasta con el desastre.
Mas la extensa lista de tareas interrumpe las risas. El grupo de cinco bomberos se dispersa rápidamente. Unos a apagar focos de incendio, otros a transportar las piscinas para drenar las motobombas a otro punto del tramo donde se requiera. Mientras cada uno de ellos adelanta una labor, la voz de un bombero no duda en aseverar, “gente, nos hace falta gente”.
Tres cortinas de humo se engrosan en cuestión de 15 minutos. Por cuenta de los vientos que junto a la sequía y otras dificultades logísticas, pueden hacer que un incendio, aparentemente controlado, aumente de revoluciones. Restan seis horas de turno que se pueden sentir como 10, bajo la relatividad de las llamas, que se extinguen en una porción de tierra para encenderse en otras cinco.

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